Mayte Alcaraz-El Debate
  • Todavía recordamos cuando Pedro besó a Begoña en un mitin ante una bandera española más grande que las que pone Almeida en Madrid, y ya sabemos todos lo que ha hecho con ella (con la bandera) en Ceuta o en Cataluña o en el País Vasco

En Fuenlabrada sucedió. La pareja usuaria del colchón de Moncloa, temerosa de que el país que no le merece cambie el canapé, como hizo ella con el de Rajoy, se ha besado. Él le ha dicho a ella «te quiero» ante un público embelesado, como ese que poblaba los platós de televisión y al que el regidor pedía con gestos enfáticos «aplaudan», y ese respetable, solícito, lo hacía, como focas tras la sardina, a cambio de un bocadillo de lomo y una botellita de agua. Y, si tenían suerte, a cambio de salir de vez en cuando en algún plano y que les viera la madre. Aquí el bocadillo se paga con cientos de nóminas públicas que penden de ese amor procesado por la Justicia. España es un gran plató y Pedro y Begoña lo saben. Como antes, los Kirchner o los Maduro. Y mucho antes, Perón. Todo está inventado: incorporar la intimidad familiar para provocar la adhesión lacrimógena y tapar la corrupción propia.

Porque así arranca la canción: «En España bendita tierra. Donde puso su trono el amor. Solo en ella el beso encierra. Almoneda, sentido y amor». Como el beso de Pablo Iglesias y Xavier Domenech, un pico que selló en 2016 la conquista del cielo por los podemitas, que finalmente se redujo a una porción pequeña de paraíso en la sierra madrileña. Porque sigue la copla: «La española cuando besa es que besa de verdad». Acuérdense, si no, de la Pantoja y Julián besándose en una carreta en el Rocío cuando por entonces él ingresaba a la tonadillera tres mil euros diarios y las bolsas de basura llenas de pasta detraída de los marbellíes entraban y salían de la casa de Mayte Zaldívar. Y continúa la letrilla: «A ninguna le interesa besar con frivolidad». Siempre ha sido así: los besos de María Jesús Montero a José Luis Ábalos eran sinceros, fruto todos de ese feminismo que solo puedes entender si eres socialista, porque los que son feministas es que antes han sido socialistas.

Y avanza la melodía: «El beso, el beso, el beso, el beso. El beso en España. Lo lleva la hembra, muy dentro del alma». Como Sara Carbonero cuando respondió al de Iker Casillas en el Mundial de Sudáfrica. O el de Piqué a Shakira, cuyo amor tenga Dios en su gloria. «Pero un beso de amor no se le da a cualquiera». Obama así lo creía cuando los compartía con Michelle o Clara Lago con Dani Rovira en los Goya.

Hemos sido testigos de todos esos ósculos, espectadores activos de un espectáculo que antes no pasaba la bendita frontera de la prensa del hígado. Nunca había contaminado lo común, el respetable espacio de los intereses públicos, de la gobernabilidad de España. En ese tiempo, Sálvame era el cortijo de Jorge Javier, donde los cuernos, las infidelidades, las traiciones, las pasiones más bajas servían de entretenimiento nacional, era el Marca y El Caso de Franco, y era ese desahogo de quienes querían comprobar catódicamente que sus problemas también los tenían los adinerados y famosetes. Que la cuenta corriente y la celebridad no salvaban de las miserias humanas.

Pero Pedro Sánchez detectó hace unos años que ese panycirco era una máquina de manipulación del pueblo que había dado muy buenos rendimientos a las teles: dinero, share y contratos millonarios. Había que extender el modelo a la política y traducir en votos el manejo bastardo de las conciencias. De ahí que Rufián, Ada Colau o Monedero pasaran por el Deluxe e incluso el propio presidente llamara en directo a Telecinco para que Jorge Javier le diera su voto: un hombre, un bótox. Sálvame era el Congreso. Rufián era expulsado tras discutir acaloradamente con Borrell; la ministra Ana Redondo gritaba como una energúmena, Irene Montero vejaba a una diputada de Vox y el jefe del Ejecutivo se tomaba cinco días para rendir amor a su esposa imputada como si fuera Ortega Cano doliéndose del amor de copla de la Jurado.

La energía de ese mítico programa de televisión no ha muerto, a pesar de que fue cancelado hace tres años. Ahora ha pasado al infoentretenimiento, donde la vivienda, la ruina de los autónomos, la degradación institucional, la corrupción moral son solo la excusa, un telón de fondo soporífero de un inmenso carrusel de frivolidades y simplezas. Todavía recordamos cuando Pedro besó a Begoña en un mitin ante una bandera española más grande que las que pone Almeida en Madrid, y ya sabemos todos lo que ha hecho con ella (con la bandera) en Ceuta o en Cataluña o en el País Vasco. Ha dicho Bolaños, comparando la foto del beso y la de Feijóo, que hay que elegir entre el arrumaco de una procesada a su cómplice marido y la de un político del que los españoles solo esperan que gestione con decencia sus intereses. Lo pone fácil el ministro.

Lo de besar, ya si eso, en la privacidad, y sin que nos tomen por tontos. Jorge Javier monetizaba los besos y Pedro los quiere convertir en papeletas. España, «¡Yo no sé lo que diera por un beso!», desvaría. Qué bochorno y qué horterada.