Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Por fin, para cubrir los rastros de todo lo anterior, abrazarás a tu cónyuge en actos electorales públicos, la besarás, le declararás tu amor

Sirva el título de invitación a una pieza más extensa, con vocación edificante en lo moral, no en lo inmobiliario, que ahí no da una. Su didáctica no vendría tanto de las ideas recogidas —desencadenantes más bien de escalofríos y carcajadas rotativas— cuanto del contraste de cada idea con los resultados conocidos de su aplicación. Tendríamos, pues, una recopilación de malas intenciones redactadas por alguien que sepa escribir y se preste a hacer de negro. Se intercalará contenido elíptico, es decir, nada. Una nada instructiva, pues estaría en la mente de todos cómo acabó cada una de las ideítas. Podría facilitarse este efecto dejando una página en blanco después de cada reflexión. Pondré un ejemplo para mejor comprensión. Una negra tipo Irene Lozano escribe algo así:

«Nunca debes dar por perdidas unas elecciones. La demoscopia oficial anticipará tu triunfo en términos espectaculares, de manera que, en el improbable caso de perder, puedas hacer creíble que existe una anomalía. Si tienes que aumentar el censo de votantes con nombres de extranjeros previamente motivados para mostrar agradecimiento a tu persona, lo haces. Si la Justicia no lo permitiera, lo harás igualmente utilizando a algunos de los peones previamente colocados en puestos institucionales con el único objetivo de que tuerzan la ley sin rechistar cuando se lo indiques. Al mismo tiempo, irás alimentando un clima de violencia y confrontación social, siendo muy recomendable la permanencia de un foco callejero amenazante e instalado en la ilegalidad —elemento revolucionario— del que se pueda tirar a cualquier hora del día en los noticiarios. En la formación y mantenimiento de dicho foco no le harás ascos a nada ni a nadie. Por fin, para cubrir los rastros de todo lo anterior, abrazarás a tu cónyuge en actos electorales públicos, la besarás, le declararás tu amor. De ahí saldrá cartelería al estilo de las fotonovelas de los sesenta, de manera que los votantes con la cabeza a pájaros olvidarán que están ante unas elecciones y creerán que van a decidir sobre el final feliz o infeliz de una relación sentimental».

A continuación, recuerden, vendría la página en blanco, para que el lector refrene sus impulsos de seguir leyendo a nuestro Maquiavelo trucho y recapacite. El autor, o sea, el que paga al negro, espera, por supuesto, que en ese ínterin mnémico el lector pondere hasta qué punto los consejos recién conocidos han dado resultados. Huelga decir que Sánchez esperará que se demuestre siempre su acierto, puesto que cree en sí mismo. De hecho, Sánchez es el único que cree en Sánchez. Y ahí es donde viene la varia lección: lo que el lector constata una y otra vez es que cada idea de Sánchez ha provocado males a todos: al país, a Europa, a los hispanos, a la oposición, a los aliados, al PSOE, a la familia y amigos de Sánchez, y a Sánchez mismo. Hacerse uno daño con tal de hacérselo a otros es, básicamente, la definición de estupidez de Carlo M. Cipolla.