Francisco Rosell-El Debate
  • Después de sus sevicias jurídicas, el camarlengo de Sánchez anda tan lejos del arrepentimiento como debió estarlo el general Narváez, a juzgar por lo que se cuenta de él cuando recibió la extremaunción en el lecho de muerte

Después de su ominoso trienio como presidente del Tribunal Constitucional, donde ha justificado Derecho todas las tropelías del sanchismo y de sus socios invadiendo la jurisdicción del Tribunal Supremo, Cándido Conde-Pumpido no debe caber estos días por la puerta de su despacho henchido de gozo y soberbia al ver cómo se las ha dado con queso a muchos de sus bien fundamentados detractores. No es para menos al constatar cómo se han dejado embaucar con el juego de manos que ha hecho con su decisión -el Pleno es él- de que el Tribunal Constitucional no admita el recurso de amparo del Defensor del Pueblo para levantar la suspensión cautelar del Tribunal Supremo sobre el derecho de voto de los agraciados con la «ley de nietos».

Con el silencio anuente de la izquierda y la despreocupación del Gobierno que, de no estar detrás de la jugada, habría colocado en el disparadero a su pope jurídico por su deserción en vísperas de las votaciones del 29-N, el taimado sayón sanchista, como antes lo fue con el zapaterismo manchando su toga de Fiscal General con el polvo del camino, ha embaucado a muchos biempensantes En especial, a aquellos que, por estar próximo su adiós a la Corte de Garantías Constitucionales, han querido avizorar un acto de contrición y de rectificación en quien corría a ponerse en paz con el Derecho a la hora de la despedida, al modo de los buenos creyentes en Dios. Ni remotamente.

Después de sus sevicias jurídicas, el camarlengo de Sánchez anda tan lejos del arrepentimiento como debió estarlo el general Narváez, a juzgar por lo que se cuenta de él cuando recibió la extremaunción en el lecho de muerte. Al rogarle el sacerdote que perdonara a sus enemigos estando a las puertas de la muerte, el espadón de Loja, quien presidió varias veces los Consejos de Ministros de Isabel II, enarcó la ceja y le espetó a un perplejo siervo de Dios: «¿Enemigos dice, padre? ¡Yo no tengo enemigos, los he fusilado a todos!»

Haciendo de la necesidad virtud como Sánchez para asaltar el poder y aferrarse a él, Pumpido lo que ha hecho en realidad es arrogarse una impostada ecuanimidad para luego, bajo esa toga protectora, enfangarse para dirimir del lado de Sánchez el asunto de fondo, esto es, la legalización de esos votos intrusos. A este respecto, el mayúsculo fraude que viene revelándose a través de informaciones periodísticas evoca la de quienes, bajo esa misma denominación, cobraban de los ERE de la corrupción socialista andaluza por medio de empresas cuya existencia ignoraban.

A nadie se le escapa que, entrando en el fondo, se puede fundamentar una cosa y su contraria, como acredita hasta el hartazgo el constructivista Pumpido mediante un uso alternativo del Derecho por el que 2+2 pueden ser 5 si lo pide el partido, pero las formas, procedimientos y plazos, en cambio, tienen un componente aritmético más tasado que los hace más objetivables. De ahí que Pumpido habría podido incurrir en delito de prevaricación al no haberse agotado la vía judicial ordinaria en la Sala Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo. Ello habría significado un pronunciamiento prematuro sobre el derecho al sufragio de quienes se desconoce su número e identidad reales.

En este timo de la estampita, al Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo, donde lo recogió Sánchez tras forzarlo a darse de bruces contra Ayuso en las elecciones madrileñas, no le ha importado hacer de primo para que Pumpido adopte esa vis constitucional para, en la fase decisoria, ofrendarle a Sánchez esos votos oriundos. Ora para continuar mandando como acaeció tras la derrota de julio de 2023, ora para no efectuar una transmisión normalizada del poder -sin descartar otras hipótesis más extremas como la venezolana- por primera vez en cincuenta años de democracia. Luego de una precampaña que, en sus albores, está resultando violenta como ninguna antes desde la Transición por la permisividad del Gobierno que legitima escraches contra sus rivales y autoriza manifestaciones en paralelo contra los actos de estos. Todo ello como preámbulo de la Huelga General Política (HGP) contra la oposición en la vigilia de la campaña oficial.

Por eso, en consonancia con quien ha venido pudriendo todo lo que ha tocado, Sánchez no iba a ser menos con unas urnas en las que el bochinche está asegurado hasta, al menos, el 4 de diciembre, día fijado para escrutar el voto CERA (Censo Electoral de Residentes Ausentes). No en vano, amparándose en la imposibilidad de ejecutar en 40 días la orden del Tribunal Supremo, ha consentido que el lío siga su curso a fin de que los hechos consumados desencadenen las consecuencias apetecidas.

De hecho, es lo sucedido desde que Sofía Puente, hermana del ministro Óscar Puente, hoy imputada por presunto delito de prevaricación administrativa, dictó en 2022, como directora general de Seguridad Jurídica y Fe Pública, la instrucción que permitió la nacionalización de descendientes de emigrantes hasta tataranietos retorciendo la Ley de Memoria Democrática para que dijera lo contrario y asignar esas papeletas a circunscripciones donde podrían determinar el último escaño en liza. De esta guisa, se operaba el portento de la comas intercambiadas por las que, en «Los intereses creados», de Jacinto Benavente, Crispín logra que su señor pase de estar condenado a ser librado de la cárcel.

Con unas calles patas arriba por parte de la izquierda como sostén del Gobierno y con los guionistas de televisión reemplazando a los intelectuales orgánicos para que el relato suplante a los hechos, se abren escenarios tan inciertos como en la serie House of cards cuando se interrumpe la votación en dos Estados y se aplaza sine die la proclamación presidencial. Para ello, el presidente Underwood urde una amenaza terrorista en complicidad con algunos gobernadores y, so pretexto de garantizar la seguridad en dos Estados que tiene perdidos en sus primeros vaticinios, los excluye del recuento general.

Al forzar con ese pucherazo un empate con su antagonista, el presidente en funciones acude a una enmienda de 1804 para soslayar un brete similar tras un inesperado empate entre Thomas Jefferson y Aaron Burr. Así, quien era presidente sin ganar en las urnas tras confabularse como vicepresidente contra el ganador en las mismas se apoltrona en la anomalía. Y ahí es donde entraría Pumpido con sus puñetas, revestido de Salomón, para mantener como presidente a quien le da igual que le odien siempre que la balanza se incline de su lado a base de amaños.

Quien borró las líneas rojas de su partido, después de perpetrar sendos pucherazos para ser secretario general primero y luego comprar la Presidencia al prófugo Puigdemont, entiende que ya no existen barreras de separación entre el bien y el mal en esta era en la que la razón ha muerto. Al ser sólo cuestión de estar dentro en vez de fuera, Sánchez lo quemará todo con la avenencia de Don Pumpido que, después de no haber podido presidir el Tribunal Supremo, quiere retirarse como miembro permanente del Consejo de Estado y roncar allí sus últimos sueños de una razón que, en su caso, ha creado monstruos jurídicos.