- Hasta el rocoso Pumpido ha tenido que ceder ante la realidad. Y alzar constancia de que prestar servidumbre a un caudillo en el ocaso es algo impropio de un hombre inteligente. Porque, inteligente, Pumpido lo es. Inteligencia y ética no son sinónimos
Pumpido salta de un barco que es ya preludio de pecio. Con gran espectáculo. El naufragio de la nave Sánchez es inminente. Ahora sí que no cabe duda. La «directiva Puente» sobre el voto de virtuales nietos habrá tenido esa eficacia: borrar la última esperanza de los embarcados. Puede que, de rebote, tenga la de acabar con la señora Puente en el banquillo. Es lo de menos.
Tiene también, un coste. Para el «Defensor del Pueblo» (denominación fea donde las haya). Todo ha virado al absurdo en este punto. Y es cierto que Ángel Gabilondo no es jurista. Pero doy por supuesto que no falta, en esa oficina de atención al ciudadano, equipo legal para apercibirse de lo que un estudiante no demasiado torpe de primero de derecho sabe: que no hay actuación posible del vigía de la Constitución mientras el recorrido de un asunto judicial no haya sido completado. ¿Qué movió al Defensor del Pueblo a ejecutar ese salto suicida hacia el vacío? Es lo único que de verdad se me hace muy difícil de explicar en este emborronado asunto. Y, en esa medida misma, me desasosiega.
Gabilondo no es un lerdo con titulación académica viciada, como lo es Pedro Sánchez. No podía ignorar que, del callejón de desprestigio en el cual estaba entrando, no había salida pulcra. Un plagiario asentado sobre burdeles familiares no tiene gran prestigio que perder; y eso da una gran ventaja a la hora de actuar en política: una mancha –o un centenar de manchas– más ni se nota. Quien viene de una cátedra universitaria y del rectorado de la segunda universidad madrileña, puede quizá descender al lodazal de la política; pero no adentrarse sin desasosiego en el ridículo mayestático impuesto por un jefe en la raya del analfabetismo. Hasta el rocoso Pumpido ha tenido que ceder ante la realidad. Y alzar constancia de que prestar servidumbre a un caudillo en el ocaso es algo impropio de un hombre inteligente. Porque, inteligente, Pumpido lo es. Inteligencia y ética no son sinónimos.
Es la clave de este entremés jocoso. Y de tan mal gusto. Un jurista que tuvo en su día prestigio decide rentabilizar currículo en sus años crepusculares. A ser posible, mediante cargo vitalicio. Sabe, como sabemos todos, que esa gracia sólo puede ser donada, desde vertiginosas alturas, por la virtud del perillán más alto. Calcula, sopesa pérdida (moral) y (material) ganancia. Apuesta. Y gana. En dos movimientos. La presidencia del Constitucional por unos largos años. Luego, si todo sale bien, lo primordial: el Consejo de Estado de por vida. ¿Dudará ante el envido? No. Son cartas ganadoras.
La ambigüedad en las funciones de ese «intérprete de la Constitución» que es el Constitucional –subrayada desde el hosco debate entre Schmitt y Kelsen en la agria Alemania de 1931– ayuda mucho a tejer cortinas de humo. El Constitucional no tiene función jurídica alguna. En España, como en cualquier Estado de derecho, la vía jurídica se agota en el Tribunal Supremo, cuyas sentencias son inapelables. ¿Qué está haciendo una institución no jurisdiccional cuando anula una sentencia firme del Supremo? La primera respuesta que le viene a uno a la cabeza es: prevaricar. Y parece difícil eludir el callejón sin salida que se genera cuando Supremo y Constitucional chocan. O ha prevaricado el uno o ha prevaricado el otro. Y lo que, de verdad, es más difícil de entender para un observador académico –tal mi caso– es que el vértice jurisdiccional no haya abierto procedimiento por difamación al presidente de la institución interpretativa que lo tacha de haber prevaricado.
Y tal es el riesgo que, asombrosamente, Ángel Gabilondo no parece haber sopesado. Al aceptar cargar con el disparate, ha dado a Conde Pumpido la ocasión de oro para desplegar la gran liturgia de la pulcritud, y eludir la sombra del procesamiento que los magistrados del Supremo profetizan sobre su destino. Todo se reduce a un viejo imperativo: saltar por la borda del barco que zozobra. Salvará del naufragio los enseres que bien pueda. A cambio, claro, alguien tiene que pagar. Siempre hay «otro» para eso. Que pague Gabilondo. ¿No fue acaso lo que hizo Sánchez con Ábalos? A esto llaman política.
Pero el enigma pervive: ¿por qué alguien con biografía profesional acepta tan mansamente ser cabeza de turco de un cadáver insepulto?