Teodoro León Gross-ABC
- La frustración de los jóvenes, la vivienda, la precariedad, son una realidad; pero después existe una estrategia política
La sombra de la violencia asoma sobre el tablero electoral. La izquierda radical está reivindicándose sobre la ola de descontento con manifestaciones cada vez más enfurecidas. El contagio francés, extendido a Italia o a Portugal, sólo era cuestión de tiempo. No apuesten mucho a que todo vaya a quedar aquí en unos pocos choques con los antidisturbios. La frustración de los jóvenes, la vivienda, la precariedad, son una realidad; pero después existe una estrategia política. Una investigación de la periodista Asra Nomani describe en Francia medio centenar de organizaciones del espectro comunista o socialista revolucionario, además de sindicatos y hermandades musulmanas con la bandera de Palestina, que confluyen en la calle. Su referencia ideológica es La Francia Insumisa, el partido de la extrema izquierda. Cuando Belarra denunciaba ayer la «represión policial contra el antifascismo» generalizada en el Estado era por tratar de subirse a ese caballo ganador ahora mismo en Europa.
Todo esto no va de precariedad. Nadie sale a revindicar mejores leyes de vivienda y asalta una ‘boutique’ de Louis Vuitton. Es desestabilización política. En Francia se apunta a la mutación de la extrema izquierda, que ha dejado de representar a las clases populares. La pobreza solo es una coartada retórica, si acaso. En España ocurre otro tanto. Mientras buena parte de su vieja clientela huye a posiciones conservadoras ante la incertidumbre, esa izquierda se ha convertido en cultural, eso sí, adornada de retórica progresista. Y se nutren más bien de clases medias urbanas, lo que los franceses llaman CSP+, las categorías socioprofesionales superiores. En España se ha visto con la gente que lidera el Sindicato de Inquilinas. Están arrebatados por el dulce encanto de la revolución, que en Francia parece estar en su ADN, pero no es un levantamiento de los de abajo. Christophe Guilluy, experto en desclasamiento, los define, aludiendo a la saga familiar novelada por Emile Zola, como «unos Rougon-Macquart disfrazados de ‘hípsters’».
También en España se ve más inclinación a la violencia en la extrema izquierda que en la extrema derecha política. Con la coartada moral de la bandera antifascista, sienten que cada adoquín que lanzan a un policía, cada mobiliario urbano que queman, nutre su virtud en el lado correcto de la historia. Pero en Francia no hay nada más fascista que Mélenchon. Y lo peor es ese cinismo hipócrita de unos líderes que jalean los disturbios sin poner en peligro su posición, su patrimonio inmobiliario, los centros privados en que escolarizan a sus hijos… Y eso vale para Pablo e Irene como para los Sánchez, los Mínguez y tantos otros, con sus propiedades, sus colegios y universidades privadas, mientras calientan las protestas cada vez más violentas, incluso desde las delegaciones del Gobierno, persuadidos de su rentabilidad electoral. Irá a más.