Ignacio Camacho-ABC

  • El rédito que la izquierda pueda extraer de su ingeniería de escaños no bastará si el veredicto ciudadano mantiene su tendencia de cambio

Las encuestas se pueden equivocar en la estimación de escaños, y de hecho lo hacen a menudo, pero en general registran bien las tendencias de voto, lo que significa que aciertan al señalar qué partidos van para abajo y cuáles para arriba. Y existe unanimidad demoscópica en que el conjunto de la derecha está en torno al 50 por ciento, cifra que en la práctica garantiza una mayoría incluso aunque las dos fuerzas principales comparezcan divididas. Ante esa perspectiva, el Gobierno trata de minimizar daños apelando a la ingeniería electoral, que es legítima siempre que respete ciertas reglas sin incurrir –como en la ‘ley de nietos’– en maniobras no permitidas. A tal fin intenta minimizar el efecto de la dispersión de listas negociando con el Frente Amplio para que se abstenga de presentarse en algunas provincias. Si los socialistas logran vencer las reticencias de Izquierda Unida tal vez adecenten sus resultados y mejoren sus expectativas, pero difícilmente sumarán la masa crítica necesaria para evitar una derrota presentida.

Toda elección reposa sobre un cómputo matemático. Y por mucho rédito que se pueda extraer de estudiadas operaciones de cálculo, hay pocas posibilidades de revertir con ellas un contundente veredicto ciudadano. En España, como en casi toda Europa, se da un fenómeno de desplazamiento del voto hacia la derecha, sobre todo entre los hombres menores de 30 años y los habitantes de núcleos agrarios: ésa es la base sociológica del probable cambio. Eso sí: teniendo en cuenta la contrastada habilidad sanchista para agitar las campañas y dominar los relatos –por ahora con impacto más bien escaso–, el balance de doscientos diputados entre el PP y Vox se antoja bastante sobredimensionado. Parece verosímil que las diferencias se vayan apretando y que un pronóstico de alrededor de ciento ochenta actas sea más exacto. La remontada gubernamental no sería una sorpresa sino un milagro, sólo factible si las formaciones de la oposición deciden espantar a sus simpatizantes a gorrazos y arrojarse juntas por un barranco.

Las empresas de sondeos detectan que el Partido Popular capta medio millón de votantes por el flanco izquierdo y se le escapa el doble por el derecho. La pérdida neta le pondrá más cara la investidura pero, en términos agregados, donde había un millón de electores conservadores habrá millón y medio, al que se añadirá buena parte del sufragio nuevo. En el bloque adversario se está produciendo el proceso inverso –Sánchez aguanta mal que bien a base de absorber a sus aliados radicales– en un trasvase de suma casi cero, siendo el ‘casi’ la remota opción, predicada por sus asesores más entusiastas, de adelantar a Feijóo en el primer puesto, el objetivo real de sus irregulares maniobras de ampliación del censo. Así las cosas, el presidente no está compitiendo tanto para eludir su relevo como para atrincherarse en el liderazgo interno del PSOE tras el previsible vuelco. Exiguo éxito para tanto esfuerzo de un regimiento de ingenieros.