- Nunca la propaganda impulsó con mayor brutalidad que ahora aquel impulso muerto de la inicial carnicería. No, no me da miedo el resultado. Me da miedo la población que lo repite. Sin percibir que ya no está votando a héroes. Ni a antihéroes. Tan sólo a delincuentes. En diverso grado
Lo inerte no es lo inmóvil. Es lo que permanece indefinidamente constante en su movimiento. Sobre esa voladura del «sentir común» –en un siglo XVII todavía aristotélico– asienta Galileo la física moderna. Todo móvil, exento de fuerza externa, persevera en el movimiento rectilíneo uniforme que le impone la fuerza que le fuera instantáneamente aplicada. La inercia es directamente proporcional a dos factores: la intensidad de la fuerza impulsora y la masa sobre la cual es aplicada. E inversamente, a uno: la resistencia que le sea opuesta.
Nada muy original. Se estudia en primero de bachillerato. Como sucede siempre, las grandes revoluciones científicas acarrean fuertes alteraciones en filosofía. Moral como política, en este caso. Ni Hobbes ni Spinoza nos serían inteligibles sin la capacidad de desplazar al territorio de la ontología esa ley de la dinámica. Hasta depurarla en la formulación escueta de la Ética demostrada al modo de los geómetras: «Toda cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser». Para desviarlo del cual se requiere la intervención de un vector de fuerza nuevo. Así en política. Así en comportamientos morales.
Así en política. Cuatro siglos después de su formulación por Galileo, el modelo conceptual funciona con la óptima precisión de un reloj suizo. No sé, sinceramente, si España está moral y políticamente muerta. Puede que sí. Tal vez. De lo que no existe duda es de que España es una masa inerte, el impulso único de cuya
perseverancia lo pone una guerra en familia que terminó hace exactamente ochenta y siete años más un puñado de meses. Fernando Palmero subrayaba sabiamente anteayer, al socaire de una triste falsificación cinematográfica, hasta qué punto la masacre fue bidireccional en el seno de cada familia. Y hasta qué punto la inercia generada sobre ambas masas de población hace que cada una de ellas viva en la evidencia narrativa (esto es, mitológica) de haber sido la única víctima digna de inmemorial piedad. Y hasta qué punto sea la otra masa merecedora de odio eterno. ¿Inmovilismo español? No. Inercia de dos masas humanas que no conocen otro placer que el del inerte rodar de su rencor.
¿Va a volver a repetirse este automatismo repetitivo ante las urnas del 29 de noviembre? Demasiado me temo que sí. La cercanía incluso del aniversario mortuorio del general Franco estimula esa perversión del criterio ciudadano. Y es extraño: en los años que van de 1981 a 2004, tuvimos la vaga certeza de que el roce con la realidad iba haciendo extinguirse aquella deprimente inercia. Y que podía esa realidad liberarnos, al fin, de la muerte en vida que habían sido nuestras biografías durante cuatro decenios. Vino el 11-M entonces. Vino, de su mano, Zapatero. Y la certeza –ahora sabemos cuán poco desinteresada– de que su perseverancia en el puesto de mando pendía sólo de una cosa: restablecer la homicida inercia unamuniana de «los Hunos y los Hotros». Se congeló moralmente el país. El voto retornó a 1934. Y la espiral se nos tragó a todos en esa muerte metafórica que es la repetición.
¿Va a perpetuarse ahora, una vez más, ese retornar siempre el mismo voto de aquella España de hace 92 años? Puede que sí. Nunca en mayor medida ha sido la ciudadana una masa inerte, mecida en la idiotización mediática. Nunca la propaganda impulsó con mayor brutalidad que ahora aquel impulso muerto de la inicial carnicería. No, no me da miedo el resultado. Me da miedo la población que lo repite. Sin percibir que ya no está votando a héroes. Ni a antihéroes. Tan sólo a delincuentes. En diverso grado.