Iñaki Ezkerra-El Correo

El Museo de Bellas Artes de Bilbao tuvo dos directores poetas: Javier de Bengoechea, que desempeñó ese cargo de 1973 a 1982, y Javier Viar, que lo ejerció de 2002 a 2017 y que nos dejó hace ahora cinco años. Pasado mañana, 28 de octubre, se cumple ese quinto aniversario de su adiós que me lleva a rememorar sus originales y sofisticados versos.

Tengo en mis manos ‘Ciudad en cauce’, el volumen de su poesía completa, que editó la Universidad del País Vasco hace un cuarto de siglo y que contiene los cuatro exquisitos poemarios que llegó a escribir: ‘Ciudad en cauce’ (1979), ‘El paraíso a cambio’ (1990), ‘Figuraciones con figura’ (1991) y ‘Tangos de origen lejano’, este último publicado en aquel mismo 2002 en que le nombraron director de la pinacoteca bilbaína. Releyendo esos libros me percato de que no podía haber un destino más adecuado para él que el de velar por las obras de arte de ese recinto enclavado en el parque de Casilda Iturrizar porque la suya es una poesía que podríamos llamar ‘museística’, en la que las composiciones se presentan como piezas estáticas y aisladas, acabadas en sí mismas y expuestas cada una en su pared o en su peana para ser admiradas en sus colores o aristas desde distintas distancias y perspectivas.

En la poesía de Viar no hay interacción entre unos y otros poemas. Estos son como bloques de piedra o bronce sólidos, pulidos y bruñidos que hablan de Roma, Lisboa o Babilonia; de guerreros, animales o monstruos mitológicos sin ninguna concesión a la emoción fácil. Más que sentimientos, lo que hay en ellos son sensaciones de horror, amenaza o presagio bien separadas como la soledad que a menudo invocan. Son textos de un surrealismo barroco que se fue despojando de adornos para derivar en una sobriedad expresionista y nihilista agria, austera, seca, y que se resuelven siempre en un estado gravitatorio, tectónico y totémico, como ciertas piezas de Vicente Larrea o de Richard Serra.

Sí. Releer los poemas de Javier Viar es como revisitar ese museo bilbaíno donde pasé horas de la niñez hipnotizado por el ‘Retrato de la Condesa de Noailles’ de Zuloaga o ‘La aldeanita del clavel rojo’ de Guiard que emerge de un fondo de añiles suburbiales.

‘Ciudad en cauce’ lleva un excelente estudio introductorio de Pedro Ugarte y está dedicado a su esposa, Pilar de Ros, la mujer que le prestó un sólido y fundamental apoyo en esos quince años en los que logró integrar la institución en la Villa del Nervión como una realidad cultural viva. Lo dice en ese testamento estético, moral y vital que son sus ‘Memorias del Arte’ y que uno puede hallar en la librería del museo. No están, sin embargo, sus poemarios. He visitado ese complejo arquitectónico hoy reinventado por Norman Foster y he echado de menos esos libros del poeta que escribía con el cincel de Bernini.