En el mundo desquiciado de la interconexión digital global, el aleteo de una mariposa puede desatar un seísmo económico internacional en cuestión de minutos. Basta una frase improvisada en una conversación distendida para que los mecanismos geoeconómicos activen una maquinaria de castigo implacable y desproporcionada.
En un extracto de un programa de entrevistas, Kylian Mbappé fue preguntado por los montajes humorísticos que circulan sobre él en internet. Y el delantero del Real Madrid recordó entre risas una conocida imagen viral en la que su rostro aparecía superpuesto al de Mao Zedong.
El jugador se limitó a señalar que el meme más divertido era aquel en el que salía con la cara de «un dictador chino».
No hubo un análisis político, ni una soflama ideológica, ni el propósito deliberado de provocar. Fue un comentario menor en un clima de broma.
La reacción del régimen de Pekín ha sido inmediata y furibunda.
La televisión pública estatal, China Media Group (CCTV), ha suspendido de forma fulminante las emisiones de los partidos de LaLiga y retirado cualquier contenido promocional del futbolista.
Corporaciones locales cancelaron unilateralmente sus millonarios contratos de patrocinio con el delantero.
Y el principal portal deportivo del país ha borrado a Mbappé del escalafón del Balón de Oro bajo la advertencia de que «no existe tal persona».
Ante una histeria de Estado de semejante calibre, el Real Madrid declinó acertadamente hacer cualquier comentario sobre una controversia absurda.
Pero quien se ha apresurado a desmarcarse de Mbappé fue Javier Tebas, que optó por una claudicación vergonzosa.
En su comunicado oficial, la patronal ha despachado el episodio alegando que «estos comentarios fueron realizados a título personal y no representan a LaLiga», y ha pedido disculpas a Pekín «en nombre de LaLiga y de todos sus clubes».
En lugar de amparar a la principal figura del campeonato frente a una represalia desorbitada, como correspondería a una patronal seria, su presidente prefirió señalar con el dedo al jugador y dejarlo vendido ante las autoridades chinas para intentar aplacar la cólera de Pekín.
La maniobra retrata la hipocresía de Tebas. Ahora el presidente de LaLiga niega a Mbappé, pero hace apenas unos meses explotó su imagen como el mascarón de proa para comercializar los derechos del fútbol español en su nuevo contrato audiovisual en el país asiático.
Cabe preguntarse, además, con qué derecho se arroga Tebas la potestad de pedir perdón al régimen de Pekín en nombre de todos los clubes de fútbol de España, incluido el propio Real Madrid.
El comentario de Mbappé ni siquiera profundizaba en la biografía de Mao: se limitó a calificarlo de dictador. Y por supuesto no hubo en sus palabras la menor ofensa al pueblo de China ni a su historia.
El problema radica en que, según la doctrina totalitaria del Partido Comunista Chino, la figura de Mao se funde de manera indivisible con la propia identidad nacional.
Según la versión oficial, Mao es el padre fundador de la República Popular, de manera que el régimen establece que cuestionar su figura equivale a perpetrar un ataque contra los sentimientos del pueblo chino.
Pero por mucho que Pekín pretenda imponer ese relato (y por mucho que Tebas lo respalde con su servilismo), la verdad histórica es inapelable.
Mao Zedong fue algo peor que un dictador: fue uno de los mayores tiranos del siglo XX. La historiografía más rigurosa ha documentado con minuciosidad la eliminación sistemática de la disidencia mediante purgas, la red de campos de trabajos forzados y la colectivización forzosa que derivó en la Gran Hambruna y la muerte de millones de chinos.
El hecho de que Pekín obligue a los grandes actores internacionales a comulgar con falsedades históricas flagrantes para no perder el acceso a su mercado constata su capacidad para forzar la sumisión de cualquiera.
El régimen ha logrado doblar la cerviz de una de las mayores estrellas del deporte global, obligando a Mbappé a publicar un comunicado en tres idiomas en el que admitía que su comentario fue «desacertado» y mostraba su respeto por la historia china.
Y las disculpas ni siquiera han servido para calmar los ánimos en Pekín, cuyas autoridades han respondido con frialdad instando a LaLiga y al futbolista a «aprender la lección», y advirtiendo de que el delantero seguirá siendo considerado persona non grata en el país.
Este episodio trasciende el ámbito deportivo: expone los peligros que entraña la hegemonía de un Estado policial que combina el capitalismo de Estado con el control algorítmico absoluto de la tecnología y la censura interna, para exportar sus vetos ideológicos a las democracias occidentales.
Y constituye una severa advertencia sobre la excesiva ascendencia que se ha concedido a China en los foros de gobernanza internacional, con países como España abriéndole de par en par las puertas de sectores estratégicos e institucionales.
Comportamientos como el de Javier Tebas sólo alimentan la soberbia de una superpotencia que ya se cree con la potestad de decretar qué hechos históricos son ciertos y cuáles falsos. De decidir que lo blanco es negro y lo negro, blanco.
Deng Xiaoping popularizó la máxima de que no importaba si el gato era blanco o negro mientras cazase ratones. Para el presidente de LaLiga, parece que el gato será siempre del color que dicte Pekín.