- Una pinacoteca con verdadera vocación de servicio público debería cuidarse de regalarle a la jet política o cultural una mirada única sobre un patrimonio que es de todos. Los museos tratan al ciudadano medio como a un hijo no deseado.
Resulta que el Reina Sofía le ha cedido sus espacios a Pedro Sánchez para que se haga un vídeo junto al Guernica de Picasso. Un vídeo de precampaña en el que nos cuenta que es antibelicista y en el que nos pregunta si nosotros también, no sea que al final vayamos a ser unos hijos de puta con balcones a la calle.
Y claro que a este lado nos desola por igual la muerte porque toda muerte es escandalosamente injusta. Y nos desola la guerra porque la guerra tiene un corazón patriarca e imbécil. Un corazón minúsculo y bárbaro, podrido de ideas como gusanos.
Allá donde esté Trump, nosotros habremos de estar en el lado contrario, porque su antónimo es siempre la lucidez.
La cosa es que el vídeo, aun estando de acuerdo con él en lo esencial, a mí me ha sentado como una raspa en un ojo.
Veamos.
Al principio me pareció lógico que el presidente quisiese apropiarse de un símbolo pacifista que arranca siendo antifranquista y deviene universal, un poco como su propio ego.
Durante estos años, España ha defendido en el mundo el sentir de su gente: que ninguna guerra es inevitable, que ninguna vida vale menos que otra. Los mismos principios. En todos los conflictos. Sin dobles raseros. https://t.co/b2J1uHCYjf
— Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) October 24, 2026
Con él se apropia también del poderío del artista, uno de los más influyentes del siglo XX (ese genio malagueño y comunista que, como siempre me gusta recordar, llegó al cubismo a través de la misoginia: cuando amaba a las mujeres las pintaba realistas y cuando empezaba a odiarlas las deformaba y desordenaba sus piezas para deshumanizarlas).
También mama Sánchez del subtexto guerracivilista del 37, aunque no lo mencione a las claras porque él es un campeón de la sugerencia y porque un poco de elegancia intelectual sí que le queda. Sabe que pasarse de frenada equivale a perderlo todo. Es mejor jugar a la tensión ambiental.
El caso es que con una mano nos inyecta cultura de consenso (se blanquea) y con la otra nos pide responsabilidad y urgencia contra la sombra de la derecha (nos azuza y nos inculpa: todo resultado incómodo será porque nosotros votamos mal, jamás fruto del fracaso de su presunta legislatura de la vivienda ni de su pérdida de crédito).
El presidente no se anda con chiquitas. Quiere decirnos que aún no es demasiado tarde para salvar a la madre que llora al hijo muerto en los brazos. Y a la hembra del quinqué, y al muchacho que se quema vivo en las llamas de un infierno terrestre, vecino; y al caballo que brama, y al guerrero caído que se agarra a una flor diminuta.
Quiere decirnos que «largo es el arte / la vida en cambio corta / como un cuchillo«, como escribió Ángel González.
Y en el fondo quiere lanzarnos una idea aún más radical, más osada, más creativa: la de que ahora podemos ganar retrospectivamente lo del 36 si nos esforzamos un poquito. Jajá. Si cerramos los ojos muy fuerte. Si calzamos su papeleta con mucho ahínco. Sánchez es nuestro Tarantino en Malditos Bastardos o en Érase una vez en Hollywood: lleva tanto juego encima, maneja tanta autoría, que hasta nos ofrece cambiar la Historia.
Votarle, parece decirnos, es, sobre todo, justicia poética.
El problema es que el mensaje que transmite al grabarse junto al cuadro acaba siendo otro. El mensaje es que él, que no es un paisano sino un máximo cargo, va por el Reina Sofía como Pedro por su casa.
Sé que está permitido enviar al museo una solicitud de rodaje o de evento corporativo (si el propósito es publicitario, informativo, institucional o cinematográfico). Y sé que los responsables han comunicado que el vídeo se rodó un martes, el día que la pinacoteca cierra por descanso, y que su realización no perjudicó a ningún visitante.
Pero Sánchez es el presidente y además es un presidenciable. ¿Cómo solicitó el permiso para filmarse con un cuadro que es de todos? ¿Lo hizo desde Ferraz o desde Moncloa? Es relevante. ¿Lo hizo como candidato a la presidencia o como presidente del Gobierno? ¿Habría recibido otro candidato el mismo trato? ¿Puede aún recibirlo? ¿Lo gestionó o lo ordenó? ¿Pagó? ¿Ya había pagado antes? ¿Pagará?
Lo único que sabemos es que siempre, siempre, se paga. De alguna forma.
A mí me escama que a los privilegiados no les avergüencen sus privilegios. Y me enferma aún más que no traten de enmascararlos, sino que los erijan, centelleantes.
No es sólo por Sánchez. Me acuerdo del rebote que me pillé en mayo del año pasado, cuando Dua Lipa publicó un vídeo en sus redes sociales contándonos a saltitos y a bailes, en un Prado desértico y cerrado para ella, lo contenta que estaba por poder ver a un palmo una de sus pinturas favoritas, El jardín de las delicias, de El Bosco.
Si vienes a Madrid hay que visitar el Prado. @DUALIPA se emocionó viendo “El jardín de las delicias” del Bosco https://t.co/KuoGtWBuzF
— Museo del Prado (@museodelprado) May 14, 2025
Es un cuadro que ni yo ni ningún ciudadano medio ha podido contemplar nunca por entero sin que ciento cincuenta cabezas de turistas torpedeen su inmensidad, su tejido insolente de jugadores y de blasfemos y de alquimistas y de viciosos bellísimos, esa postal del placer chalado y punzante que le pone las banderillas al espíritu. Yo nunca la abracé del todo, no me dejaron: sólo a sorbos, sólo a cachitos.
Esa precariedad visual (que es psíquica y es emocional, que redunda en la memoria, en la construcción de la identidad y en la interpretación de la propia vida) es un precio a pagar de la democracia y yo lo pago: me jodo y bailo.
Somos pobres y amamos la pintura. A veces se nos acristalan los ojos. Los museos nos tratan como a hijos no deseados.
La cosa es que una pinacoteca con verdadera vocación de servicio público debería cuidarse de regalarle a las élites una mirada única sobre un patrimonio que es de todos. Todos tenemos el mismo derecho a esa nutrición presurrealista, a esa bebida de colores agitada y dolorosa que a veces se me aparece en los sueños. Todos tenemos el mismo derecho a salir y entrar en el jardín de las delicias.
Todos tenemos el mismo derecho a quedarnos para siempre encerrados en él, y el mismo derecho a no volver a la vida.
Me acaba enfadando pensar que nuestras élites (políticas o culturales) pueden bailar también junto al Guernica con los brazos abiertos, como locos felices bajo una tormenta de verano, y podrían fumarse un puro mirando a los ojos al toro y pensando en su suerte, y podrían hacerse una comba con el cordón de delimitación.
Seguramente ya lo han hecho. Y por eso su alma es otra.