- . ¿Existe algo peor que un mal gobierno? Sí: un no-gobierno. Apostar a esa jugada es poner en alto riesgo todo el tablero. Pero nadie puede hoy no saber que, en el punto de violaciones al cual ha llegado, no hay riesgo ya que pueda ser excesivo para un Sánchez a quien empiezan a rondar las pesadillas carcelarias
Lo peor de Sánchez ha sido Conde-Pumpido. Sin él, la repetida violación de las reglas del juego no hubiera podido quedar impune. Y consagrada en norma. Planteémonos ahora, a un mes de unas muy hoscas elecciones generales, las únicas preguntas esenciales en el breve interregno venenoso de un juego que se vició desde el inicio. ¿Qué partida ha venido jugando Pedro Sánchez, a lo largo de estos años de delito manifiesto e impunidad pasmosa? ¿Cuál va a ser la partida que, a muy pocos milímetros de su verosímil implicación penal, haya decidido emprender ahora?
La política es variedad refinada de la guerra. De todos los juegos humanos, el más complejo. Cada una de sus partidas debe enmascarar el despliegue de otro tablero, sobre el cual se dirime una aún más letal batalla, tras la cual otra más oscura se percibe apenas… Para el espectador, la matanza que, matemática, despliega sus estrategias sobre el tablero de ajedrez es espectáculo en cuya cálculo admirar la aritmética seca de la inteligencia humana. Para los contendientes que mueven las piezas, es el sangriento holocausto al cual han de apostar sus vidas. Intentemos desentrañar el juego de Sánchez. Para, al menos, no sentirnos demasiado tontos cuando se consume.
No, no pienso que el presidente sea tan ingenuo como para fantasear una hipotética victoria –tan improbable– en las elecciones del 29 de noviembre. Ni que sea tampoco su cálculo el del derrumbarse súbito de su adversario. Ambas conjeturas lo llevarían –de creérselas– a la derrota. Y el yerno de Sabiniano puede ser muchas cosas; no un ingenuo, no un crédulo. Menos aún, un suicida.
En frío cálculo político, un sujeto tan lastrado moral y judicialmente como él sólo puede agarrarse a una apuesta: la de perder, sí, pero bajo condiciones que arrastren, junto al suyo propio, el naufragio del enemigo. Y abrir con ello un caos de ingobernabilidad, como desenlace del cual su retorno pudiera ser aclamado por sus fieles como salvífico. O, al menos, sedante. ¿Hay estrategia adecuada hoy para eso? La hay. ¿Existe algo peor que un mal gobierno? Sí: un no-gobierno. Apostar a esa jugada es poner en alto riesgo todo el tablero. Pero nadie puede hoy no saber que, en el punto de violaciones al cual ha llegado, no hay riesgo ya que pueda ser excesivo para un Sánchez a quien empiezan a rondar las pesadillas carcelarias.
Jugada de riesgo, pues. Y verosímil. Primer movimiento: mantener el control del Constitucional, esa máquina perfecta que permite delinquir desde el Estado sin pagar un céntimo en costes judiciales. Es el movimiento esencial. El blindaje que Conde-Pumpido ha ejercido sobre el delito de Estado sólo puede ser derruido desde una mayoría de tres quintos en el Senado. Por sorpresa –y por ingenuidad de sus oponentes, todo sea dicho–, Sánchez soldó listas senatoriales únicas con ese PSOE-bis que es la secta de la omniflotante Yolanda Díaz. A toda prisa y con el pie cambiado, PP y Vox han tenido, al menos, la sensatez de oponer un dique básico, aunque tardío, mediante acuerdo sin el cual la impunidad penal del sanchismo hubiera quedado garantizada. Al menos, de momento, la batalla no se cierra.
Segundo movimiento. Ya que no con ganar, Pedro Sánchez sueña con, al menos, poder ser el partido más votado. Naturalmente que, cuando lo fue el PP, eso le pareció irrelevante. Forma gobierno el que suma más escaños, proclamó entonces. Era verdad: es la ley. Pero, ¿qué dirá, si eso pasa ahora, con las cifras invertidas? Naturalmente, dirá que un gobierno de sus adversarios está deslegitimado. Lo calificará de golpe de Estado blando. Y pondrá al servicio de su demolición, desde la simpática muchachada de los black-blocs, hasta los bien alimentados subministerios sindicales. Las anunciadas calles en épica llamarada demandarían el retorno de su héroe enamorado. Es el sueño más épico de este lírico esposo de Begoña Gómez.
Tal, el juego. Que nadie se llame a engaño.