Francisco Rosell-El Debate
  • Por eso, mirando el cuadro del Guernica que repatrió el expresidente Leopoldo Calvo Sotelo como gesto de reconciliación tras asegurarse el justo castigo a los golpistas del 23-F, el doctor Hamor trata de reavivar un ayer guerracivilista para que el pasado marche por delante de nosotros

Como el pasado marcha por delante de nosotros, en vez de ir por detrás en buena lógica al cabo de cincuenta años de democracia, la campaña sanchista para aferrarse al poder y garantizarse su impunidad le impulsa a legitimar la violencia dejando hacer a los agitadores profesionales y a los delincuentes. Todos ellos se valen de una anomía tolerada con el ministro Marlaska desaparecido y con los delegados del Gobierno impidiendo la labor de las Fuerzas de Orden Público, cuyos uniformados se limitan a defenderse ellos, en vez de a los ciudadanos.

Ante quienes esgrimen que estas algaradas no ayudan a Sánchez en estas vísperas electorales, sino a los partidos llamados de ley y orden, se equivocan de medio a medio. A estos biempensantes, cabe preguntarles: ¿Por qué iba a consentirlas si este cavilara que no le renta? Aunque el historiador italiano Carlo Cipolla sentenciara que la estupidez consiste en hacer daño a tu enemigo de todas las formas posibles, incluso en aquellas que acabarán causándote mayor perjuicio a ti que a él, a Sánchez no le importa jugar con fuego.

Conviene no echar en saco roto que la violencia fue siempre concebida por la izquierda como partera de la Historia, según Karl Marx. Y, si bien el PSOE se alejó de ella en el lapso socialdemócrata de Felipe González, ahora la recobra resueltamente con Sánchez siguiendo la estela de Zapatero, así como de sus socios bilduetarras y separatistas. A un Sánchez a la desesperada ya no le preocupa perder el control de la calle, como le inquietaba a González prevenido por los viejos republicanos con los que hacía conversación en Sevilla. Al contrario, hace dejación de su responsabilidad de Gobierno entregándose a grupos de agitadores anteponiendo el valor de esas protestas al del Parlamento al que niega representatividad tras perder su mayoría parlamentaria. Una expresión claramente populista que le entronca con los autoritarismos que desataron la II Guerra Mundial y con aquellos que se han rehecho tras la caída del Muro de Berlín.

Contrariamente a lo que opinan a quienes no distinguen entre la realidad y el deseo, la barbarie sí sirve para aquellos que la instrumentalizan al reportarle réditos como los cosechados este ochenio sanchista por el terrorismo etarra y por el golpismo catalán tras salirle gratis sus crímenes y encaramarse a una posición prevalente en la gobernación de España luego de erigir presidente a Sánchez y transmutarlo en uno de los suyos.

Por desgracia, el deber ser no emerge por sí mismo. Para que el mal triunfe, echando mano del célebre aserto del gran liberal inglés Edmund Burke, sólo se requiere que los hombres buenos no hagan nada. A este respecto, como avizoró quien tuvo la capacidad de inmunizar a sus compatriotas contra el contagio de la Revolución Francesa merced a regenerar sus instituciones, es primordial que, «cuando los hombres perversos se asocian, los buenos se coaliguen porque, si no lo logran, caerán uno tras otro en un inmisericorde sacrificio en una guerra que no conoce la piedad». De ahí la importancia de que, con su acuerdo sobre el Senado, PP y Vox hayan sabido entender la verdadera prioridad nacional.

Porque esta espiral de violencia del gobierno, ensayada con éxito en la Vuelta Ciclista de 2025 para boicotear la participación israelí obligando a suspender la etapa final en Madrid tras una declaración en ese sentido de Sánchez, puede producir una espiral de silencio por el que la mayoría silenciosa se someta a esas minorías organizadas en turbamulta observando entre visillos cómo les roban el presente e hipotecan el futuro. Al retraerse ante estos gritones, coligiendo que puede ser peor el remedio que la enfermedad, esa mayoría dedicada a sacar adelante su casa y su familia dejarían el camino expedito a los bárbaros para que les impongan nuevas gabelas entre dicterios contra los amedrentados. Por consiguiente, de la mano de la ley, la mayoría no puede dejarse arrebatar el orden democrático y el bienestar económico que tanto costó construir frente Atila y sus hunos

Pero lo cierto es que el miedo puede operar grandes males a modo de síndrome de Estocolmo. No obstante, para que esa espiral de violencia no derive en espiral de silencio haciendo callar a la mayoría e incluso hacerle pensar que lo mejor es ponerse de lado buscando un apaciguamiento que luego redundará en males mayores, no contribuye el croar de grillos de quienes confunden la plausible ecuanimidad con la falaz equidistancia. Son quienes oscilan entre el «bienquedismo» y el «peroesqueismo», valgan ambos palabros, como enfermedad infantil de ciertos sectores complacientes y acomodaticios de la derecha.

En efecto, el «bienquedismo» lo protagonizarían esas «almas bellas», según la terminología de Hegel, que critican al Gobierno haciendo aspavientos contra sus corrupciones y fechorías, pero sin poner en riesgo el «statu quo» al modo de los teros argentinos que, para preservar sus intereses, en un lado pegan los gritos y en otro colocan los huevos. Y el «peroesqueismo» que correría a cargo de quienes contrapesan los desafueros del gobierno con reproches a los errores de Feijóo y a Abascal. Aplicando el dicho: «Palos porque bogas, palos porque no bogas», buscan en el ojo de la oposición la paja que les permita sentirse excusados de votar al Gobierno aunque porte una viga en el suyo.

Justo en un momento crítico en el que el gobierno alienta una guerra preventiva contra la oposición que el ministro Óscar Puente, como adelantado de Sánchez, ha justificado porque «nos evitaremos tener que estar luego cuatro años saliendo a la calle a protestar por las cosas malas que pasarán sin duda si gobiernan PP y Vox». Puente se retrotraía, casi por palabra, a lo dicho en la campaña electoral de 1933 por Largo Caballero, el Lenin español, cuando aseveró en Murcia que, «si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia» dado que su aquiescencia con la República sólo tenía un sentido: desbordarla o poseerla.

Es lo que acontece hoy con la democracia española cuando Sáncheztein niega, no ya la alternativa de Gobierno, sino la alternancia democrática retrotrayéndose a la Revolución de 1934 para no aceptar los resultados de aquellos comicios o directamente para acometer el pucherazo de febrero de 1936 generando el caos para que, en esas aguas revueltas, aparezcan votos milagrosos como los de sus componendas en las dos primarias socialistas que ganó y en la votación para evitar ser desalojado de la secretaría general del PSOE. La celebración de Sánchez de la remontada de Lula en Brasil, donde los votos se ha multiplicado en la segunda vuelta como en el milagro del pan y los peces, no mueve a la tranquilidad precisamente ni que el ganador virtual de las elecciones, Flávio Bolsonaro, haya tenido que huir del país a las 48 horas.

Si sus socios –incluida ETA con sus más de 800 asesinatos– han rentabilizado la violencia, Sánchez debe pensar que por qué él va a ser menos con los antecedentes del bolchevizado PSOE de la II República. Por eso, mirando el cuadro del Guernica que repatrió el expresidente Leopoldo Calvo Sotelo como gesto de reconciliación tras asegurarse el justo castigo a los golpistas del 23-F, el doctor Hamor trata de reavivar un ayer guerracivilista para que el pasado marche por delante de nosotros.