- El mejor servicio que hoy podemos hacer a las víctimas y a sus familias que sufren (y nosotros con ellos, que esto sí es humanidad) es exigir a esta gente que se aparte. No es cuestión de ideología, ni de izquierdas o derechas. Es que el cargo les queda muy grande
Hubo un tiempo no muy lejano en el que presidentes, ministros o políticos no hablaban de su vida sexual. Y la tendrían. O no. Me es indiferente. No les pago el sueldo por ello. Asistían a espectáculos, pero no aspiraban a convertirse en prescriptores de música. Para eso estaba la radiofórmula. Hubo un tiempo en que los políticos, aunque humanos, parecían grises. Les pesaba la responsabilidad en la mirada, hacían muchas horas de despacho. Hoy, lucen sonrientes y sonrosados. Obsesionados con transpirar una humanidad de la que sus actos demuestran que carecen, dedican días enteros y recursos del Estado a montar shows en la tele y descuidan el trabajo para el que les han contratado. A menudo lo logran. Con frecuencia, su inactividad, vagancia, jeta o negligencia pasa desapercibida, porque nos resulta más entretenido hablar del amor que de las cuentas del Estado. Pero, cuando llega la hora de la verdad –y acaba llegando–, su frivolidad acaba estallándonos a todos en la cara.
Dice Pedro Sánchez que «no es asumible» que ocurran dos graves accidentes de tren en España en un mismo año. No le falta razón. Puesto que no lo es, haría bien en darnos cuenta de las causas del siniestro de Toledo. ¿Son los mismos errores, negligencias que confluyeron en Adamuz el origen de esta nueva desgracia? A estas alturas, tanto él como Puente, aunque no hayan tenido a bien informarnos, saben perfectamente qué ocurrió en Córdoba. Han tenido meses para revisar y renovar protocolos y procedimientos de seguridad que minimicen el riesgo de un error humano. Si es que fue humano. Desde luego, no ha sido, como sugiere el ministro, cosa del viento o de brujería. Una vez sí, otra vez lo «inexplicable» ya no cuela. Pagamos cientos de recursos, crecientes cada año, para que subir a un tren no suponga jugar a la ruleta rusa. Hacienda nos sangra para salvaguardar la seguridad y la higiene en nuestras calles y estas están ardiendo día sí y día también. La terrible sensación es que vivimos en un país aparentemente del primer mundo, pero que se sostiene sobre cimientos de barro. Y el gobierno, en vez de revisarlos, jugando al amor.
El mejor servicio que hoy podemos hacer a las víctimas y a sus familias que sufren (y nosotros con ellos, que esto sí es humanidad) es exigir a esta gente que se aparte. No es cuestión de ideología, ni de izquierdas o derechas. Es que el cargo les queda muy grande. Y el precio que estamos pagando es demasiado alto.