Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- El Gobierno apunta al fallo humano tras una nueva tragedia en la línea de AVE
Hace nueve meses, un tren de Iryo descarriló en el kilómetro 318 de la línea de Alta Velocidad entre Madrid y Sevilla y chocó contra un Alvia de Renfe. Ayer, un AVE de Renfe embistió por detrás a un Iryo en el kilómetro 118 de la misma línea. El primer accidente tuvo lugar en Adamuz, Córdoba. Murieron en él cuarenta y seis personas. Aún no sabemos si el segundo accidente será conocido como la tragedia de Urda o de Los Yébenes. Ayer por la tarde arrojaba sesenta y ocho víctimas mortales.
En la primera hora del accidente de Adamuz, el Gobierno habló de un suceso tremendamente extraño y puso en marcha la estrategia de las hipótesis abiertas y la investigación minuciosa, compleja, a largo plazo. El tiempo es una magnitud anestesiante si el gobernante no tiene urnas a la vista. Que dentro de un mes haya elecciones generales explica que ayer lo extraño no fuese tanto el accidente como lo ocurrido en el centro de control de Adif. El Gobierno puso a circular la hipótesis del fallo humano desde la mañana. Por la tarde, y tras perfilar ese fallo con toda la nitidez de la que fue capaz, el ministro Puente aseguró que él no podía atribuirle la responsabilidad a nadie. E invitó a los periodistas a que lo hiciesen ellos, atendiendo a las indicaciones recibidas: un fallo informático hizo caer el sistema de supervisión LZB y los trenes se detuvieron, pero en Atocha alguien -«esta persona», dijo el ministro- dio la orden de que el tren de Renfe retomase la marcha a una velocidad excesiva.
Lo que respondió Óscar Puente cuando la prensa le preguntó por una posible dimisión fue que él no piensa en sí mismo. Tiene sentido. De hacerlo, entendería lo que implica que, tras una nueva tragedia mortal, el máximo responsable de los trenes del país dé a entender que los sistemas pueden caer por fallos informáticos, un poco como le pasa a usted con la Smart TV, y que entonces la seguridad de una línea de alta velocidad queda en manos de alguien, una persona, que mira las luces de una pantalla. Basta con eso para ilustrar la decadencia del ferrocarril y sus consecuencias trágicas en un país en el que ayer volvió a comprobarse que lo que sí funciona son los accidentados. Con las cabezas abiertas y las camisas ensangrentadas mantienen la templanza de un modo asombroso. Y funcionan los vecinos de los municipios cercanos, que llegan veloces para imponer su voluntad de ayudar, como sea, en un escenario de terror. Que estar a la altura de esa gente no sea un imperativo moral para quienes gobiernan resume buena parte de lo que no funciona en el país.
Brasil
Candidato a la fuga
El lunes, tras perder las elecciones y denunciar automáticamente el fraude electoral, Flávio Bolsonaro aseguró que no tenía la menor intención de abandonar Brasil. Lo dijo después de que un juez del Supremo le pidiese el pasaporte al reactivarse las investigaciones contra él por blanqueo. Lo que hizo el martes Bolsonaro junior fue, por supuesto, abandonar el país. Y ayer aterrizó en Miami con su familia. ‘O Globo’ informa de que el plan de huida estaba diseñado desde hace semanas. Eso significa que Bolsonaro hizo campaña pensando en disfrutar del fuero presidencial si ganaba y en salir huyendo lo antes posible si perdía. Billy el Niño habría merecido tal vez más confianza como candidato. Parece que el prófugo y aspirante a presidente utilizó Argentina como parada intermedia, donde Milei se enfrenta ahora a un problema diplomático, lo que probablemente le dé igual. Entre otras cosas, porque Donald Trump, tan contrario a la inmigración, ha recibido muy bien a los Bolsonaro en Estados Unidos, alegando que las elecciones que han perdido en Brasil han sido «realmente extrañas». Si las encuestas están bien orientadas, puede que las elecciones de medio mandato también terminen siéndolo para él. Te pones a fantasear con qué país podría acoger a un Trump a la fuga y solo se te ocurre Rusia. Lula calificó la huida de su rival de vergonzosa y recordó que él se entregó a la Policía Federal cuando tuvo problemas con la justicia. Parece que en Brasil los líderes políticos utilizan como argumento de autoridad la gallardía con la que se van a la cárcel.