Manuel Montero-El Correo
- La idealización del terrorismo, su enaltecimiento, crea el caldo de cultivo para criar aspirantes a héroes entre las juventudes educadas en la fascinación por los pistoleros
Las juventudes de la ultraizquierda abertzalísima -más allá de los retoños de Bildu- estánindignadas por la detención de dos de sus miembros acusados de terrorismo. No es por la habitual remembranza de ETA, sino por preparar zulos, explosivos y más parafernalia. Se manifiestan enfadados, quizás coléricos, porque aseguran que es un montaje, una manipulación. Quieren «criminalizarnos», dicen. Les perjudican la credibilidad cuando menos dos circunstancias: han desarrollado una ideología totalitaria que en su brutalidad conceptual se asemeja a la de ETA, un calco con algunas adaptaciones posmodernas (abarca una especie de feminismo y de ecologismo revolucionarios); y, sobre todo, en su defensa de los detenidos no figura lo que debería ser lo principal y argumento definitivo: que ellos, jóvenes demócratas, repudian la violencia y condenan el terror, de modo que unos aspirantes a terroristas no cabrían en sus filas y los tendrían siempre enfrente.
No lo hacen. Se victimizan. Las fuerzas represivas quieren acabar con ellos.
‘Déja vu’. La retórica la conocemos de cuando los tiempos del terror, incluyendo esas indignaciones impostadas y esa transmisión de la idea de estar en posesión de la verdad. Por la edad, ellos no pueden recordar aquella época, cuando ETA aterrorizaba. Se conoce que estas actitudes levantiscas están interiorizadas o son expresión habitual, automática por decirlo así, en juventudes totalitarias. O es envidia o mimetismo generacional.
Tampoco han podido conocer represión alguna, nacidos casi medio siglo después del franquismo, y cuesta imaginar que se sientan hoy perseguidos (ellos y los vascos que quieren liberar política, social, feminista y ecológicamente) por fuerza pública alguna. Sigue mandando la fantasía social y el autoengaño. Quizás esta gente se sienta en medio de una oleada represiva debido a que no se han realizado (aún) sus delirios totalitarios.
No hay novedad. Ya hemos vivido estas reacciones entre sus mayores. La demencia ideológica, la victimización y la soberbia ideológica.
Las advertencias de años han sido inútiles. Resultaba obvio, y se demuestra ahora, que el blanqueamiento del terrorismo y sus secuaces podía tener efectos fatales, que al terrorismo ha de seguir la desnazificación, que es imprescindible erradicar la ideología violenta, por todos los medios educativos, mediáticos y políticos. No se han difundido los valores de la democracia y de la convivencia entre los jóvenes del submundo de la izquierda abertzale -hay que suponer que es la probeta donde se cultiva este revival-, y han fosilizado ya en su adolescencia, produciendo jóvenes de mentalidad pétrea, impermeables a la libertad democrática.
Como sus mayores, totalitarios por herencia. Manda la reproducción social de la barbarie, la mentalidad fanática que debería haberse combatido.
Tiene interés la reacción de los herederos oficiales de ETA, de los que estos serían disidentes, pese a que en su utilería han encontrado simbología de la antigua organización terrorista. Quizás tengan explosivos, no solo la intención de tenerlos, y documentos con objetivos para atentar… toda la alharaca tan conocida (tristemente conocida) que acompañaba la actividad siniestra. Pues bien: Otegi, que, dada su natural inocencia, no sabrá nada del asunto pero que quizás por intuición especializada tiene su composición de lugar (o intereses, a lo mejor intuye que estos disidentes pueden echar por los suelos su sueño de llegar a lehendakari, si pasasen a la acción), nos aclara que no contempla la hipótesis de que lo hagan (solo el 0,1% de posibilidades, lo tiene contabilizado). Lo ha descartado y vuelve a hablar de los nostálgicos franquistas, sugiriendo que echan de menos el terror, repitiendo esa barbaridad barriobajera que parece producirle regocijo.
Sin embargo, no se molesta -y eso sería lo fundamental- en condenar la hipótesis del terror, el terror en sí mismo y a eventuales terroristas. No marca distancias morales, solo habla de que continúa el «conflicto vasco», una peculiar forma de desanimar a una muchachada en armas, si existiese. Quizás no pueda: en su discurso -y en el de la izquierda abertzale, en distintos grados de transparencia- el fin de ETA fue una decisión estratégica o un cambio de táctica, puro pragmatismo, sin desprecio moral alguno. De hecho, hasta la fecha no se han oído por esos lares condenas a los asesinatos, solo apoyos y homenajes a quienes los perpetraron.
Menos mal que el dirigente supremo de la abertzalía no contempla el resurgimiento del terror. Por lo demás, la idealización del terrorismo histórico (el que hubo hasta hace quince años, durante medio siglo), su enaltecimiento, crea el caldo de cultivo para criar aspirantes a héroes entre las juventudes educadas en la fascinación por los pistoleros y sus hazañas bélicas.