- Con la precampaña rota, hay dos preguntas en la atmósfera política. La primera depende del presidente: qué va a hacer con Puente. La segunda depende de la ciudadanía: cuál será su veredicto el 29-N
Óscar Puente terminó de ganarse a Pedro Sánchez con la réplica que dio a Alberto Núñez Feijóo en el debate de la fallida investidura de este último, el 26 de septiembre de 2023. En mayo de ese año, el vallisoletano había sido apeado de la alcaldía de su ciudad a pesar de ganar las elecciones municipales (por menos de 800 votos), así que el presidente le buscó acomodo en las listas al Congreso. De ahí saltaría después al Consejo de Ministros.
Su estreno en la tribuna de la Cámara Baja anticipó la política que venía a hacer. Agresiva, faltona, hiriente. «No es ya que usted no vaya a gobernar España, es que en su partido llevan un mes preparándole el finiquito, señor Feijóo». «Es usted un pata negra de este PP, del PP más rancio de su historia, que ya es decir. Usted forma parte del PP de Galicia, esa gran familia retratada en Fariña». «Señor Feijóo, dicen que para mentir bien hay que tener buena memoria, y usted tiene la misma memoria que Dory (el pez de Buscando a Nemo)», fueron algunas de las lindezas que le escupió el diputado Puente, que puso en pie a la bancada socialista.
Había nacido el azote del PP, encumbrado como tal por la prensa cercana al PSOE. Y a eso se ha dedicado durante toda la legislatura. A repartir zascas y a disparar tuits, levantando a la parroquia socialista, que lo venera. O lo veneraba hasta ahora.
La tragedia viajó en tren en vísperas de las elecciones generales de 2004, que saltaron por los aires con los atentados del 11 de marzo, y lo ha vuelto a hacer a un mes de los comicios del 29-N. Salvando las enormes distancias entre uno y otro caso. Hasta minutos antes de las nueve de la mañana del miércoles, los socialistas estaban eufóricos. Decían que estaban remontando día a día ante un PP a la baja; que Alberto Núñez Feijóo es un candidato muy flojo y Pedro Sánchez el mejor de los posibles; que su precampaña basada en el amor, los besos, las sonrisas y los bailes estaba dando mil vueltas a la de la oposición refunfuñona; que enfrente solo había «odio, crispación y violencia como mínimo verbal» por parte del PP y de Vox…
Pero el siniestro de Urda, apenas diez meses después del de Adamuz, lo ha cambiado todo. Ha cambiado el clima y, también, el marco. El debate ha pasado a girar en torno a la gestión de los recursos públicos por parte de un Gobierno con grandes dotes para la propaganda y el relato, eso sí. Pero uno incapaz de aprobar unos Presupuestos en toda la legislatura, que ha vivido en la abundancia de los fondos europeos y de la recaudación récord de impuestos: 148.944 millones de euros en el primer semestre de 2026. La inflación ha ayudado.
Además, tenía que ser precisamente el Ministerio de Transportes, epicentro de la trama corrupta que anidó y operó en el Gobierno, según la sentencia emitida por el Tribunal Supremo en junio. La que condenó al primer ministro del ramo del sanchismo, José Luis Ábalos, a 24 años y tres meses de cárcel por delitos de organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias.
El Ministerio de los enchufes en empresas públicas a amigas de Ábalos, las adjudicaciones fraudulentas (presuntamente, porque el caso está judicializado) a Acciona y Servinabar, las auditorías fake encargadas por Puente que nunca hallaron nada y los trenes de Cercanías que no cabían por los túneles entre Cantabria y Asturias. El Ministerio de los enfrentamientos de su titular con las aerolíneas por las tasas aeroportuarias y con los operadores ferroviarios por sus precios bajos. El de los nombramientos políticos y no técnicos, las obras con sobrecostes que casi nunca acaban en plazo y de las constantes incidencias en la red ferroviaria, desatendidas pese a las quejas de los maquinistas y sindicatos y a las advertencias y recomendaciones de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios. El Ministerio de Adamuz y de Urda.
Las dos grandes preguntas
Con la precampaña rota, hay dos grandes preguntas en la atmósfera política. La primera depende únicamente de Sánchez: qué va a pasar con el ministro Puente más allá de su comparecencia en la Diputación Permanente del martes por la tarde. La segunda depende de la ciudadanía: cuál será el veredicto de los españoles el 29-N.
Que el jueves la Moncloa trasladara a unos cuantos periodistas que el presidente mantiene su apoyo al ministro de Transportes no significa gran cosa, más allá de un intento de ganar tiempo. Mientras esté Puente, el presidente tiene un parachoques. Pero si Sánchez hubiera querido zanjar el debate, si él mismo lo tuviera claro, habría respaldado públicamente a su ministro en alguna de sus declaraciones de estos días desde Toledo. No lo ha hecho en ninguna. Al revés, ha hablado de «aportar soluciones», de adoptar medidas «con total contundencia», de que no es «asumible» sufrir dos accidentes en poco más de nueve meses, de reponer la «confianza quebrada» en el sistema ferroviario… declaraciones, todas ellas, que se prestan a especulaciones.
Los socialistas que a esta hora están defendiendo la continuidad del responsable de Transportes lo hacen con el argumento de que Puente no tiene culpa de que un controlador del centro de Atocha diera una orden equivocada al tren AVE, dirigiéndolo a una embestida brutal contra otro tren Iryo. He ahí una de las señas de identidad del sanchismo: confundir intencionadamente la culpa con la responsabilidad política para no asumir nunca ninguna. Ni por los casos de corrupción, ni por la crisis de Estado provocada por la invasión de una ciudad española, ni por las muertes. A ello se une que, para Sánchez, las dimisiones nunca han sido un signo de responsabilidad, sino uno de debilidad frente a la oposición. En el otro lado, quienes en el PSOE están defendiendo que tiene que marcharse lo hacen pensando en la campaña y en las elecciones, simplemente.
«Yo soy una persona muy pequeña para el proyecto político del que formo parte (…). Sé lo que me espera, sé el calvario al que me van a someter, encima en campaña», señaló el viernes el ministro, en tono victimista. «Lo fácil para mí es salir, pero ni es eso lo que va en mi carácter ni tampoco es eso lo que el presidente me ha pedido», aclaró. De momento, habrá que ver la postura que adoptan los socios del PSOE en la Diputación Permanente de este martes y cuántos de ellos le piden su dimisión a la cara. Parece el final del trayecto para el ministro que fantaseaba con suceder a Sánchez, aunque se resista a bajar del tren.