Manuel Marín-Vozpópuli

  • Los mismos que antes descuartizaban a Rajoy o a gente útil, sencilla y eficaz en la Administración como Fátima Báñez, por blanditos y tecnócratas… ahora piden un ejército de fátimas

Vaya, vaya. Ahora resulta que ya no basta con votar ideología. Ahora de repente todos queremos gestión. Lo que está ocurriendo no es ideológico. Es la constatación de que el sanchismo ha vivido más de ocho años de construir relatos ficticios, de que ha trampeado las cuentas públicas, se ha lucrado con ellas, ha secuestrado la Administración, ha instaurado un régimen de miedo para evitarse delatores, y ha enchufado todo lo habido y por haber, putas incluidas, en la creencia de que España funciona sola. De que nada iba a fallar. Normalizamos durante años un Estado que mal que bien funcionaba, que, con salvedades, de vez en vez era cómodo, libre y seguro. Y resulta que no. Que lo hemos dejado ir. Creíamos que nuestros impuestos servían para invertir, rehabilitar, mejorar, avanzar. Que servían para financiar los servicios públicos. Y resulta que nadie está contento. Ni estudiantes, ni profesores, ni policías, ni sindicatos, ni jóvenes sin vivienda, ni ferroviarios, ni ganaderos, ni agricultores, ni transportistas, ni militares… Ni Dios.

Teníamos un escaparate, y el almacén estaba hecho una escombrera. Una Administración sobredimensionada, con funcionarios cada vez menos eficaces, más lentos, menos profesionales. Es una casta que ha encubierto todo tipo de desmanes ante sus narices y callaban. Ahora por suerte no. Pero han callado ocho años. Hemos digitalizado todo y no funciona nada. Burocracia elenfantiásica, déficit inversor, infraestructuras decadentes y, vaya, recaudaciones récord del Estado. La pasada semana se ha repetido en bucle la pregunta determinante: ¿qué han hecho con nuestro dinero?, ¿dónde está? A partir del 29-N habrá o no un Gobierno de derechas, un giro drástico a nuestra tragedia de incompetentes, negligentes y jetas de cemento armado al mando. Habrá o no un cambio. Y si gobierna la derecha, se nos ha prometido un Gobierno de gestión.

Ojo, de gestión. Pero en ese caso no tardaremos en llamar a los nuevos ministros tecnócratas y políticos grises a los que les faltará política. Fue el gran reproche a Mariano Rajoy, tan empeñado en salvar la economía de España para no ser un país a la deriva, intervenido y rescatado en manos de Europa. El PP, se gritaba entonces desde esa derecha sociológica ‘bon vivant’, ha renunciado a los principios, a la política, al mensaje y al relato. Eran hombrecillos oscuros de traje gris marengo y corbatas aburridas. Tipos que no sonreían y que nunca combatían ni contestaban a la izquierda como merecía. Eran ingenuos de manual frente a los linces de la izquierda, estos sí, siempre movilizados, siempre en la calle, siempre haciendo ruido. La derecha era tonta de baba y por eso ocurrió lo que ocurrió. Una moción de censura diseñada por un tipo que ahora está en la cárcel por corrupto y por corruptor de mayores.

Y mira ahora. Los mismos que lamentaban que su propia derecha renunciase al barro de las ideas, ahora exigen gestión, gestión y gestión. Qué curioso. Había que combatir duro en la batalla de las ideas, en la guerra cultural, y no ser simplemente probos funcionarios eficaces porque eso era renunciar. Usaban expresiones cursis y pseudointelectuales del tipo que la derecha no sabía dominar “la conversación pública”. Argumentaban que la derecha no sabía imponer su guion. La de Rajoy era solo una derecha simplona, del Marca, mecánica. Una derecha de 8 a 3. Y vaya, ahora se les echa de menos y se desea que la nueva derecha gestione para que esto no termine de estallar. Y para que los trenes dejen de matar. Los mismos que antes descuartizaban a Rajoy o a gente útil, sencilla y eficaz en los entresijos de la Administración como Fátima Báñez por blanditos y tecnócratas… ahora piden un ejército de fátimas.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Necesitamos un Sánchez, un Zapatero, un Rubalcaba o un Iglesias de derechas? ¿O necesitamos un gestor al que no le descarrilen los trenes ni se le fabriquen maricármenes de diseño? ¿O al que no le invadan Ceuta? ¿O que no rompa la cuaderna de la lógica con Estados Unidos o Israel? Sánchez no gana elecciones. Pero sí ha gobernado con la hipocresía por bandera haciendo exactamente lo contrario de lo que prometía en campaña. Nada nuevo sobre lo que incidir. Su refugio era lo ideológico. Claro, ya se sabe, con la izquierda se vive más libre, hay más convivencia, hay más vivienda y, por supuesto, más libertad. Más amor. Los derechos sociales Sánchez, decía. Los martes sociales del puto marketing. Pero nadie vive mejor que en 2018, cuando llegó. Bueno, sí. Los bancos, las energéticas y las multinacionales. Tan bien funcionan, que medio PSOE se ha subido a sus consejos de administración para beneficiarse con sus beneficios récord. Y a Adamuz o a Toledo, que les den.

Lo han desguazado todo, y hasta el drama de Urda nos iban a pedir el voto bailando y por amor, por más amor. Amor a un país que ha dejado de funcionar porque en el ideario colectivo había incrustado la estúpida idea de que lo ganado no se perdía. De que lo que lucía no se deteriora. De que lo conseguido no se degrada. Ayer Vozpópuli titulaba que España no es un Estado fallido, pero lo parece. No es la milonga de esa desafección por la política tan recurrente. Es la triste realidad. Nadie puede estar en eso tras enterrar a 69 personas con nombres, apellidos y una vida mutilada. Nadie ha llamado asesino a Óscar Puente o a Sánchez, algo que esta izquierda del rencor y el revanchismo, con la puñetera calculadora de votos en la mano, sí llamó a Aznar, a Acebes, a Astarloa, a Mazón, a Trillo… No es la desafección. Tampoco la pérdida de ilusión por un proyecto progresista o conservador al uso. Es sencillamente un país en depresión, emocionalmente desolado y que se pregunta cada mañana al arrancar el día aquello de ¿qué dejará de funcionar hoy?

Si el voto deja de ser ideológico y realmente se convierte en un voto de gestión… mal lo tienen PP y Vox porque no tardará la derecha plañidera de terracitas en denunciar que no votaron a tecnócratas, expertos, técnicos o profesionales para ser exactamente eso, tecnócratas, expertos, técnicos o profesionales. Sino para que fuesen perros de presa contra la izquierda. O para elevar aún más ese muro de Sánchez que ha permitido, en un simple intervalo de 48 horas de diferencia, que en Bilbao apareciesen menores gritando ¡gora ETA!, y que en Madrid se enarbolasen ante el Ministerio de Puente “El calvarios”, banderas de Falange. En un caso, sin que los imberbes tuviesen ni la más remota idea de la mierda que era ETA, y en el otro, sin que ninguno sepa descifrar qué significan las siglas JONS.

El éxito de Sánchez es ese. La fractura, la radicalización. El eterno voto ideológico en el muro. La España rota. Y resulta que España necesita gestores. Empieza a acabarse el tiempo de los jueguecitos revanchistas y los odios viscerales. No hay más tiempo para venganzas ideológicas ni para más costra en la Puerta del Sol. España se cae a pedazos de pura desintegración. Tanta muerte no es ya mala suerte. Se han fundido el dinero sin reformar nada más que su relato triunfalista. España ha dejado de funcionar y punto. No nos quejemos después si ahora exigimos gestores. Porque aquí van a hacer falta más ingenieros, constructores, arquitectos, químicos, médicos y juristas que no liberen violadores. Y menos vendemotos bailando y declarando su amor. Menos contadores de nubes con joyas escondidas, y menos creadores de ensoñaciones guay mientras siga habiendo gente que muere mutilada por coger un jodido tren.