Tonia Etxarri-El Correo

Después del accidente ferroviario de Toledo, ya nada será lo mismo. La muerte de 69 personas por la colisión de dos trenes en Urda ha dejado a los ciudadanos sumidos en un shock emocional, al Estado colapsado y la campaña electoral reventada. La contienda del 29-N dio un vuelco el pasado miércoles. Ha sido un golpe muy fuerte para todo un país que ha dejado de confiar en la seguridad de su red ferroviaria. Un mazazo para aquellos que tienen empatía y son capaces de ponerse en la piel de quien está sufriendo las consecuencias de un desastre de tal envergadura. Pero, ¿cómo seguirán los responsables de un Gobierno, que intentó cargar la culpa sobre los hombros de un solo operario, una campaña en la que ya no se puede concebir podcasts de humor negro, mítines con camisetas y bailes y entrevistas frívolas?

Las risas, el amor y los bailongos se truncaron el 28 de octubre. No hay nada que celebrar con más de cien muertos en dos accidentes ferroviarios en menos de un año. Nada de qué presumir con la mitad Sur de España incomunicada por vía férrea. ¿Cómo dar la vuelta a la tragedia para seguir inoculando el miedo a la derecha que, según el PSOE, representa el retroceso y la vuelta a 50 años atrás? En realidad, son los dos accidentes ferroviarios de este año (Adamuz y Urda) los que nos han hecho viajar por el túnel del tiempo hasta los años 90: cuando se puso en marcha el AVE del que tanto presumíamos y los gobiernos presentaban Presupuestos por su deber constitucional y los ministros dimitían por vergüenza torera. La alta velocidad en España se ha terminado por bastante tiempo. Debemos empezar a asumirlo.

En el PSOE están petrificados. Zapatero se ha caído del cartel con todas sus joyas. El antecesor del actual ministro de Transportes, José Luis Ábalos, está en la cárcel. Y Óscar Puente, si no lo necesitara Sánchez como escudo humano, debería estar ya al otro lado de la pantalla.

Hoy el ministro más insultador en las redes, que tuvo el cuajo de hablar de su calvario cuando todavía estaban calientes los cuerpos inertes de 69 usuarios del tren, comparecerá en el Congreso. Todo lo que no tenga que ver con el anuncio de su dimisión sonará a farsa. No bastará con el cese del presidente de Adif como cortafuegos. Lo saben hasta los socios de Gobierno.

La negligencia funcional que este Ejecutivo ha venido arrastrando en las inundaciones de Paiporta, los amasijos de Adamuz y la invasión de Ceuta nos ha traído hasta Urda, en donde el espejo se le ha roto a Narciso. Y las encuestas han empezado a dibujar el impacto de la tragedia en la intención de voto. Puede cambiar ese bajón que ahora experimenta el PSOE aunque se le ha caído el planteamiento de la campaña ‘flower power’ contra la derecha.

Si los directivos de ADIF son en su mayoría funcionarios afines al sanchismo, de escaso nivel técnico en comparación con los grandes gestores ferroviarios europeos, se explica que la compensación por la insuficiencia de recursos no formara parte de su prioridad.

La campaña deberá reanudarse, claro. Pero rescatar la confrontación ideológica, como le gusta a este Gobierno, es ya impensable. No va a colar porque los ciudadanos necesitan menos relato y más gestión.