- España necesita una vuelta a la normalidad política, sin sobresaltos, con políticos serenos, honestos, que dejen las bravuconadas a un lado. Necesitamos una oleada de moralidad y regeneración. Que vuelva Joaquín Costa con las llaves de la educación y la buena administración del erario de todos los españoles
Desde el principio mantuve que Óscar Puente iba a dimitir. Era imposible mantener a un tipo tan achicharrado dando la imagen de un gobierno, que, por otro lado, está en pleno proceso de descomposición. Era el rostro de la ineficacia y el fracaso. Ahora bien, en los planes de Sánchez no estaba que el abandono de Puente fuese ahora, y menos en medio de la Cumbre Iberoamericana, en la que el ocupante de la Moncloa esperaba darse un baño de popularidad. Mal lo tiene, en ese sentido. La renuncia del ministro de Transportes, en la agenda de su jefe, estaba señalada para la semana que viene. Puente dijo aquello de «me voy cinco minutos antes de que me echen». También le ayudó, seguro, las encuestas, incluidas las de Tezanos. Pero eso ya lo conocía Sánchez, y hubiera preferido que lo hiciera más adelante, tal vez la semana que viene, antes del inicio de la campaña.
También vengo diciendo desde hace días que los estrategas del PSOE han entrado en una mala racha. No hay iniciativa que emprendan que no se les vuelva en contra. Vivienda, acampadas, manifestaciones violentas, voto de nietos… La próxima, la huelga general. Más política que otra cosa. Toda una demostración de la poca fe democrática que acompaña al sanchismo. Un intento de decir que no quieren que existan otros partidos que puedan gobernar. La alternancia en el poder, tan consustancial al sistema democrático, desean que sea abolida por los promotores del paro que quieren llevar a cabo el próximo 11 de noviembre. Les saldrá mal, ya que no hay razones objetivas para que los sindicatos convoquen semejante demostración de fuerza con la intención de parar un país y, como todo lo que va contra la razón, les volverá a explotar en la cara, como les ocurrió con la pobre Maricarmen.
Desconozco si este es el final político de Óscar Puente. Los caminos del Señor son inescrutables y el futuro está lleno de incertidumbres y sorpresas. Hasta es posible que la presunta dignidad de adelantar su renuncia antes de que le obligase su jefe pudiera abrirle una ventana de oportunidad en el postsanchismo. De todos modos, Puente ha tenido el final, al menos de momento, que se merecía. No me da pena alguna. Lo siento por los más de cien muertos en los accidentes de Adamuz y Urda, que es posible que estuvieran vivos de haber existido otra administración más diligente y eficaz que la que Sánchez y Puente ofrecieron a este país en materia de infraestructuras. Puente ha sido un matón, un personaje verborreico que vomitaba insultos y descalificaciones mientras se pudría todo a su alrededor. No es eso lo que entendemos por un político al servicio de la sociedad. Confundió la sobreexposición en ruedas de prensa y comparecencias públicas con asumir responsabilidades. Finalmente, su raciocinio o algún amigo lo convenció de marcharse antes de que Sánchez lo sacrificase en el altar de sus ambiciones tóxicas.
España necesita una vuelta a la normalidad política, sin sobresaltos, con políticos serenos, honestos, que dejen las bravuconadas a un lado. Necesitamos una oleada de moralidad y regeneración. Que vuelva Joaquín Costa con las llaves de la educación y la buena administración del erario de todos los españoles. Y que no lleguen ni triunfen en la política aquellos perfiles que puedan parecerse al ya desaparecido Óscar Puente. A ver quién va a ser la cara que Sánchez va a poner a dar explicaciones sobre tanta muerte, porque eso no se olvida.