Ignacio Camacho-ABC

  • Es cierto que todos los políticos no son iguales. A algunos hay que obligarlos a asumir responsabilidades después de haberles ordenado atrincherarse

Hasta las ocho y media de la noche del martes el discurso oficial del sanchismo no encontraba ninguna razón para que Óscar Puente renunciara. A las nueve y cuarto su dimisión –por supuesto voluntaria– se había convertido por arte de magia en un noble acto de dignidad democrática. Lo más divertido del episodio fue el crujido colectivo de cinturas registrado en la brigada de opinión mediática, cuya intensidad debió de detectarse en el Instituto de Desastres Sísmicos de Granada. No pasa nada, eso se puede tratar con unas cuantas sesiones intensivas de fisioterapia. Más difícil le resultará al pobre Patxi López reponerse del esperpento ofrecido en la comisión parlamentaria al defender la continuidad del ministro con esa oratoria suya tan enfática. Del ridículo no se vuelve nunca en política, decía Tarradellas, pero cuando se entra al servicio de Sánchez la lealtad orgánica exige regresar a él con la misma perseverancia que el líder despliega para cambiar de criterio y de palabra.

El presidente volvió a tomarse un fin de semana de reflexión para concluir, encuestas en mano, que su pitbull favorito se había tornado problemático y era menester sacrificarlo. Hay que retomar la campaña y la permanencia del vallisoletano constituía un obstáculo. Los fusibles son útiles cuando evitan el cortocircuito, pero dejan de serlo si se achicharran demasiado y a su alrededor saltan chispazos incendiarios. Aunque Puente estaba dispuesto a absorber en su persona la ira popular para evitar que alcanzase a su amo, la situación había empezado a descontrolarse y el repunte demoscópico gubernamental se volatilizaba en una pavorosa previsión de cien escaños. El umbral del descalabro. Sacarlo de la escena era un imperativo categórico y Pedro nunca ha tenido reparos para recomponer el argumentario. Si abrazó la amnistía en una noche con tal de salvar su cargo no iba a detenerse en amparar a un subordinado que le complicaba la vida tratando en vano de justificar los fallos del sistema ferroviario.

Ahora el Gobierno dispone de un nuevo mantra: todos los políticos no son iguales. Es verdad; están los que se marchan por su propio pie tras un fracaso –pocos, ciertamente– y otros a los que hay que obligarlos a asumir responsabilidades… incluso después de haberles ordenado que no lo hagan pase lo que pase. La señal delatora fue el ‘whatsapp’ que leyó Puente en su móvil al final del debate: quizá un aviso de que los telediarios esperaban la noticia y se hacía tarde. Aun forzada desde la Moncloa, su salida habría sido un gesto honorable una semana antes, justo cuando preguntaba qué iban a ganar las víctimas con que él se marchase. En este momento transparenta a la legua la necesidad de una cabeza de turco con la que aplacar a los votantes que busquen un pretexto para aliviar sus escrúpulos morales. Los demás mirarán más arriba sin conformarse. Y por más esfuerzos que haga Carlos Cuerpo, sin duda el menos sanchista de los colaboradores de Sánchez, todos seguirán teniendo miedo de subir a un AVE.