Francisco Rodríguez Jiménez-El Correo
Profesor de la Universidad de Extremadura e investigador visitante en Harvard y Georgetown University
- Todavía faltan datos para afirmar que se inicia un nuevo ciclo en Estados Unidos
A veces confundimos el deseo con la realidad, ‘wishful thinking’ en inglés. Todavía no está claro que las ‘midterms’ sean un punto de inflexión, sin vuelta de hoja. Primero, porque quedan 48 asientos de congresistas sin asignar a uno u otro partido; y puede que al final la derrota republicana sea menos abultada. Segundo, algunos se apresuran a enterrar el trumpismo como flor marchita, sin posibilidades de continuidad más allá de 2028. Convendría no confundir una derrota severa con una revolución electoral con visos de duración prolongada.
La historia política estadounidense ofrece ejemplos de derrotas mucho más contundentes en las elecciones de medio mandato: Bill Clinton perdió 54 escaños en 1994; Barack Obama, 63 en 2010; y el propio Trump, 41 en 2018. Los tres fueron reelegidos posteriormente. Ni siquiera el icónico Kennedy salió indemne de sus ‘midterms’. Más aún: el carismático Franklin Roosevelt llegó a perder 72 escaños; Wilson, adalid de la Sociedad de Naciones, 61; por su parte, los republicanos de Eisenhower, campeón militar de la Segunda Guerra Mundial, retrocedieron en 48 escaños. Ojo. Esto no quiere decir que no sea un descalabro para Trump. Lo es, pero quizás no tan grave en términos de comparación histórica.
Pocas encuestas vaticinaban un escenario tan favorable para los demócratas, que controlarán ambas cámaras del Congreso. A partir de enero, es probable que arranque un carrusel de investigaciones, comparecencias y bloqueos legislativos. Está por ver cuántos republicanos mantendrán la fe trumpista, ayudándole en esos trances parlamentarios; o si, por el contrario, aumentará el número de consensos bipartidistas. Todo puede ocurrir, pero no descartaría que continúe la confrontación extrema. Ha sido el sello de identidad trumpista de la última década. No será fácil pasar página.
Cuando las victorias demócratas en Texas parecían impensables, hay un senador, joven y de impronta religiosa como Talarico, como estrella emergente; y Gina Hinojosa como primera gobernadora hispana. También asombraron los resultados en Kansas (donde no salía un senador demócrata desde 1932) o en Carolina del Sur. En Michigan, Abdul El-Sayed derrotó a Mike Rogers y se convirtió en el primer musulmán que se sentará en el Senado. En Minnesota, Peggy Flanagan será la primera senadora de origen nativo americano; en Nuevo México, Deb Haaland, la primera gobernadora nativa americana del país. Y en Georgia, Keisha Bottoms se convirtió en la primera gobernadora afroamericana.Un elevado porcentaje de latinos, jóvenes, afroamericanos y sectores de la clase trabajadora blanca dieron la espalda a Trump. Pero, insisto, no hay datos para afirmar que estemos ante un cambio de ciclo duradero. Todo apunta a que el factor fundamental de movilización fue económico, no cultural, ni identitario. El votante puede aceptar durante un tiempo que le hablen de inmigración, de Dios y de grandeza nacional. Pero cuando llega al supermercado, la realidad es menos ideológica.
Trump seguirá dominando las redes, pero Truth Social no es el equivalente estadounidense del BOE. Es probable que su histriónico liderazgo siga atrapando la atención mediática, generando polémicas y quizás algún recrudecimiento en política exterior. No será fácil tensionar más la cuerda en el conflicto del estrecho de Ormuz. Lo saben en el Pentágono, aunque desde la Casa Blanca deseasen ignorar las recomendaciones. Con Irán han pinchado en hueso, lo que puede abrir una ventana al culebrón cubano-estadounidense, máxime teniendo en cuenta el interés y futuro político de Marco Rubio.
Los republicanos tienen que resolver una ecuación fundamental: qué significa el trumpismo sin Trump. JD Vance aspira a ser el heredero natural, pero no debería olvidar que las herencias políticas resultan caras. Los estadounidenses no sienten entusiasmo por las sucesiones dinásticas, que se lo pregunten a Hillary Clinton. Ahora bien, la lealtad a Trump puede no ser una elección. El mandatario intentará mantener prietas las filas. No es seguro que lo consiga. Algunos congresistas republicanos descubrirán que siempre tuvieron discrepancias con Trump, aunque las rumiasen para dentro. Otros querrán enarbolar la bandera del viejo Partido Republicano antes de que fuese fagocitado. La memoria política en Washington suele ser extraordinariamente selectiva.
Los demócratas no deberían correr a enfriar el cava. Han ganado, pero aún tienen que explicar para qué. La oposición a Trump es un aglutinante electoral, no un programa de gobierno. El partido debe afrontar su viejo dilema: desplazarse hacia el centro para conquistar a los desencantados o apostar por el ala progresista y movilizar a su base. Será difícil encontrar a un candidato capaz de unir a las distintas familias y convencer a los estadounidenses de que existe alternativa política. ¿Se imaginan a Talarico como cabeza de cartel en un distrito neoyorquino? ¿O a Abdul El-Sayed compitiendo en Utah, Mississippi o Alabama?