El ciudadano inocente

EL MUNDO 24/03/14
ARCADI ESPADA

Malas noticias francesas. Alta abstención y excelentes resultados para el Frente Nacional. Se cree que esta fotografía de las elecciones municipales de ayer va a reproducirse el próximo mayo en toda Europa. Me acuerdo de la frase del filósofo Éric Weil que cita Aron en ese libro soberbio, imprescindible en la política y en la vida, que es Le spectateur engagé. La frase de Weil: «El hombre es un ser razonable, pero no está demostrado que los hombres sean razonables». Sin embargo, la lectura generalizada de los resultados franceses, y de los que vendrán, podría reescribir de modo pintoresco la sentencia de Weil: «El hombre es un ser razonable, pero no está demostrado que los políticos sean razonables».

En efecto. Todo el peso del desdén a la política que supone la abstención y el voto a partidos puramente majaderos cae siempre del lado de los políticos: ellos son los culpables de la erosión de la representación democrática. Sería absurdo negar parte de su responsabilidad, desde luego. Negar, por ejemplo, que los partidos, incluso los partidos que hacen de la meritocracia su máximo empeño, se hayan convertido en un trampolín acérrimo de la mediocridad: hasta el punto de que es lugar común de nuestro tiempo aceptar que lo peor de cada casa se dedica a la política. También sería ridículo pasar por alto los desmoralizadores efectos de la corrupción que usa dinero e influencia públicos. Y minusvalorar la lenta, elefantiásica adaptación de los políticos a la ciencia y a la tecnología. Tienen sus lógicas responsabilidades gremiales, por así decirlo. Pero es extraordinario que entre las responsabilidades francesas nunca se cite la de los franceses. Es decir, que entre los evidentes problemas de la representación política nunca se aluda a la responsabilidad de los representados.

Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón, que acaban de publicar La cultura política liberal, un ensayo que va más allá de su título, piden en sus últimas páginas la emergencia de un nuevo ciudadano que, entre otras virtudes y «por no esperar ninguna redención trascendente ni revelación de verdad alguna, pueda experimentar el justo valor de la solidaridad». Apología y petición, para nimbarlo con palabras poéticas. La crisis europea, no sólo económica, sólo podrá tener un salida fértil si los ciudadanos, como les gusta decirse, cogen las riendas de su destino. Es decir, si empiezan a reconocer los crasos errores de su voto y de la infidelidad a su compromiso democrático, engagement.