Vida hostil

IGNACIO CAMACHO – ABC – 11/03/17

Ignacio Camacho
Ignacio Camacho

· Por primera vez una película española ha roto el tabú sobre el riesgo real de la presencia en escenarios de guerra.

Durante la presidencia de Zapatero y bajo su «ansia infinita de paz», en los anuncios del Día de las Fuerzas Armadas no aparecían armas de fuego. Salían hospitales de campaña, salvamentos navales y soldados con niños sonrientes en zonas de conflicto: idílicas imágenes del Ejército-ONG que patrocinaba el zapaterismo. Esa propaganda edulcorante anestesiaba a la opinión pública ocultándole la verdadera naturaleza de unas misiones exteriores en las que nuestras tropas se veían y se ven a menudo expuestas, aunque no por voluntad propia, a situaciones de peligro.

Del abrupto choque con la realidad surgieron tragedias como la del Cougar que obligaron al Gobierno a manejarse frente a las víctimas con vergonzante secretismo. La apoteosis buenista culminó en aquella vergonzosa operación del barco secuestrado en Somalia, cuando cierto general que ahora milita en Podemos ordenó dejar escapar con el rescate a unos piratas que la Armada tenía a tiro. Los secuestradores organizaron una fiesta en la playa mientras nuestros militares se alejaban masticando a duras penas el ridículo.

Ésta es la hora en que por primera vez una película española ha roto el tabú sobre el riesgo real de la presencia en escenarios de guerra. Sin mensajes ideológicos, con inspiración documental, una cierta mirada épica y la inevitable dosis comercial de sentimentalidad aventurera, «Zona hostil» recrea un episodio auténtico vivido por militares españoles en Afganistán, accidentada maniobra de rescate de un helicóptero que acabó con éxito en medio de una seria refriega. Salen en la cinta disparos a granel, acciones de combate, granadas, heridos, sangre, fuego de artillería y soldados que matan enemigos para proteger su propia vida, sin concesiones a la mentalidad políticamente correcta. Todo eso que, por más que constituya la esencia del cine, unos años atrás hubiese merecido reprobable anatema.

La película de Adolfo Martínez representa un síntoma de normalización. Por un lado del propio cine nacional, tan volcado en cargas doctrinarias, y por otro de la imagen de las Fuerzas Armadas, a las que la mentalidad pacifista ha rodeado con los prejuicios de una percepción distorsionada. Por mucho que la izquierda biempensante se horrorice, hay guerra de verdad alrededor de nuestros soldados desplegados en zonas calientes del planeta. Guerra con tiros, bombas y gente mala que quiere aniquilar a gente buena.

Y las misiones de paz son en efecto de paz hasta que los amigos de la alianza de civilizaciones sacan los kalashnikovs y las circunstancias se ponen comprometedoramente feas. Entonces las cosas son como siempre han sido y a veces es necesario que alguien mate para que alguien no muera. Esas situaciones tan antipáticas están cubiertas por el derecho de legítima defensa.

Los soldados lo saben porque son profesionales. Pero viene bien que de vez en cuando alguien les comprenda.

IGNACIO CAMACHO – ABC – 11/03/17