- Entre aplausos de Hamás, de los ayatolás, de los hutíes y de Susan Sarandon, Pedro Sánchez ha traicionado al hegemón bondadoso en plena guerra. Políticamente está acabado. Por eso los suyos levantan la denostada bandera, por ver si engañan a cuatro lelos
Óscar Puente se ha puesto la bandera de España como foto de perfil en la red. Con un par. Lástima que no sintiera antes la pulsión patriótica. Si le da al principio, igual no permite que una moderna red ferroviaria se fuera resquebrajando y cediendo. Igual se acuerda del mantenimiento. Igual no se pone la alta velocidad a renquear. Igual no acaban los maquinistas tan alarmados. Igual le presta algo de atención a la cadena de alegres subcontratistas que encargan soldar las vías a uno que pasaba por allí. Con una mínima conciencia de que le había tocado la responsabilidad de velar por esas cosas, y de que servir a España es un privilegio, a lo mejor no mueren cuarenta y seis personas. Lo mismo Adif se entera de los descarrilamientos cuando ocurren. Y puestos a soñar, es posible que los socialistas abandonaran las costumbres de eliminar pruebas tras las tragedias ferroviarias y de falsear documentos.
Claro que las condiciones que propician la dejadez, la negligencia, la risible gestión y, al final, las catástrofes, no habrían concurrido si a Puente y al resto de la banda de Sánchez les hubiera alcanzado años atrás el soplo de la patria, por leve que fuera. Pero si el entusiasmo y el desparpajo con los que ahora se aferran a la bandera de todos lo llegan a sentir antes, no serían socialistas españoles ni ministros de Sánchez. El caldo de cultivo del desastre viene precocinado e incorpora desplazamientos de significantes y significados. Así, cuando a estos tipos les comunican «vas a ser ministro», ellos entienden «te concedo la oportunidad de levantar una fortunita». Lo segundo que les viene a la cabeza es: «Tendré que repartir juego, siempre hay Pardos de Vera de veras en este mundillo, contratos amañados, comisiones, y el pluralismo es bueno». La tercera idea: «Debe parecer que no soy como mi predecesor, pobre hombre, así que le voy a hacer una auditoría ful a Ábalos». Todo así.
Hasta aquí, la idea de España y el sentido patriótico no caben por ningún lado. En realidad, los del PSC tienen alergia a la simbología común; son susceptibles nacionalistas catalanes. ¿A qué molestarlos? Pero, sobre todo, ¿cómo iban a tomárselo los socios de Bildu, ERC, PNV, Junts? Cuando ven la rojigualda, les da vuelta entera la cabeza, rompen a hablar lenguas muertas y les cambia la voz. ¿Qué pasa entonces, Puente? Es obvio: los chanchullos de la PSOE y de sus colgajos comunistas con lo peor del planeta les condujo a una peligrosa intimidad con la narcotiranía venezolana y a una afinidad antisemita con la sanguinaria teocracia iraní. Entre aplausos de Hamás, de los ayatolás, de los hutíes y de Susan Sarandon, Pedro Sánchez ha traicionado al hegemón bondadoso en plena guerra. Políticamente, está acabado. Por eso los suyos levantan la denostada bandera, por ver si engañan a cuatro lelos. Siempre habrá cuatro lelos, aunque eso no cambie en nada el destino de la banda, que ya está escrito.