Ignacio Camacho-ABC

  • Sánchez está dejando a España fuera del marco comunitario para posar de adalid pacifista por mero oportunismo táctico

En España hay poca gente dispuesta a ir a la guerra (o a que vayan sus hijos o sus nietos) por Ucrania o por Polonia o por Finlandia. Tal vez incluso por Melilla o por las Canarias. Tampoco la opinión pública europea parece especialmente concernida por una eventualidad tan antipática; de hecho, la extrema izquierda y hasta la ultraderecha de varias naciones comunitarias se han opuesto a respaldar la lucha de los ucranianos a través del suministro de armas. Ochenta años de paz continental han vuelto muy lejana la cultura militar y la percepción de amenazas, máxime cuando la defensa de las democracias ha sido delegada a través de la OTAN en la fuerza norteamericana. Por eso cuesta tanto asumir que Trump ha cambiado el modelo y que hace falta ocuparse de esa cuestión olvidada. Con Gran Bretaña fuera de la Unión, el papel responsable corresponde a Alemania y Francia, la única potencia atómica en una sociedad de poderes blandos y vocación venusiana.

Sánchez, tan europeísta de apariencia o de boquilla, ha visto en este debate una coyuntura personal propicia. Nuestro presidente nunca mira los asuntos exteriores desde otro prisma que no sea el de sus conveniencias oportunistas. Asediado por los problemas internos, quiere fungir de líder pacifista para contrarrestar el desgaste que empieza ya a acusarse hasta en sus propias filas, y espera que esa impostura superficial compense el desinflado interés por la causa palestina. Como aquel Suárez que huía de su declive apelando a la importancia del estrecho de Ormuz en la configuración geopolítica, quiere erigirse en némesis del trumpismo, adalid progresista en una Europa asustada por el descubrimiento repentino de su debilidad sobrevenida. Ganar unos votos a base de quitar el hombro en el esfuerzo de proteger la seguridad colectiva y al precio de perder influencia en un club donde esta clase de posturas insolidarias están muy mal vistas.

Porque resulta que España fue la principal beneficiaria de los fondos Covid, cuyo destino apenas ha sido justificado, y depende de la UE para financiar sus inversiones estructurales y para sostener la precaria situación socioeconómica del campo. Y que ahora el Gobierno sanchista no sólo se escaquea de su cuota parte en el aumento del gasto defensivo sino que se opone a un rearme nuclear al que en todo caso sólo aportaría las bases del Tratado Atlántico, ejerce de lobby prochino para rebajar costes arancelarios y, lo que es más grave, desafía las directrices de Bruselas comprando delicada tecnología de datos al gigante asiático. Esto es lo que se dice un socio leal: a la hora de pagar se escabulle, a la de cobrar pone la mano y además se salta los vetos al cerrar contratos con potenciales adversarios. Como para quejarse de que en las cumbres informales nos dejen en segundo plano. Justo el que Pedro escogió en junio cuando quiso retratarse casi fuera del marco.