CÉSAR ANTONIO MOLINA-EL MUNDO

El autor señala que, cada vez más, los partidos políticos carecen de ideología y que quienes mandan son los asesores de imagen o prensa de unos líderes educados pero mimados y ajenos a horrores pasados.

«EL FANTASMA que recorre Europa es el de la ausencia de alternativas», le comenta Bauman a Leonidas Donskis en el último libro de ambos, casi póstumo, Maldad líquida. Las alternativas coinciden con el peligro del conformismo en nuestro mundo fatalista, determinista y pesimista, donde no se cree a aquellos optimistas que ofrecen alternativas y soluciones, sin ni siquiera comprobar luego los posibles resultados. Un ser pesimista no es un ser con más prestigio o más respeto que un optimista. El optimismo fue una construcción cristiana, basada en la fe, de que el bien puede derrotar al mal. Pero el mal puede reducirse aunque, difícilmente, puede ser extirpado. Está integrado en nuestra manera de ser. Nuestro tiempo, con toda razón, es pesimista en lo económico, en lo político, en lo ecológico, en la cultura, en las tecnologías, en la privacidad. Es decir, en la libertad. Estamos invadidos de negatividad, malas noticias, noticias falsas. Timothy Snyder, en Sobre la tiranía, califica a la posverdad como prefascismo. La verdad efectiva, la verita effettuale de Maquiavelo, es una acción práctica que produce aquella persona que genera una actividad y obtiene resultados. La verdad requiere eficacia, éxito. El político capaz de crear una práctica duradera, de transformar una idea en una acción y de institucionalizar esa idea, es quien tiene a la verdad de su parte. La verdad no fracasa. «La verdad es éxito y, a la inversa, el éxito es verdad», comenta Bauman. Las noticias falsas (mentiras, invenciones, la amnesia emanada de las sociedades de consumo y producción masiva, la manipulación) son la muestra más evidente del analfabetismo cultural y el fomento de la ignorancia.

Para Orwell la amenaza más grave era la imposición del miedo que va contra el individuo y su capacidad de asociarse. El miedo expresado a través de un léxico que se separa del concepto y cae en el sinsentido. La política sin política equivale, según el filósofo polaco, a una ética sin moral. Orwell nos adelantó que en el futuro –es decir, nuestro presente–, las nuevas formas del mal se presentarían bajo el disfraz de la bondad y el amor.

Yo estaba convencido que el doble pensar de alguna de nuestras políticas (la vicepresidenta, sin ir más lejos) era una invención propia; lo cual aminoraba mis reproches, pero ni siquiera esto es así. Según parece, ya existía en los habitantes de Oceanía, a quienes se les permitía que profesaran, a la vez, dos verdades mutuamente contradictorias e incluso excluyentes. En una situación así, las gentes adquirían tal habilidad para vivir oprimidas, que eran capaces de cambiar instantáneamente de una verdad a otra. ¿Cómo podían conciliarse dos hechos inconciliables? Tanto aquellos aborígenes como nuestros actuales políticos locales, lo han conseguido. El doble pensar es, como el otro día, en una de las manifestaciones feministas, una veinteañera que habló del poliamor: tener uno o dos novios fijos y muchos temporales, según las necesidades sociales o sexuales.

Cada vez más los partidos políticos carecen de ideología. La ideología, hace tiempo, se convirtió en un sucedáneo. Ahora, quienes mandan, son los asesores de prensa e imagen contratados por los políticos. El tal Iván que gobierna hoy La Moncloa, como un Rasputín de nuestros días, es un buen ejemplo. Sirvió a la derecha y ahora lo hace con la izquierda, sin inmutarse. Se trata de vendedores de productos, no de ideologías. El PSOE lleva años desideologizado. Ningún dirigente o militante pasaría una prueba sobre teoría política o la propia historia del partido. Estos asesores son los que ayudan a los lavados de cerebros a través de la publicidad agresiva y el control de los algoritmos. Vigilancia e intromisión en nombre de la seguridad de los vigilados. Putin, como el tal Iván, carece de ideología, su ideología es orweliana. Rusia ya tiene a sus ciudadanos pescados en las redes de los manipuladores. Y así, a más corto nivel, funciona Moncloa actualmente. ¿Vivimos en la sociedad de Huxley o en la de Orwell? Quizás se están utilizando métodos huxleyanos, mientras que los efectos son orwellianos. ¿A quiénes les hemos entregado nuestra libertad? Seguramente a cínicos y esbirros que, quizás en otro momento, podrían asesorar tranquilamente a Vox o a Marine Le Pen. Muchos escritores, en la primera mitad del siglo pasado, tuvieron la mala conciencia de no haber podido evitar los conflictos bélicos que asolaron a Europa. Hoy en día, su complicidad y complacencia, sobre todo en nuestro país, al sentirse ajenos a lo que está pasando, los hará cómplices de los desmanes que puedan acontecernos.

Orwell fue un inconformista y disidente. Siendo de izquierdas, fue ferozmente atacado por los suyos. Le dio buenas razones a la izquierda británica cuando escribió que el socialismo en las islas era «la tumba de la libertad individual, de la libertad política y de la dignidad humana». Orwell odiaba al nacionalismo y así lo dejó escrito en Notas sobre el nacionalismo (1945). Él distinguía entre el patriotismo (unas formas de vida que se relacionan con las del resto de la humanidad); y el nacionalismo (la creencia de que el colectivo propio es superior al resto). Así, unos serían las abejas y otros las hormigas. Para Orwell el patriotismo era callado y defensivo; mientras que el nacionalismo era ofensivo y agresivo. El territorio, en el siglo XXI, no es motivo ni problema, sólo una disculpa para la desestabilización política, la intimidación y el miedo, así como la desconfianza, en la percepción que las personas tienen de la realidad. Las multinacionales, en el fondo, son cómplices de los nacionalismos porque favorecen el microestado o los sin estados más fáciles de manipular.

Que Europa está en riesgo todo el mundo lo sabe o lo presiente. Curiosamente la novela 1984 iba a titularse El último europeo. Para Bauman la transición de lo kafkiano a lo orwelliano marca el paso entre el mal sólido y el líquido. En el mundo de Kafka no comprendíamos por qué habían pasado cosas tan terribles, pero siempre había alguna salida. En el mundo de Orwell, en el cual llevamos instalados ya una larga temporada, sabemos el por qué y el cómo, pero también que no hay ninguna alternativa. Estamos decepcionados por la venta a plazos de nuestros ideales; estamos decepcionados porque el futuro físico de este mundo tiene límites. Ser libres, por ahora, es un esfuerzo titánico. Y no lo seremos del todo nosotros sino ayudamos a los demás a que lo sean.

«EL FANTASMA que recorre Europa es el de la ausencia de alternativas». Sí, vivimos en un mundo sin alternativas. Y lo vamos a comprobar muy pronto, en las próximas elecciones generales. De ganar un solo partido por mayoría absoluta, esa sería una alternativa; pero de tener que pactar con la extrema derecha, con la extrema izquierda o el independentismo, volveríamos al pesimismo y al fatalismo. Lo mejor sería un pacto de Estado entre los tres partidos políticos constitucionalistas para, durante esta legislatura, debatir y acordar asuntos esenciales de nuestro país. El más importante y urgente: Cataluña. Una legislatura de reflexión y de toma de decisiones consensuadas para afrontar otras décadas de paz y desarrollo. El momento ha llegado. Nuestra política está en manos de jóvenes que frisan los 40 años. Son los hijos de la Democracia: cuidados, mimados, educados, ajenos ya a la dictadura y a pasados horrores. Ellos tienen que demostrarnos que el esfuerzo que hicimos todos los ciudadanos por sacarlos adelante no fue vano. Busquen ellos también a otros nuevos padres constitucionales que revisen la Constitución del 78, que la rejuvenezcan, la pongan al día y consigan el mismo consenso. Pónganse los partidos constitucionalistas, en esta nueva legislatura, a trabajar por el bien común y no por el de cada uno.

Todavía hay tiempo, no mucho. Sean hombres de estado, no mediocres. Sean políticos de carrera y no chusqueros. La política española, de cualquier signo, está repleta de gente sin preparación alguna. Jaspers en El problema de la culpa (1947), estableció cuatro categorías de culpa: la penal, la política, la moral y la metafísica. La primera era la de los delitos. La segunda era por incumplir las promesas (las promesas electorales incumplidas, deberían estar penalizadas y juzgadas ante los tribunales). La tercera se producía cuando se engaña la confianza de los representados. Y la última, cuando se pone en riesgo la propia vida de los ciudadanos. Los partidos constitucionalistas, y se les supone mucha más responsabilidad y cordura que a los demás, deben de atender esta propuesta de millones de personas; las que sumen todos sus votantes. Los partidos constitucionalistas tienen todo tipo de responsabilidades, incluso, hasta quién sabe, si también penales.

César Antonio Molina es escritor. Ex director del Insituto Cervantes y ex ministro de Cultura. Su último libro es Las democracias suicidas (Fórcola).