- Podemos y Sumar sobreviven en el escenario político español aferrados a sus escaños a pesar de que los españoles les reiteran, elección tras elección, que a duras penas recuerdan su existencia.
Podemos es un partido político cadáver. También lo es Sumar. Lo sé porque yo vi morir a Ciudadanos y ahora tengo a trained eye for the very dead.
Otra cosa es lo que el muerto tarde en darse cuenta. Generalmente, la caída del caballo llega con la última nómina pública. Pero a veces ni eso.
El gran drama de Podemos y de Sumar es que su supervivencia es incompatible con la de Pedro Sánchez.
Si él vive, ellos mueren.
Pero tampoco pueden asesinarlo como a Julio César, porque sus ingresos dependen de su permanencia en la Moncloa.
Es decir, que si él sale, ellos no vuelven.
Es un dilema irresoluble que en la vida real suele resolverse siempre en el mismo sentido: entre el partido y la nómina, la nómina.
A sus confluencias de provincias les va como les va. Mal en muchos casos y no demasiado bien en otros, que es el consuelo de los tontos. Sobrevivirán agónicamente hasta que broten a su alrededor nuevos partidos cantonalistas en la estela de Aliança Catalana, Unión del Pueblo Leonés, Chunta Aragonesista o Foro Asturias.
Esto no parece que sea un problema de caras (las han tenido de todos los colores y las han dicho de todos los grosores) sino de darwinismo y supervivencia del más apto.
Darwin diría: en el ecosistema comunista apareció en 2018 un depredador ápex que ocupó la cima de la cadena trófica de las barbaridades ideológicas; un depredador admirado por otros carnívoros como Hamás, los ayatolás iraníes o los servicios secretos marroquíes; y que carece de depredadores naturales porque al comunista español se le compra fácil con los Presupuestos Generales del Estado.
Depredadores ápex son el león en la sabana africana, el tiburón blanco en el océano, el lobo en los bosques boreales y Pedro Sánchez en la extrema izquierda española.
Prueba de ello es que Pedro Sánchez obtiene mejores valoraciones entre los votantes de Podemos y Sumar que entre los del PSOE.
Podemos y Sumar son, como el celacanto, fósiles vivientes. Sobreviven en el escenario político español, aferrados a sus escaños, a pesar de que los españoles les reiteran, elección tras elección, que a duras penas recuerdan su existencia.
Y que si la recuerdan, es para mal.
En las elecciones autonómicas de Castilla y León, Podemos ha perdido su único procurador y desaparecido de las Cortes. Ha cosechado sólo 9.003 votos (el 0,74%).
Hasta Alvise ha quedado por delante de Podemos.
IU-Movimiento Sumar-Verdes Equo (coalición En Común) tampoco ha obtenido escaño tras conseguir sólo el 2,23% de las papeletas (26.900 votos).
Ambos partidos habían logrado juntos 62.138 votos en 2022.
En 2026, apenas han alcanzado 36.000 entre los dos.
Podemos desapareció también de las Cortes en las elecciones autonómicas de Aragón tras perder el único escaño que tenía. Obtuvo apenas 327 votos en toda la región. El aforo de un cine de verano.
Mejor les fue en Extremadura. Podemos + IU (sin Sumar) obtuvo siete escaños con más del 10% del voto, tres más que los cuatro que tenían. Fue el único resultado positivo del ciclo para la extrema izquierda, aprovechando el hundimiento del PSOE en la región.
Podemos lo interpretó como la prueba de que Sumar «no es necesario».
Y eso es muy significativo.
Porque cuando utilizas un buen resultado, producto de errores ajenos y no de méritos propios, para ajustar cuentas contra los tuyos, es que estás en fase de derribo por piolet.
Es casi una confesión de impotencia.
Los líderes de ese espacio han acabado convertidos en personajes más pintorescos que amenazantes. Más molestos que realmente dañinos. Ni siquiera son peligrosos: son sólo antipáticos.
¿A quién le caen bien los políticos de Podemos y Sumar, que se pasan la vida riñendo al prójimo? A nadie. Si me pidieran que apostara por un político español cuyos amigos sean todos con total seguridad falsos, tendría difícil escoger entre Pedro Sánchez y los líderes de Podemos y Sumar.
Todos ellos apuntan a una vejez muy solitaria. Una de esas en la que sólo quedan fotos.
No tiene nada de extraño. La gran obra política de Irene Montero, por ejemplo, ha consistido en una ley del ‘sí es sí’ que ha sacado a la calle a cientos de agresores sexuales. Así se la recordará.
A Irene, de hecho, las cámaras siempre la pillan atribulada y caminando al pasitrote desde un punto A hacia un punto B como si su presencia fuera imprescindible en algún lado, aunque nadie la espera jamás para nada importante. Irene Montero es el motivo por el que existen chats de padres paralelos con los mismos miembros del chat original, menos uno.
Ese uno es ella.
En los vídeos, Irene abronca a algún periodista y arrastra de la mano a la asistenta que le sujeta el bolso. Me la imagino diciendo «apresúrate, Belén». «No te pares, Maite». «Lidia, el vídeo siempre en vertical, por favor». Como decía Agustín de Foxá, no quieren acabar con los señoritos, sino sustituirlos.
Son señoritos aspiracionales.
De Ione Belarra ni siquiera puedo decir nada. Es un ser sin atributos. A mí me recuerda a un chihuahua: mitad odio, mitad temblor, como un interruptor con sólo dos posiciones.
Yolanda Díaz roza la discriminación positiva. Que en el pasado fuera considerada, seriamente, como futura presidenta del Gobierno dice todo lo que se necesita saber sobre la izquierda española. Este domingo se fue a los Óscar de Hollywood y nadie supo explicar por qué. Quizá algún día sepamos por qué Óliver Laxe necesitaba tan imperiosamente su apoyo.
Podemos y Sumar ya no representan a nadie.
Y, sin embargo, tienen la mayor presencia mediática de todos los partidos españoles. Incluido el PSOE.
No sólo a través de sus altos cargos y exdirigentes (Montero, Belarra, Pablo Iglesias, Irene Zugasti, Laura Arroyo, Ramón Espinar, Ada Colau, Lilith Verstrynge), sino también de todos esos comunicadores que, perteneciendo al PSOE, son cedidos generosamente por Pedro Sánchez para apoyar la causa en La 1, la SER o los infotainments de las privadas: Antón Losada, Javier Ruiz, Jesús Cintora, Marta Flich, Gonzalo Miró, Silvia Intxaurrondo, Ernesto Ekaizer, Javier Aroca…
Y eso por no hablar de los David Broncano, Inés Hernand, Henar Álvarez, Lalachús, el Gran Wyoming, Jordi Évole, Bob Pop, Andreu Buenafuente, Marc Giró…
Todo un ejército de opinión sincronizada, monocorde e incapacitado para un humor que no consista en llamar «facha» a la mitad de los españoles, que es el equivalente de los chistes de mariquitas de los años 70, dedicado a complacer al Rey Sol Sanchista dándole la razón, como hacen los bobbleheads en los coches, a los partidos que garantizan la permanencia de su amo en el castillo.
Ni las novias del conde Drácula eran tan devotas.
Pero si esa es la representación de Podemos, ¿cómo tendría que ser la de Vox, que multiplica por cinco, por diez o incluso más, la de Podemos y Sumar juntos?
¿Y la del PP?
¿A quién representan los medios que una y otra vez se topan por la calle, casualmente, con un ciudadano random que siempre resulta ser militante de Podemos? ¿Por qué entre el público de tantos programas aparece siempre el podemita de turno largando la soflama de turno?
¿Teniendo tan pocos votantes, como dan esos programas siempre con la misma docena de militantes de Podemos y de Sumar y de Más Madrid? La misma docena. Una y otra vez.
Por pura probabilidad, alguna vez ese ciudadano «espontáneo» debería ser de Vox. O del PP.
Luego convocan una manifestación contra la guerra, la Gran Causa con mayúsculas de la izquierda española de hoy, esa por la que incluso se han tomado la molestia de desenterrar a Javier Bardem, el Víctor Manuel de nuestra época (Bardem también habría cantado las glorias de Franco para luego corregir rumbo en cuanto el dinero cambiara de manos), y no van a ella ni quinientas personas.
¿A quién representan todos esos tertulianos, periodistas y humoristas? ¿Todos esos ciudadanos «espontáneos»? ¿A qué españoles?
Eso también es corrupción.