Juan Ramón Rallo-ABC
- No sólo el decadente PSOE terminará siendo arrollado por las urnas, sino que el fosilizado PP acabará volviéndose irrelevante
Ala luz del resultado de las elecciones aragonesas, en las que la ‘derecha’ ha alcanzado el 55 por ciento de los votos, se entiende mucho mejor el bochornoso espectáculo filo-autoritario que han protagonizado PSOE y Sumar durante la semana anterior: su desquiciada obsesión no ya por limitar a los menores el acceso a las redes sociales (algo en todo caso debatible), sino por censurar selectivamente el contenido que se vuelca en ellas o, en el extremo, por llegar a prohibírselas a todos los españoles (tal como propuso la ministra Sira Rego en el culmen del disparate de esta opereta), sólo pone de manifiesto su creciente terror a que les echen del poder… tal como extremeños y aragoneses han ratificado en menos de dos meses.
Dimensionemos adecuadamente la magnitud del vuelco electoral que estamos presenciando: en 2023, pocos meses antes de que Sánchez reconquistara una (endeble) mayoría parlamentaria, suficiente como para ser investido de nuevo presidente, PP y Vox concentraron aproximadamente el 47 por ciento del voto tanto en Extremadura como en Aragón; el PSOE alcanzó el 40 por ciento en Extremadura y el 29,5 por ciento en Aragón. Pues bien, ahora mismo, PP y Vox suman el 60 por ciento del voto en Extremadura y (añadiendo a SALF) el 55 por ciento en Aragón frente a un PSOE que apenas rasca el 25 por ciento en ambas plazas. Si con el mucho mayor apoyo que tenía Sánchez en 2023 apenas alcanzó una coalición de diputados suficiente para revalidar la presidencia, en estos momentos, y con tamaña configuración de apoyos electorales, es muy obvio que sería incapaz de repetir en La Moncloa.
Porque, además, en este caso no sirven las excusas empleadas para encubrir el fiasco sanchista en Extremadura. Primero, la candidata del PSOE, Pilar Alegría, no sólo fue seleccionada directamente por el presidente del Gobierno, sino que fue su cara visible como portavoz. Segundo, los socialistas y sus medios afines repitieron incesantemente durante las semanas anteriores que su candidata estaba llevando a cabo una campaña electoral muy inteligente, fresca y rompedora que había descolocado a la derecha. Y tercero, porque la abstención fue más baja que en 2023.
A Sánchez, esta vez, no le quedan madrigueras en las que esconderse. Con todo, la derrota del PSOE no debería equipararse con un triunfo del PP. Que en pleno desmoronamiento electoral del sanchismo la formación de Feijóo no pare de perder votos, e incluso escaños, debería invitarles a una reflexión sobre la mediocre estrategia electoral que están siguiendo. La tan rajoyana argucia de esperar de brazos cruzados a heredar el poder por incomparecencia del rival puede que sea eficaz en el corto plazo para alcanzar la meta ambicionada, pero desde luego no sirve para ilusionar a ningún votante.
A diferencia de lo que está ocurriendo con Vox (por buenas o malas razones, es otro tema), cuesta creer que algún español siga entregando su sufragio a los azules entusiasmado por alguna de sus propuestas programáticas (¿cuáles son?): más bien, parecería que sólo están viviendo de las rentas del antisanchismo. Pero, en medio de una coyuntura social y económica tan sombría para muchos ciudadanos, lo mínimo que habría que exigirle a un partido que aspire a ser alternativa, y no mero recambio, son propuestas serias y seductoras. En caso contrario, no sólo el decadente PSOE terminará siendo arrollado por las urnas, sino que el fosilizado PP acabará volviéndose irrelevante.