Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • ¿Qué esperabas que hiciera, Arturo, sino inventarse una revuelta antifascista para escurrir el bulto y evitar que alguien con criterio le pusiera en evidencia?

Sé que hay asuntos de mayor urgencia, pero este también tiene su enjundia. Empiezo por decir que yo sí he leído las 695 páginas de La península de las casas vacías (Editorial Siruela), la novela del celebrado escritor David Uclés, de modo que se podrá estar o no de acuerdo con mis opiniones, faltaría, pero no hablo a humo de pajas. En más de una ocasión, tras digerir su lectura, he estado tentado de escribir mis impresiones, y reconozco que no lo he hecho por una mezcla de pereza y piedad. No tengo claro qué pesó más. Lo adelanto ya: no la recomiendo. Pero si tienen la oportunidad de ojearla, vayan directamente a la página 433. “Dos mujeres”. Ese es el encabezamiento. Son solo diez líneas que reflejan el sesgo, las intenciones y lo que da de sí literariamente la novela. Y de paso te ahorran la lectura del resto.

Diez líneas en las que se confronta a una esforzada militante ultrafeminista, que trabaja en un liberatorio de prostitución y se dispone a ejercer su personalísimo derecho al aborto, con su némesis, una santurrona papanatas, gustosamente subyugada por la Iglesia y el patriarcado. No hay más opciones. Entre la heroica abortista que trabaja rescatando a meretrices del arroyo y la chupacirios que se escandaliza ante la visión de una falda por encima de la rodilla, el desierto. No hay en el kilométrico y redundante relato de Uclés apenas espacio para mujeres de una pieza que nunca aprobaron la violencia, viniera de donde viniera.No hay sitio para mujeres como Clara Campoamor o Elena Fortún, para esa tercera España que describió Paul Preston.

La página 433 es un micro mosaico de tópicos y mediocridad literaria. Siruela promocionó el libro de Uclés presentándolo como “la novela total sobre la guerra civil española en clave de realismo mágico”. Pero ni lo uno ni lo otro ni lo de más allá. Ni total, ni realismo, ni mágico. Y, sin embargo, alguien en la editorial de Jacobo Fitz-James Stuart hizo bien su trabajo y convenció al gremio de libreros de Madrid de que recomendara esta novela inacabable, bastante sectaria y narrativamente vulgar, como una de las mejores del año (2024). Muy currada, eso sí.

Una gran mentira

Tan currada que Uclés tardó 15 años en ordenar el rompecabezas, que también es eso la novela, un laberinto de obligada salida. Tres lustros y una beca del BBVA dotada con hasta 50.000 euros. Ha dicho Juanma Bajo Ulloa, citando a Antonio Escohotado, que “la verdad se impone sola; solo la mentira necesita de subvención”. Y sí, La península es una gran mentira porque es solo una parte de la verdad. Un magistral ejercicio de propaganda, que es lo que a juicio de Bajo Ulloa hacen no pocos cineastas y escritores para ser aceptados -y financiados- por el poder de turno.

En un intento de darle consistencia, Uclés espolvorea su relato con citas de AyalaBrechtMarañónBrenanUnamunoBaroja o Foxá. Convenientemente elegidas y siempre sin explicar el contexto. Por ejemplo, la que el autor elige de Ortega y Gasset y que encontramos en la página 39: “Dos Españas, señores, están trabadas en una lucha incesante: una España muerta, hueca y carcomida y una España nueva, afanosa, aspirante, que tiende hacia la vida”. Naturalmente el autor no aclara cuándo y en qué circunstancias dijo aquello el filósofo, pero no hay duda de cuál es la España carcomida de Uclés y cuál la afanosa y vitalista.

Es precisamente la falta de contextualización de lo dicho y escrito por estos intelectuales -que el escritor utiliza para disimular, incluso dignificar, el sectarismo que exuda la historia de la familia Ardolento-, uno de los rastros más evidentes del sesgo nada accidental de la obra. Una obra que nada aporta al debate sereno sobre las causas, el desarrollo y las consecuencias de la guerra, pero cuyo éxito, no por inesperado e infundado menos sensacional, está siendo utilizado por ese otro negacionismo que sistemáticamente refuta la tesis de que también hubo perdedores, antes, durante y después de la contienda, en el bando de los vencedores.

Gana el sectarismo

Y luego está la figura del autor, un personaje joven, menor, por ahora, y algo engreído (véase la foto a doble página del final del libro; y el pie de foto: “El autor durante el proceso de creación”); pero de gran eficacia mediática. A Uclés le hemos convertido entre todos en un líder de opinión. Y obviamente él se ha dejado. No es un gran escritor, pero de tonto no tiene un pelo.

¿A quién se le ocurre, Arturo, sentar a conversar a Luis Mateo Díez con este muchacho; a un astro frente a una estrella fugaz? ¿Qué esperabas que ocurriera? ¿Qué esperabas que hiciera sino inventarse una revuelta antifascista para seguir engordando el personaje que ha construido y escurrir el bulto, evitando así el contraste público de su inferioridad y el riesgo de que alguien con criterio suficiente descubriera el fraude?

Te has equivocado Arturo. Primero, invitando a un tipo por su fama, al que intelectualmente no respetas, solo porque la boina tiene tirón mediático, como si tú y tu Panamá no se bastaran. Y te has equivocado después, suspendiendo el evento, porque, como ha escrito aquí Alberto Martínez Ledrado, “unas jornadas concebidas para hablar de 1936 acabaron retratando con crudeza el 2026: un país incapaz de sostener una mesa común sin que salten las alarmas morales, los vetos preventivos y los linchamientos digitales”.

Uclés, con su espantada, seguida por las de otros personajes aún más anodinos, ha ganado, Arturo. Han ganado el sectarismo, los bandos, la mediocridad intelectual y los cordones sanitarios que tú y Jesús Vigorra denunciáis en vuestro comunicado. Arréglalo Arturo. Tú sabes cómo.