- Sin inversión no hay defensa, pero la inversión no garantiza la defensa. No se trata sólo de gastar, si no sabemos lo que necesitamos podemos multiplicar por cuatro el presupuesto y seguir indefensos
No hay duda de que es el tema político por excelencia. Toda Europa se debate sobre dónde encontrar los fondos para aumentar su inversión en defensa, mientras va calando entre los ciudadanos la sensación de que por primera vez en décadas nuestra seguridad está en cuestión. Al fin parece que nos hemos dado cuenta de que el poder no tiene mucho que ver con el PIB. Que estados considerablemente menos ricos, como Rusia, pueden convertirse en una amenaza por su voluntad de actuar y por su disposición a asumir grandes sacrificios, algo que a nosotros ni se nos ocurriría.
La imagen de «pollos sin cabeza» se repite por doquier y es normal. El espectáculo que están dando los dirigentes continentales es, como poco, ridículo. Las mismas fuerzas que nos han llevado a este callejón sin salida ahora nos urgen a un rearme, cuando, si hubieran actuado con un mínimo de criterio y sentido de la responsabilidad, la inversión se habría mantenido por encima del 2% sobre el PIB desde hace décadas. Son las mismas fuerzas que arruinaron la industria de las placas solares y ahora parecen empeñadas en destruir la automovilística, como consecuencia de políticas con exceso de ideología y déficit de gestión. Nadie pide perdón a la sociedad por no haber explicado los riesgos que estábamos contrayendo al dejar de lado el mantenimiento de nuestras capacidades militares. Es cierto que en un tiempo breve hemos asistido a cambios importantes, tan cierto como que todo lo que estamos viviendo estaba previsto. No hay peor sordo que el que no quiere oír y tenemos una selección de ellos al frente de los gobiernos e instituciones europeas ¿De verdad van a ser ellos los que nos saquen del atolladero en el que nos han metido?
Permítanme algunas obviedades, pues con tantas prisas, reuniones, declaraciones y propuestas podríamos dejar de lado el sentido común a la hora de establecer un programa de rearme.
1. Sin inversión no hay defensa, pero la inversión no garantiza la defensa. No se trata sólo de gastar, si no sabemos lo que necesitamos podemos multiplicar por cuatro el presupuesto y seguir indefensos. La tentación de nuestros dirigentes va a ser adquirir en función de intereses políticos y empresariales, más o menos ejemplares, dejando de lado las necesidades reales.
2. ¿Cómo sabemos cuáles son las necesidades reales si carecemos de una estrategia de seguridad nacional? Sin una visión de conjunto entraremos en el reino de la arbitrariedad. Durante un tiempo podremos poner a punto lo que ya tenemos, que no es poca cosa, pero cuando llegue el momento de adquirir nuevas capacidades o éstas responden a una estrategia profesional o podría ser una nueva vía de tirar el dinero.
3. El sujeto de la oración determina la acción ¿Quién dirige el rearme? ¿La OTAN? ¿La UE? ¿Cada Estado por su cuenta? Últimamente oímos hablar mucho de «Europa», tanto en la documentación de la UE como en declaraciones de dirigentes políticos. No es casual. Es una forma de reconocer que fuera de la OTAN es imprescindible contar con algunos estados relevantes, como el Reino Unido, Noruega o Turquía. ¿Cómo se va a lograr establecer esa relación? Hoy por hoy es un enigma. Demos tiempo a la diplomacia.
4. La publicación del Libro Blanco de la Defensa por parte de la Comisión ha sido acogida con cierto escepticismo, sobre todo en ambientes militares. Los lectores de la columna del almirante Rodríguez Garat sabrán a qué me refiero. Me consta que su opinión es muy compartida dentro y fuera de nuestras fronteras y no sin razón. Seamos positivos. La publicación demuestra que todavía estamos vivos, que estamos reaccionando, que, deprisa y corriendo, tratamos de establecer un marco de referencia para poder trabajar juntos. El libro es un paso y «el camino se hace al andar». Obvio es también que queda mucho trecho por recorrer.
5. Las capacidades son instrumentales, están en función de la acción ¿Quién tomará la decisión de usarlas? Si EE.UU. fracasara en su intento de entenderse con Rusia y los europeos se convirtieran en aliados respetables la respuesta estaría en la OTAN. Pero, en caso contrario, ¿nos encontraríamos ante una «coalición de voluntarios»? ¿En qué medida esa coalición representaría a Europa? ¿Vamos a desarrollar el tantas veces mentado «pilar europeo» en el seno de la OTAN?
6. Los demógrafos nos advirtieron hace décadas de que en estas fechas nuestras Fuerzas Armadas carecerían de suficiente tropa, más aún en un entorno cultural escasamente sensible a los problemas de la seguridad y la defensa. Nada se ha hecho al respecto. Con carácter de urgencia los europeos tenemos que desarrollar un nuevo modelo de reserva para aprovechar los recursos disponibles, más aún cuando los nuevos dominios – espacio, ciber y cognitivo– permiten y aconsejan la participación de personal entrado en años y con alta formación.
7. Si estamos viviendo una Revolución Digital y las capacidades militares son, por su propia naturaleza, altamente exigentes en cuanto a sofisticación tecnológica, tendremos que asumir que el proceso de adquisición de capacidades debe primero realizarse desde una nueva cultura, mucho más dinámica y abierta, como paso previo para un cambio, si no una revolución, en el plano doctrinal. Los jefes militares no lo van a tener fácil.
8. Los presupuestos nacionales se aprueban cada año, pero los programas de adquisiciones se diseñan a lo largo de más ejercicios y se ejecutan durante muchos años más. No es posible un rearme sin un sólido acuerdo parlamentario. O se logra un entendimiento entre los líderes militares y los representantes de las grandes fuerzas políticas o estará abocado al fracaso.
9. En democracia la gente cuenta. En España desde los años de la Transición venimos hablando de la necesidad de desarrollar una cultura de defensa. Sin embargo, los sucesivos gobiernos la han limitado al mínimo con el argumento de que hablar de estos temas no da votos, pero puede provocar su pérdida. Otro ejemplo de irresponsabilidad de nuestra clase gobernante. O la sociedad española entiende lo que está ocurriendo o al final esta operación fracasará, llevándose por delante algo más que nuestra seguridad.
Las prisas se comprenden, así como la exigencia del cumplimiento de números mágicos sobre inversión, pero eso es sólo el principio. Luego tiene que llegar el trabajo de verdad, el que no acepta improvisaciones y exige alta profesionalidad. El tiempo perdido pesa como una losa, pero eso ya no tiene solución. Toca mirar hacia el futuro y la agenda está muy cargada.