He pasado por la vida sintiendo como lugar común que la raza anglosajona era diferente y, por supuesto, superior a la raza latina; tal cual. Es una estupidez explotada por interés. En primer lugar, sólo hay una ‘raza’, que es la humana; otra cosa son las etnias y sus particulares rasgos físicos y culturales. En segundo lugar, los hispanos (o ‘latinos’, como se dieron en llamar desde mediado el siglo XIX) no son en absoluto inferiores, tienen características de conjunto que, en algunos casos, son admirables y, en otros, lamentables. No hay duda, sin embargo, de que hoy la América española muestra una gran debilidad con respecto a la América británica, en particular desde hace un par de siglos; nunca antes.
Un problema insuperable para cualquier sociedad es la propagación de la credulidad a quienes dicen tener solución definitiva para cualquier cuestión que se plantee; algunos pretenden que con proclamar la revolución todo va a quedar resuelto, y, si no, la culpa es de los enemigos del ‘pueblo’. Se genera frustración e impotencia colectiva, una incapacidad para actuar socialmente que deja el camino despejado a la corrupción y a toda clase de turbulencias. Hay poderes económicos que no están dispuestos a perder su posición de dominio.
En el caso de Hispanoamérica, Santiago Muñoz Machado destaca las desventajas que supusieron las indefiniciones acerca de la limitación de sus territorios, las disputas por la titularidad de la soberanía y la heterogeneidad de la población a gobernar.
Hijo de criollos, el militar colombiano Francisco de Paula Santander fue el primer presidente de la República de Nueva Granada y advirtió a sus paisanos que, si bien las armas les habían dado la independencia, «sólo las leyes os darán la libertad». Unas leyes que eran violadas de continuo por caudillos y líderes que declaraban enemigos de la patria a quienes se manifestaran contrarios a ellos. Hace veinte años, Hugo Chávez habló de ‘democracia revolucionaria’ como transición a ‘un socialismo del siglo XXI’ basado «en la solidaridad, en la fraternidad, en el amor, en la libertad y en la igualdad», con continuas referencias a Cristo y a la Iglesia. Por su parte, entre 1945 y 1948 el gobierno de Perón expulsó de la universidad al 70 por ciento de los docentes. Y, por supuesto, también saltándose (o adulterando) la separación de poderes.
Colombia, Ecuador y Venezuela comparten hoy la misma bandera; los colores y el formato. Es un rescoldo de la Gran Colombia, de la que Ecuador y Venezuela se separaron hace casi dos siglos, en 1830. En Centroamérica la independencia empezó no con la separación de España sino con la independencia respecto de México (1823). Hubo un Estado federal integrado por Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador que, lastimosamente, acabó disuelto. La unión hace la fuerza.
Con el lema América para los americanos, el presidente estadounidense Monroe estableció en 1823 una doctrina con la que se apropiaba del nombre de América. Fue la base de su imperialismo ‘protector’ contra los países europeos (Europa estaba lejos de constituir una unidad; hoy tiene fuertes contradicciones y evidencia fragilidad, pero es absolutamente imprescindible para la esperanza de la humanidad). A esta doctrina, Roosevelt le puso corolario en 1904: justificaba intervenir en Hispanoamérica si había inestabilidad política o incumplimiento de sus convenios económicos.
Hoy día se ensalzan sin límite las tradiciones precoloniales, como señal de identidad de la nueva democracia. La Constitución de Bolivia establece en su artículo 5.1: «Son idiomas oficiales del Estado el castellano y todos los idiomas de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos, que son el aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja, guaraní, guarasú’ve, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kallawaya, machineri, maropa, mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, tacana, tapiete, toromona, uro-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré, y zamuco» (36 idiomas indígenas, 12 millones de bolivianos).
No hablemos ahora de los imperios azteca o inca (o Tahuantinsuyo), sino de pequeños grupos indígenas que ejercían castigos tradicionales que violaban «el derecho a la intimidad física, el derecho a no recibir tratos crueles o degradantes, el carácter individual de la responsabilidad y la prohibición de confiscación de la propiedad por parte del Estado». Algunos sistemas indígenas permitían imponer castigos también a las familias de los reos. Otros, como los u’was identificaban a los gemelos con el mal y los abandonaban después de nacer. No todas las tradiciones son estimables, algunas merecen ser erradicadas.