Pedro J. Ramírez-El Español

Desde el martes pasado España ha llegado más lejos que nunca en el viaje sideral de la corrupción. Por primera vez en medio siglo de democracia, un exministro está siendo juzgado por apropiarse de dinero público mientras el presidente que lo nombró sigue impertérrito en el poder.

Y no un exministro cualquiera, porque José Luis Ábalos fue durante cuatro años el lugarteniente de Sánchez y durante cuatro más su protegido como diputado.

Alguien podría invocar como precedente el caso de la exministra de Sanidad Ana Mato, condenada a pagar una multa de 27.000 euros como partícipe a título lucrativo en la primera sentencia de la ‘Gürtel’. Pero sería una falacia.

Al margen de que Mato nunca fue para Rajoy ni remotamente lo que Ábalos para Sánchez, ella no estaba acusada de ningún delito —y por eso no se sentó ni un solo día en el banquillo—, sino de beneficiarse de los regalos de la trama de la que formaba parte su exmarido Jesús Sepúlveda.

Además, cuando en 2020 el Tribunal Supremo convirtió en firme esa sentencia, Rajoy ya llevaba dos años fuera del poder. Precisamente desde la moción de censura desencadenada en 2018 por la condena en primera instancia de su tesorero Luis Bárcenas, Sepúlveda y sus demás cómplices del PP.

Esta precisión no es baladí porque Felipe González tampoco estaba en la Moncloa cuando el Supremo condenó a Barrionuevo. Y otro tanto ocurría con Aznar cuando exministros suyos como MatasRato o Zaplana sufrieron la misma suerte.

Es lo que de nuevo le pasa a Rajoy, ahora que Fernández Díaz está siendo también juzgado por la bochornosa, amén de criminal, ‘Operación Kitchen’.

No menos de 10 veces pedí su dimisión, desde El Mundo y desde EL ESPAÑOL, cuando descubrimos los hechos y otro tanto volvería a hacer ahora, cuando se conozca la sentencia… si hubiera lugar.

Y no sólo porque el seguimiento y acoso del que fui víctima dentro de la Kitchen me terminara costando la dirección del periódico que había fundado un cuarto de siglo antes. Es intolerable que quien confía y delega en delincuentes permanezca en el poder.

Pero lo único que cabría requerir hoy a Rajoy es que dejara su Registro Civil y eso se gana por oposición y no implica mando en plaza alguno. Esta circunstancia es clave: sólo se le puede pedir responsabilidad política a quien está en activo.

La obligación de preservar su dignidad va con el cargo público. De ahí que resulte sencillamente oprobioso que Sánchez y su entorno pongan ya la venda antes que la herida y descarten la dimisión, aunque Ábalos sea condenado por el Supremo.

Porque no estaríamos ante un mero episodio de negligencia en la obligación que todo mandatario tiene de elegir bien a sus colaboradores y vigilar después su conducta. Se trataría de la condena de quien fuera el alter ego de Sánchez.

Su pretensión de seguir como si nada implicaría que la mitad del ‘ser político’ del presidente —conformado por su trayectoria y su proyecto público— sería encarcelado y la otra mitad continuaría en la Moncloa.

Nunca la hemiplejía habría dado para tanto.

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Es público y notorio que Sánchez confió a Ábalos primero el control del aparato del partido y luego el del Ministerio inversor por excelencia. En el ínterin le encargó el demoledor discurso contra la corrupción de la moción de censura.

Sus palabras de aquel jueves 31 de mayo de 2018 sobre el «círculo perfecto de corrupción ligado a la contratación pública» serán los clavos con los que ambos quedarán crucificados el día que se dicte la presumible sentencia.

Basta repasar el álbum de fotos del 60º cumpleaños de Ábalos para darse cuenta de que también en el ámbito privado eran uña y carne. De que la excusa de Sánchez, alegando que «en lo personal era un gran desconocido para mí», no es sino una más de las mentiras con las que el presidente ofende contumazmente nuestra inteligencia.

Es público y notorio que Sánchez confió a Ábalos primero el control del aparato del partido y luego el del ministerio inversor por excelencia.

Cuando recorres España de punta a punta compartiendo coche con alguien, cuando ese alguien te cede su propia cama para que pernoctes en su domicilio, cuando pasas fines de semanas con las respectivas familias en casas rurales, cuando marcas su móvil más de 100 veces en un mismo día, no puedes alegar que «había facetas de su dimensión personal muy desconocidas para mí».

O eras muy tonto o te lo haces.

En todo caso esa excusa la puede poner un auxiliar administrativo, un obrero manual o un profesional liberal para renegar de un amigo que le ha salido rana. Pero no un presidente del Gobierno para desvincularse de los delitos que su subordinado pudo cometer gracias a esa delegación de confianza.

Máxime cuando fue alertado una y otra vez sobre sus hábitos por altas dirigentes del PSOE. Máxime cuando tras su cese como ministro le renovó dos veces su confianza, premiándole primero con la presidencia de una comisión parlamentaria y manteniéndole después en las listas.

Máxime cuando esos hábitos terminaron engendrando conductas delictivas de la gravedad de las que han llevado a la fiscalía a pedir 24 años de cárcel contra él en el sumario que está concluyendo en juicio.

No estamos hablando de delitos cualquiera. Estamos hablando de que Ábalos utilizaba su poder ministerial para colocar a sus amantes en empresas públicas e incluirlas en el séquito de sus viajes oficiales. Estamos hablando de que, en lo peor de la pandemia, cuando tantos españoles sufrían y fallecían, Ábalos cobraba comisiones por la adquisición del material sanitario.

El juicio está poniendo de relieve la sordidez tanto de su conducta como de la de sus cómplices. Algunos de ellos, como su hijo Víctor Ábalos o Joseba, el hermano de Koldo, han tratado de engañar al tribunal, soslayando las pruebas materiales en su contra. Pero la imagen resultante es demoledora.

Con los testimonios de Carmen y Leonor Pano y su conductor, corroborando con firmeza las graves acusaciones desveladas por EL ESPAÑOL sobre las entregas de billetes en Ferraz y la recogida de nada menos que medio millón en casa de Pepe Hidalgo, han aflorado además los vasos comunicantes de las otras tramas de corrupción del PSOE.

La gravedad de los hechos requiere una respuesta política complementaria a la de los tribunales. Si Ábalos es condenado por malversación y cohecho, Sánchez tiene la inexcusable obligación moral de dimitir y España debe ser un clamor mientras se niegue a asumirla.

Eso sí que justificaría una dinámica de ocupación pacífica de las calles como la de la «revolución de terciopelo’ checa o el Maidán ucraniano.

Sólo una moción de confianza o la convocatoria inmediata de elecciones, a modo de plebiscito sobre su persona, deberían ser aceptables como alternativa.

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Entre nuestras recientes revelaciones la más emblemática es que Jesica, la amante que declaró que no era prostituta sino odontóloga, entró en el domicilio oficial del ministro la noche de su cese, el 10 de julio de 2021, con el apodo de España.

Era una alusión al nido de amor de lujo que le habían pagado en la Plaza de España, pero no deja de tener una elocuente interpretación extensiva.

Si Ábalos es condenado por malversación y cohecho, Sánchez tiene la inexcusable obligación moral de dimitir y España debe ser un clamor mientras se niegue a asumirla.

Porque el derecho de pernada que Ábalos ejercía sobre esa mujer malversando el dinero público, no es sino una ajustada metáfora del que Sánchez ejecuta sobre el conjunto de la nación al recaudar y distribuir los impuestos de todos sin el respaldo anual de unos Presupuestos.

No hace falta caer en vulgaridades para establecer el paralelismo entre el dominio sexual sobre una o varias personas y el dominio fiscal sobre la nación entera. En ambos casos con claro vicio de consentimiento.

Igual que el ministro compraba a sus amantes, el presidente ha ido comprando a sus socios parlamentarios o a buena parte de sus votantes. Y obligándonos a todos al trágala de una legalidad sin control parlamentario.

En eso consistía el derecho de pernada medieval. En apoderarse de las personas y las cosas como parte del privilegio de quien ocupaba el castillo.

De ahí que el alba de la civilización implicara restringir los derechos señoriales y obligar al rey a recabar la autorización de las primeras Cortes para recaudar tales o cuáles impuestos, especificando su destino.

Ese es el sentido del artículo 134 de la Constitución que Sánchez incumple por tercer año consecutivo al seguir gobernando con presupuestos prorrogados desde la anterior legislatura.

Con el agravante de que la presión y el esfuerzo fiscal no se prorrogan, sino que aumentan. Se crean nuevos tributos, se suben los tipos, no se deflacta la inflación y se aprovecha cualquier coyuntura para inventar impuestos extraordinarios que pronto se vuelven ordinarios.

El derecho de pernada fiscal tiene en definitiva la misma estructura que el medieval: el Gobierno obtiene lo que quiere del contribuyente por el mero hecho de ocupar las estancias del poder. Sin contrato, sin consentimiento, sin Presupuestos.

De ahí el bocinazo que el exministro socialista acaba de dar en estas páginas al Tribunal Constitucional para que sentencie que el Gobierno «se ha situado al margen» de la carta magna y le inste a «cumplir sin demora» con su obligación.

«La democracia es legítima sólo si el proceso también es legítimo». Esta frase de su artículo debería esculpirse en mármol.

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El juicio a Ábalos está suponiendo para nuestra democracia un viaje tan inquietante y peligroso como el del Artemis II hacia confines a los que no habíamos llegado nunca.

Desde la perspectiva del navegante espacial, la búsqueda de la cara oculta de la Luna parecería implicar una trayectoria ojival equivalente a la de los marinos que doblaban uno de los tres grandes cabos —Buena EsperanzaLeeuwen y Hornos— que separaban los océanos.

Vas descendiendo por el Atlántico, alcanzas la extremidad de un continente, doblas el cabo y tras el viraje te adentras en el Pacífico.

Pero experiencia de los astronautas no ha sido esa sino la de la continuidad en la circunvalación. Porque no estaban navegando en la Luna sino orbitando sobre ella.

Por eso lo que han constatado es que la cara oculta de la Luna es igual a la cara visible de la Luna. No se trata de una cara buena y una mala. De una clara y otra oscura.

Simplemente de una cara que se muestra y otra que se esconde al estar acompasada su rotación con la de la Tierra. Para los astronautas las dos caras se han transformado en una a través del fundido de ambas.

El juicio a Ábalos está cambiando nuestra visión de los últimos ocho años, como si ocupáramos esa nave espacial o como si el sanchismo fuera una Luna que hubiera acelerado la velocidad de su giro y nos mostrara la concordancia entre lo ya patente y lo que hasta ahora no veíamos.

El juicio a Ábalos está cambiando nuestra visión de los últimos ocho años, como si ocupáramos esa nave espacial o como si el sanchismo fuera una luna que hubiera acelerado la velocidad de su giro y nos mostrara la concordancia entre lo ya patente y lo que hasta ahora no veíamos.

Cabe preguntarse si la corrupción de Ábalos con sus ramificaciones en Ferraz, el MITMA, otros Ministerios o la propia Moncloa era la cara oculta del proyecto socialista que Sánchez ignoraba o toleraba.

Pero también podría plantearse si la traición a los valores constitucionales, la compra de la investidura con la amnistía y la excarcelación de etarras o el Gobierno sin mayoría parlamentaria ni Presupuestos no eran la cara oculta del líder resiliente, que hasta sus más íntimos, incluido Ábalos, fingían desconocer.

Llegados a este punto, Sánchez podrá tratar de alejarse una y otra vez de la realidad, viajando a la otra punta del mundo a rendir pleitesía al dictador chino que sin duda bendecirá su cambio de bando en el tablero del equilibrio mundial.

Pero lo que ya no podrá evitar es que, a su vuelta, al final de cada una de sus vueltas, el hombre de la calle le interpele como lo haría el girasol de la canción de Aute, empeñado en descifrar el misterio colgado en el firmamento:

«Gira, gira, gira, Luna / gira, gira y mírame».

Son las dos caras de Sánchez las que han empezado a comparecer ante la Justicia y serán las dos caras de Sánchez las que comparecerán ante las urnas, fusionadas por el triunfo de la información sobre el encubrimiento.

Animo, compañeros. Que prosiga la exploración espacial.