Pedro J. Ramírez-El Español

Tiene razón Abascal cuando dice que Feijóo les trata a él y a su partido como si fueran «salvajes» a los que hubiera que «domar».

Esa es en efecto la percepción subyacente bajo el «Documento marco para ordenar los acuerdos y dar gobiernos estables a la España autonómica».

Pero es una percepción que se corresponde con la realidad. A tal señor, tal honor.

Si Vox no hubiera propuesto dinamitar el Estado de las Autonomías y no boicoteara los actos del día de la Constitución, el texto del PP no «exigiría pleno respeto al marco constitucional» ni «acatamiento al reparto competencial».

Si Abascal no hubiera hablado de «colgar a Sánchez por los pies» como si fuera Mussolini y no hubiera plantado al Rey para seguir el desfile del 12 de octubre desde el público, mientras sus acólitos criticaban a la Monarquía, el texto del PP no hablaría de «velar por el respeto de las instituciones».

Si Abascal no hubiera ordenado en julio del 24 salir de los cinco gobiernos autonómicos que compartían, tildando de «agresión de Feijóo» el acuerdo con el Gobierno para el reparto de 400 menas, el texto del PP no pondría como requisito la «estabilidad» a través de la aprobación anual de presupuestos.

Los de Vox se comportaron entonces como «salvajes» políticos pues, a falta de motivos, buscaron pretextos para desentenderse de la gestión. Eso les salvó de tener que compartir el desgaste por la Dana o los incendios.

¿Qué garantía hay de que esta vez no harán lo mismo, rompiendo lo que pacten en Extremadura, Aragón o Castilla y León para ir a las generales sin otro objetivo que erosionar la hegemonía del PP en el centro derecha, aun a costa de favorecer a Sánchez?

Aznar acaba de advertir que la pretensión de Abascal es perpetuar el «muro» de Sánchez para «levantarlo» él. También ha dicho que le gustaría «conocer sus conversaciones con el Gobierno», dando por hecho que son frecuentes.

No es difícil entenderlo porque la última vez que gobernó el PP sucedió lo mismo con Podemos. Cuando a Rajoy le dieron el puñetazo en Pontevedra, la primera llamada que recibió fue la de Pablo Iglesias. Era obvio que se sabía el número.

Tras la moción de censura y las dos elecciones generales del 19, el desafío de Sánchez era «domar» a los que decía que le «quitaban el sueño». Era otra forma de llamarles «salvajes».

El ‘pacto del insomnio’, elevó a Tarzán y su compañera al Consejo de Ministros. Pronto Pablo Iglesias estaba en la jaula de oro de la Vicepresidencia, para disfrute de los grandes empresarios que le lanzaban cacahuetes en ese atrio del poder que eran los arranques de curso en Casa de América.

Sólo era cuestión de tiempo que se tirara por la ventana.

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Abascal está recorriendo, golpe a golpe, estrofa a estrofa, el mismo camino que entonces recorrió Iglesias. Con la misma arrogancia de macho alfa. Con la misma agresividad verbal. Con el mismo desdén hacia los que no piensan como él.

Es cierto que la irrupción de Podemos fue más vertiginosa. De los cinco escaños en las europeas de 2014 pasó en sólo año y medio a una entrada triunfal en el Congreso con 69 escaños y el 20,6% de los votos.

Rozó el ‘sorpasso’ al PSOE y pronto hubo sondeos que le pusieron como primera fuerza con cerca del 25%. Eso es lo que sueña Sánchez que pudiera ocurrir ahora con Vox: un triple empate que diera pie a un gobierno poco menos que bicéfalo y le permitiera a él perpetuarse en Ferraz con la expectativa de volver a la Moncloa.

Pero no caerá esa breva.

Abascal está recorriendo, golpe a golpe, estrofa a estrofa, el mismo camino que entonces recorrió Iglesias. Con la misma arrogancia de macho alfa.

Vox nació un año antes que Podemos como escisión de aquel PP en el que Rajoy instaba a conservadores y liberales a salir corriendo, hartos de su estagnación y abulia. Tras medio lustro de irrelevancia, el partido de Abascal vivió su primer espasmo gracias al ‘procés’ y llegó hasta los 52 escaños con la repetición electoral de 2019.

En el 23 se quedó con 33 y un 12,4% pero ahora cabalga sobre la triple ola de la inmigración, la corrupción sanchista y el deterioro de las expectativas de los jóvenes. Y con un marco internacional propicio, bajo el padrinazgo de Trump

Vox crece a lomos de la polarización estimulada por Sánchez. Mes tras mes surge rampante en los sondeos, a costa tanto del PP como del PSOE. Podría ocurrir que en Castilla y León superara el 20% por primera vez en unas autonómicas.

Aunque en todas las sumas la derecha aplasta a la izquierda, la pretensión de Feijóo de gobernar en solitario parece más lejana que hace un año. No es lo mismo volver a acercarse a los 155 escaños que le hicieron creer que tendría en el 23 a pelear por mantener los actuales 137.

La mitad de los que critican a Feijóo le acusan de acercarse demasiado a Vox para tratar de quitarle su espacio, según la táctica que se le atribuye a Ayuso. Pero la otra mitad le reprocha instalarse en exceso en la moderación, al modo de Moreno Bonilla.

O sea que se le cuestiona por hacer y por no hacer, por duro y por blando. Justo lo que inocula la maquinaria sanchista en la España bobalicona.

Entre esas dos vías mágicas que han llevado al PP a la mayoría absoluta en Madrid y Andalucía, Feijóo se aferra al principio de realidad que van marcando las urnas autonómicas. En el 23 incurrió en el error de dejar que cada comunidad fuera por libre y eso le costó la Moncloa.

Su documento de esta semana implica asumir en primera persona la tarea de «domar al salvaje».

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No será un empeño fácil porque si bien es verdad que Abascal nunca ha llegado a fantasear con «azotar hasta que sangre» a nadie —como hizo Pablo Iglesias en su mensaje sobre Mariló Montero—, sí que ha propuesto públicamente «echar a patadas» y «correr a gorrazos» al actual gobierno.

Y no se ha parado en barras en llamar «sádico» y «criminal» al propio Sánchez desde la tribuna del Congreso.

Pero más que en sus derrapes verbales, el paralelismo entre el líder de Vox y el de Podemos queda reflejado en el talante autoritario y caudillista con que ambos han depurado a sus propios compañeros de viaje.

Lo mismo que hizo Iglesias con Sergio Pascual, Carolina Bescansa, Iñigo Errejón, Ramón Espinar o su propia novia Tania Sánchez, lo ha hecho Abascal con Macarena Olona, Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Ortega Smith o el baloncestista murciano Antelo.

Otros dirigentes suelen disimular. Al menos Abascal ha tenido la sinceridad de reconocerlo con crudeza: «Manda la dirección —o sea él y seguirá siendo así».

Pero más que en sus derrapes verbales, el paralelismo entre el líder de Vox y el de Podemos queda reflejado en el talante autoritario y caudillista con que ambos han depurado a sus propios compañeros de viaje.

Es obvio que para Abascal no existe ni el artículo 6 de la Constitución, que impone el «funcionamiento democrático» de los partidos, ni menos aún el 67, que prohíbe someter a los diputados a «mandato imperativo».

Cualquiera diría que cuando inició este ciclo electoral con un video a lomos de su montura, «pastoreando rebaños de merina negra en la dehesa extremeña» estaba pensando en su partido, sin candidatos ni cuadros reconocibles.

A menos, claro, que los «rebaños» fueran sus electores.

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Abascal y sus delegados regionales dan menos miedo en una posición subalterna de un gobierno de coalición que ejerciendo una oposición de derecha dura contra un ejecutivo débil. El antecedente de Pablo e Irene avala esta reflexión.

Asunto distinto es que lo que le convendría a España es que Vox no existiera o quedara reducida a su mínima expresión. Pero «rebus sic stantibus», mientras sea esta la aritmética electoral, mejor que entre en los ejecutivos autonómicos y se vacune contra el ‘manfutismo’ del predicador que se desentiende del trigo.

Porque gobernar no es gritar. No es anatematizar al enemigo. No es purgar a tus colaboradores. Gobernar es negociar, pactar y gestionar. Es renunciar a una parte de lo que quieres para lograr una parte de lo que necesita tu electorado.

El extremismo no genera ideas, sino lemas y consignas. Con eso no se gobierna.

Pablo Iglesias no supo que hacer con el poder cuando lo tuvo. Su Vicepresidencia fue honorífica y su Ministerio de Derechos Sociales irrelevante. Demostró una nula capacidad de gestión. En la práctica fue un convidado de piedra con título y despacho.

¿Por qué ley o idea transformadora se le recuerda? Por ninguna. ¿Qué queda de su legado? Nada.

A Abascal le pasaría lo mismo porque no tiene un programa viable sobre vivienda, inmigración o modelo económico. Y menos después de haber expulsado a las mejores cabezas que le rodeaban. Sus propuestas se agotan hoy en el diagnóstico airado.

El propio Abascal lo sabe y por eso tensa la cuerda de la negociación, exigiendo la cabeza de Guardiola en Extremadura —algo que jamás obtendrá— para seguir camuflando su vaciedad política.

Vox continúa siendo el partido que vocifera mucho y no hace nada. Lo que probablemente desearía Abascal sería pasar de la calle a la conquista del poder. Pero la España miembro de la Unión Europea no es la Italia de la marcha sobre Roma.

Esta broma del machote que siempre juega al escondite no puede durar. Antes o después los ciudadanos le cogerán la matrícula y el suflé de Vox se desinflará como se desinfló el de Podemos.

Y también el de Ciudadanos, precisamente por no asumir la responsabilidad que las urnas le habían encomendado cuando en abril del 19 sumaba 180 escaños con el PSOE.

Vox continúa siendo el partido que vocifera mucho y no hace nada.

Cuando los votantes se dan cuenta de que un partido sólo es útil para agrandar el ego o satisfacer el modus vivendi de sus dirigentes, enseguida le dan la espalda.

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Aristóteles nos enseñó que la virtud es el justo medio entre dos extremos perniciosos. El equilibrio entre la cobardía y la temeridad, entre el inmovilismo y la revolución.

Tocqueville y Hanna Arendt alegaron con referencias empíricas que las reformas acumulativas generan mayor progreso y bienestar que cualquier ruptura. «El espíritu del legislador debe ser el de la moderación», había escrito Montesquieu.

La moderación no es cobardía. No es equidistancia. No es tibieza. Y menos en estos tiempos en que es preciso defenderla radicalmente.

El extremista siempre encuentra clientela en las redes sociales sin apenas esforzarse. El moderado tiene que poner toda la carne de la razón en el asador de la lógica para ir movilizando a la mayoría silenciosa.

Pablo Iglesias, un político con formación y aptitudes muy por encima de la media, eligió el camino del extremismo demagógico y por ahí sigue transitando, aferrado a la intransigencia de una imaginaria pureza.

Pero de asaltar los cielos ha pasado a tratar de sobrevivir en el tercer sótano del párking.

Cualquiera diría que Santiago Abascal, con la misma brújula rota, con la misma soberbia y ambición, con el mismo desprecio a los matices, ha decidido seguir el rastro de las migas de pan de Pulgarcito.