Gabriel Albiac-El Debate
  • ¿Cómo se puede transitar de la declaración de universal filantropía del nieto querúbico de 2006 a la jefatura de una red mafiosa como la que el juez de la Audiencia Nacional dibuja?

Era febrero de 2008. Avatares académicos me habían llevado a Nápoles. En la protocolaria ronda de las librerías napolitanas, me sorprendieron las pilas de uno de esos libritos que los editores maquinan carne de best-seller. Es decir, basura: fea portada en naranja chillón, ínfima calidad de papel, encuadernación presta a descuajaringarse a la primera apertura… El de la foto de portada no era Míster Bean. Aunque quizá al desprevenido comprador italiano se lo pareciera. Hice de tripas corazón y me llevé aquel barato panfletillo, muestra de la decadencia de la antaño grandiosa editorial Feltrinelli. He hecho cosas peores en mi vida. Con aquel Zapatero, il socialismo dei cittadini, por lo menos me reí. Mucho. No es poca cosa.

Porque aquel «libro-entrevista» era locamente hilarante. Desde su primera página: cuando el aguerrido entrevistador se despliega en modo alfombra ante el «personaje nuevo de la izquierda europea» –eso dice– y le suplica la cienmillonésima versión de su tierna infancia al cobijo de la memoria santa de los antepasados. Busco en su anaquel esa joya. Me felicito de no haberla arrojado a la basura una vez retornado a casa. Cuando el desánimo me tienta, es la mejor cura que conozco para echarme unas carcajadas. Juro ante lo más sagrado que no añado una tilde:

«…La figura de mi abuelo ha tenido un peso decisivo en mis convicciones y mi compromiso. Esencialmente porque fue un hombre fiel a sus principios, porque fue honesto en el plano intelectual, porque fue coherente con un compromiso moral que al final le costó la vida. Lo que más me ha impresionado de la figura de mi abuelo, de su testamento, fue esta capacidad, pocas horas antes de morir de modo radicalmente injusto, para perdonar y resumir todo un pensamiento político en tres puntos: el amor por el bien, un ansia infinita de paz, la mejora social de los humildes. Todo un ADN, una arquitectura ideológica, que he incorporado en mi discurso de investidura, cuando fui nombrado presidente del Gobierno… La figura de mi abuelo, sin la menor duda, ha pesado mucho en mi vida…».

No hay cursi bueno. Puede que sea esa la única cautela ética marmórea. Los viejos aficionados al cine hemos desarrollado un criterio infalible para dar con «el malo» de cualquier peli. El malo es el que pone cara de buenísimo desde la primera secuencia. Blaise Pascal lo formulaba de un modo menos frívolo: qui veut faire l’ange, fait la bête, algo así como que aquel que oficia de ángel está ejerciendo de bestia. A diferencia de otros imperativos categóricos, ese principio moral no falla nunca.

Contrasto con las líneas rezumantes de aquella cosa impresa en 2006, los párrafos glaciales en los que el juez Calama imputó anteayer al hombre angelical los presuntos –y no demasiado espirituales– delitos de falsedad documental, tráfico de influencias, blanqueo de capitales y jefatura en una organización criminal, a la cual no habría tenido el imputado inconveniente en sumar a sus hijas. Tampoco aquí se hace necesario añadir una tilde. La frialdad analítica del juez de la Audiencia Nacional ha escarmentado incluso a aquellos –Rufián, Belarra…– que en un primer momento soñaron con volver a sollozar por el lawfare golpista de los jueces:

«Las diligencias de investigación practicadas hasta la fecha… permiten afirmar la existencia de una estructura organizada y estable, dirigida por José Luis Rodríguez Zapatero, orientada al ejercicio ilícito de influencias ante autoridades nacionales y extranjeras, así como a la obtención de resoluciones administrativas y ventajas económicas en favor de terceros. Esta red se articula mediante un entramado societario complejo, nutrido de sociedades instrumentales carentes de actividad real, y mediante un núcleo operativo personal que ejecuta las instrucciones del líder y canaliza los beneficios obtenidos. En el vértice de la estructura se sitúa José Luis Rodríguez Zapatero, quien ejerce el liderazgo estratégico y mantiene los contactos institucionales y empresariales de alto nivel. Desde su oficina de Ferraz –centro de coordinación de la red– se imparten instrucciones, se elaboran documentos, se gestionan comunicaciones sensibles y se articula la operativa financiera y societaria…».

Las conversaciones de los corruptores acerca de sus pagos a Zapatero y de las tareas a su corrompido encomendadas tienen el marchamo obsceno que ya hemos ido conociendo en sus equivalentes en el caso Ábalos. Desprecio al empleado («follamos, aunque haya que pagar un poquito») y cautelas en los modos de pagar ese pactado 1 %, a través de las muy fantasmales entidades que son de uso en estas cosas. Aunque esa invisibilidad se consume al coste de riesgo penal para la progenie. Sigue el auto: «…Whathefav SL, en la que aparecen como administradoras formales las hijas de José Luis Rodríguez Zapatero, actúa como sociedad finalista, recibiendo fondos de clientes y de otras sociedades instrumentales, generando facturación genérica y redistribuyendo pagos hacia el entorno de José Luis Rodríguez Zapatero…». Descripción inequívoca de una lavadora de dinero negro.

¿Conclusiones del juez Calama? Demoledoras:

«La operativa de la red presenta rasgos comunes: (1) creación de documentación ficticia (contratos, facturas, informes), (2) coordinación digital constante mediante correos electrónicos, mensajería y archivos compartidos, (3) canalización de fondos a través de sociedades sin actividad real, (4) ocultación deliberada de la documentación contable y fiscal, (5) uso de administradores, testaferros, e (6) intervención directa de José Luis Rodríguez Zapatero en operaciones internacionales de alto valor económico, como las relativas al petcoke, oro, compraventa de acciones o divisas. Los indicios recabados muestran que los clientes de la red… abonaban cantidades significativas por servicios de asesoría inexistentes, siendo los fondos posteriormente redistribuidos hacia el entorno de José Luis Rodríguez Zapatero y Julio Martínez… En suma, la investigación ha permitido identificar una trama de tráfico de influencias dirigida por José Luis Rodríguez Zapatero, que utiliza sociedades instrumentales, documentación simulada y canales financieros opacos para ejercer influencias ilícitas, ocultar el origen y destino de los fondos y obtener beneficios económicos en favor de terceros y del propio entramado». Fin del festivo viaje de Zapatero.

¿Cómo se puede transitar de la declaración de universal filantropía del nieto querúbico de 2006 a la jefatura de una red mafiosa como la que el juez de la Audiencia Nacional dibuja? Sugiero atisbar la respuesta en la relectura de un texto de Zapatero que, en 2003, todos nos tomamos a guasa. Es el prólogo a un libro de su futuro –y fugaz– ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla. El entonces solo secretario general del PSOE pontifica contra las ideologías. Me abstengo de mejorar su sintaxis:

«Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica. Si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas».

Pues, exactamente eso. Todo es posible. Y, en ausencia de razón, todo aceptable. Siempre que no te pillen. Hace ya algunos años, en un arrebato lírico, el nieto filantrópico dijo ver su jubilación como la de un «supervisor de nubes». ¿Sabía entonces ya que cada nube tiene un precio?