Mikel Buesa-La Razón
- La experiencia señala que las catástrofes ferroviarias conducen a una intensa reducción de la demanda, principalmente porque muchos usuarios se ven afectados por el miedo
Mi padre, ingeniero de Caminos, dedicó toda su vida a los ferrocarriles. Con ocasión del accidente de Adamuz he recordado haberle oído decir que, en estos casos, lo principal era restablecer cuanto antes el servicio, una vez rescatadas todas las víctimas del suceso. Ello implicaba, como decían los reglamentos que se venían heredando desde el siglo XIX, dar prioridad a la seguridad, lo que muchas veces se lograba reduciendo drásticamente la velocidad de los convoyes en tanto se iban reparando las infraestructuras dañadas. Eran, evidentemente, unos tiempos en los que las exigencias tecnológicas de los ferrocarriles no alcanzaban el nivel de sofisticación actual, y ello facilitaba la investigación de las causas de los siniestros, tanto cuando fueran atribuibles a fallos humanos, como cuando pudieran achacarse al mal estado de las vías y señalizaciones. Ahora, en cambio, los procedimientos son más complejos y el restablecimiento del servicio está subordinado a criterios mucho más rigurosos en cuanto a la investigación de las causas de los accidentes, la fiabilidad del material fijo y rodante, y la garantía de los derechos de los accidentados. Restablecer el servicio es, sin duda, necesario; pero ello no implica que se vayan a recobrar fácilmente a los viajeros. La experiencia señala que las catástrofes ferroviarias conducen a una intensa reducción de la demanda, principalmente porque muchos usuarios se ven afectados por el miedo. Ello lo pudimos comprobar en un extenso estudio que realizamos en la Cátedra de Economía del Terrorismo tras los atentados del 11-M –cuyo escenario fue el sistema ferroviario de Madrid–. Además, en este caso, la caída del número de viajeros, afectó tanto a los trenes de cercanías como al Metro. Y lo mismo se pudo comprobar, en cuanto a la alta velocidad, tras la catástrofe de Angrois en Galicia. Fueron ciertamente fenómenos transitorios que duraron aproximadamente seis meses. Pero no tomemos esto como una regla fija porque ha habido otros desastres –como el de Tempi en Grecia– cuya recuperación requirió un par de años. Ahora, en España, con la acumulación de percances que, durante el último año, han revelado la precariedad de nuestra red ferroviaria, es posible que recobrar el tráfico de pasajeros necesite más de un semestre. El tiempo nos lo dirá.