- Básicos estudios de Magisterio y una honorable, pero breve, actividad laboral como profesor de gimnasia en escuela primaria completan el bagaje, laboral y académico, del hombre que pasó primero fugazmente por el Partido Comunista
Habrá que rendir un día justo testimonio admirativo a don José Luis Ábalos. Yo lo hago ahora, antes de que la crueldad del tiempo acabe por borrar su memoria de sujeto admirable. Con el primer –y mejor– diccionario de la Real Academia Española en la mano, aquel óptimo Diccionario de Autoridades del año 1726, frente al cual el pobre diccionario actual nos da siempre entre pena y risa.
«Admirable», sin discusión, el que fuera mano derecha y promotor primero de aquel chaval alto y guapo de Pepiño, yerno de próspero empresario de saunas gay madrileñas, que iba a acabar por verse elevado a la no menos admirable condición de presidente del gobierno, al margen de ganar o no triviales elecciones generales.
Admirable Ábalos, sí. Si atendemos a lo que, en rigor léxico, por «admirable» el diccionario define: «lo que es digno de admiración, u de verse o considerarse con espanto, o particular observación». En el juego autorreferencial que define a los diccionarios, «admiración» designa aquí «acto de ver y atender una cosa no conocida y de causa ignorada con espanto». En cuanto a «espanto», no hay problema interpretativo: «terror, asombro, consternación y perturbación del ánimo, que causa inquietud y desasosiego». A lo cual se propone como ejemplo dos versos del gran Quevedo: «…Del Asia fue terror, de Európa espanto, / y del África rayo fulminante». Explicitada la serie semántica, «admirable» sería aquello, la inquietud de cuyo desasosiego nos perturba con un terror cuya dimensión no alcanzamos a entender por completo.
No hay una definición más acabada, pienso, del personaje, entre «commedia dell’arte» y guiñol a lo bestia, que fue pilar primero y soporte fiel del no menos estupefaciente presidente del gobierno.
Básicos estudios de Magisterio y una honorable, pero breve, actividad laboral como profesor de gimnasia en escuela primaria completan el bagaje, laboral y académico, del hombre que pasó primero fugazmente por el Partido Comunista, sí, pero sólo hasta comprender que la prosperidad iba por otras siglas. No tenía, por aquellas fechas un duro, y ya iba siendo hora de labrarse un futuro serio e ir haciéndose un capitalito. Nada mejor para eso que el PSOE, que ha sido la más portentosa agencia de colocaciones para incompetentes ambiciosos, desde 1978 hasta nuestros días.
Apostó por un tipo al que acababan de degradar del partido, tras pillarlo metiendo votos a puñados en una urna electoral escondida al abrigo de una cortina. Hay que admirarse –y yo me admiro– ante la lucidez del maestro de gimnasia. Ábalos se apunta a un perdedor, al que los viejos zorros del PSOE desprecian lo bastante como para no rematarlo: gravísimo error en el que un político que no sea perfectamente imbécil no hubiera debido caer jamás. Hace una apuesta de ruleta a todo o nada. Si pierde, tendrá que retornar a corretear al frente de una panda de mocosos en torno al patio del colegio que tenga la piedad de aceptar emplearlo. Pero, si gana… Si gana, tiene claro que lo de Scarlett O’Hara, jurándose nunca más volver a pasar hambre, se quedará en un tímido juego de niños.
La ruleta estuvo de su parte. E hizo de él este hombre admirable, esta fábrica de espantos, que policía y jueces comienzan a poner ante nuestros ojos. Codo a codo con un portero de burdel, de cuyo maletín salía el importe de cuanto el admirable ministro gastaba –mucho–, Ábalos va amplificando sus perturbadoras inversiones inmobiliarias. En geografías exóticas y mediante pago a cargo del erario público, naturalmente. El caballero rechoncho y mayorcito colecciona veinteañeras venales. Nada demasiado grave, si el caballero rechoncho y mayorcito hubiera pagado el precio de sus empleadas afectivas con su propio pecunio, como tantos otros lo hacen, ministros o no ministros. Pero no, como proclamara en su día un sociata andaluz acerca de su costumbre de pagar burdel con la Visa oficial, «es que pagar con la Visa propia da mucho corte». Y uno tiene que ahorrar, porque, a ver, ¿quién te garantiza que el confort ministerial de ahora vaya a durar para siempre? El catálogo de empleadas es no menos admirable. Habida cuenta, sobre todo, de la edad del ministro, que tampoco era ya lo que se dice un chiquillo. Y, lo mejor de todo, si el contrato privado con su principal proveedora establecía para ésta unos ingresos mínimos equivalentes a los del sueldo de ministro, ¿de qué demonios vivía el generoso enamorado? ¿O es que un ministro de Sánchez posee el privilegio de ingresar misteriosas cantidades exentas a todo control de Hacienda?
Admirable, sí, admirable todo. Ejemplo imperecedero para generaciones futuras. ¿Quién no quisiera ser de mayor Ábalos, poseedor de incontables edificios, beneficiario gracioso de abundantes cuidadoras afectivas, nada baratas, visitante nocturno de la mayor delincuente económica de Venezuela en su ilegal escala en el aeropuerto de Barajas…?
Admirable. Es decir, espantoso. No veo otra palabra. Había que rendir un día justo testimonio admirativo al portentoso Ábalos. Sea.