Óscar Monsalvo-Vozpópuli
Los adolescentes necesitan fregar platos. Es decir: textos, operaciones, responsabilidades, deberes. Servicio. Propósito
Un titular en El Correo de hace unos días resumía la mayoría de las reacciones que ha suscitado la serie de Netflix. ‘La frase clave para entender Adolescencia: “Estaba en su habitación. Creíamos que estaba a salvo”’.
No hay ninguna frase clave en Adolescencia que explique lo que hace el protagonista. No hay ningún factor que explique, menos aún por sí sólo, el terrible acto que a los espectadores nos parece tan incomprensible. Ni el tiempo que pasa solo en su habitación, ni el tiempo que no pasa con su padre, que hace todo lo que puede, ni su autopercepción distorsionada, ni su baja autoestima, ni los mensajes que ve por internet, ni el comportamiento de la chica; nada. Pasa lo que pasa, hace lo que hace y se siente como se siente por un enorme conjunto de factores, muchos de los cuales se nos escapan.
Pero la serie está hecha para activar los resortes que nos hacen en primer lugar llevarnos las manos a la cabeza, y en segundo lugar a dirigir el índice hacia el objetivo declarado. El padre, las redes, la masculinidad tóxica. Ellos son los culpables. El motivo no puede estar nunca en el interior de la cabeza del chaval. Sería -paradójicamente- demasiado simple. La sociedad puede aceptar un mundo con tragedias, pero no un mundo sin culpables claros.
El policía de la serie sí está atento. En el segundo episodio suelta un par de frases que no explican nada por sí solas, pero que son significativas. “¿A ti te ha parecido que aquí se aprenda algo? Vídeos en todas las clases”. El espectador que se dedica a la enseñanza en Secundaria también se habrá fijado. Apenas se escuchan voces de profesores
El chaval -a estas alturas se puede decir sin desvelar nada- asesina a una compañera del colegio. La serie -a estas alturas es necesario decirlo- no es un documental. Es verosímil, sí. También habría sido verosímil que el asesino se hubiera llamado Hassan en lugar de Jamie. O que sus padres hubieran sido de Ruanda y no del norte de Inglaterra. Habría sido verosímil y habría sido problemático. Porque entonces las explicaciones habrían sido distintas. Y las preocupaciones despertadas en el espectador también.
Adolescencia es una buena serie. La realidad es distinta. Y las preocupaciones sociales deberían proceder de la realidad. Las estadísticas llevan a patrones, y los patrones pueden llevar a medidas eficaces. Las redes sociales y los modelos masculinos enfermizos -se menciona en la serie a Andrew Tate– no se lo ponen fácil a los chavales británicos o españoles. Tampoco se lo ponen fácil otras cuestiones a las que no prestamos tanta atención. El policía de la serie sí está atento. En el segundo episodio suelta un par de frases que no explican nada por sí solas, pero que son significativas. “¿A ti te ha parecido que aquí se aprenda algo? Vídeos en todas las clases”. El espectador que se dedica a la enseñanza en Secundaria también se habrá fijado. Apenas se escuchan voces de profesores. Sólo dos sonidos: los vídeos y el ruido de los alumnos.
Un hecho excepcional
Una responsable del centro educativo conduce a los dos policías por los pasillos y los edificios de la escuela. Es un tour deprimente. Vemos algunas escenas verdaderamente perturbadoras. Bastante más incómodas que la del tan celebrado tercer episodio. El espectador que se dedica a la enseñanza enseguida detecta al alumno que se reirá el primero. Se ríe cuando una alumna golpea a un compañero. Se ríe también cuando los policías explican que una de las alumnas de la escuela ha sido hallada muerta. Se ríe por todo y a todas horas. No hace falta exposición al porno, a Instagram o a Andrew Tate. El chaval se ríe y sujeta el móvil. Otros le acompañan en la risa y la degradación. Terror en su estado más puro. El crimen del protagonista puede ser debido a multitud de factores, pero es un hecho excepcional. La risa de una clase ante un asesinato no produce víctimas directas, pero destruye -tal vez no destruye, sino que revela- el tejido moral de una sociedad. Un aula es una sociedad a pequeña escala, y también un vistazo a lo que será la sociedad a medio plazo.
Ni la manosfera ni las redes sociales crean monstruos. Como mucho exacerban algunos de los problemas propios de la adolescencia. La adolescencia es una etapa muy complicada. Entre otras cosas porque se habla de la adolescencia como si no existieran -al menos- dos tipos de adolescencias. La masculina y la femenina. El adolescente masculino no es un monstruo en potencia. No está a un vídeo de asesinar a alguien, ni se convertirá en un violador por exponerse a vídeos inapropiados en su habitación. Pero sí se encuentra muchas veces solo, incomprendido, fracasado, frustrado. Hay una serie mucho más útil, interesante y positiva si queremos entender y mejorar el comportamiento adolescente: The Bear. Concretamente, el capítulo ‘Forks’ de la segunda temporada.
Fregar cubiertos. Tiene que madrugar mucho. Hace lo mismo hora tras hora, día tras día. Se siente humillado. Se enfada, contesta mal, se rebela. Está a punto de dejarlo. Hasta que lo entiende. Y empieza a levantarse aún más pronto
El protagonista de ese capítulo no es un adolescente problemático. Es un adulto convencional. Padre separado, sin estudios, sin carrera profesional y con mala actitud en el trabajo. El jefe del restaurante en el que pasa las horas, su amigo, le manda un tiempo a un restaurante modélico. Lo toma como un castigo. La tarea que le imponen está por debajo de él. Fregar cubiertos. Tiene que madrugar mucho. Hace lo mismo hora tras hora, día tras día. Se siente humillado. Se enfada, contesta mal, se rebela. Está a punto de dejarlo. Hasta que lo entiende. Y empieza a levantarse aún más pronto.
Así reaccionan muchos adolescentes ante las normas. Están -estamos- ahí para humillarlos. Pero nuestro trabajo no consiste en eso. Tampoco consiste en presentarles una realidad que no existe. Los adolescentes necesitan limpiar tenedores. Sentirse útiles. Hora tras hora. Día tras día. No profesores ausentes, ni una sucesión interminable de Kahoots, ni los discursos del feminismo más extremista e institucional. Tenedores. Es decir: textos, operaciones, responsabilidades, deberes. Servicio. Propósito.
Cómo será la alternativa que les estamos ofreciendo para que se conformen con vidas tan vacías y referentes tan grotescos.