Pedro Oliver Olmo-El Correo
- Investigar con rigor la Guerra Civil se convierte en cultura de paz, ayuda a un presente necesitado de antimilitaristas
Cada sociedad debe conocer y contrastar la información histórica sobre sus propias guerras, sobre todo aquellas que dieron señales de embrutecimiento desde sus orígenes, antes de que empezaran a ser guerras totales, tal y como ocurrió con la nuestra de 1936.
Muchos se preguntan si la Guerra Civil pudo evitarse o tal vez terminar muy pronto. También se debate sobre otras actitudes posibles de los dirigentes. No es ocioso razonar sobre pasados alternativos, que no sucedieron, si así se ayuda a prevenir guerras futuras o a resolver las que están sucediendo. Sirve, por ejemplo, para apuntalar que, lamentablemente, los estrategas españoles más adelantados se vieron desbordados por la vorágine de sus propias violencias. ¿Aceptaban entonces sus limitaciones mentales? Pensaban, razonaban, proyectaban… Pero desde los mismísimos días aciagos del 18 y el 19 de julio sus mentes estaban atosigadas por la ansiedad de la victoria. ¿Podían interpretar con sensatez unas dinámicas belicistas de acción-reacción cada vez más complejas dentro de contextos internacionales cambiantes e ininteligibles en el día a día?
No es lo mismo reflexionar sobre esto a partir de las divisiones agonísticas del final, entre Azaña y Negrín o tantos otros, que a propósito de las estrategias de los inicios. La pérdida del rumbo de los razonamientos estratégicos comenzó con la provocación de la guerra misma, tras el fracaso del golpe militar. Recordemos la actitud (figuradamente visionaria) de dos estrategas de primera hora: el golpista Mola y el anarquista Durruti. Más allá de las dudas sobre la veracidad de sus declaraciones privadas o públicas entre julio y principios de agosto de 1936, a Mola y a Durruti se les atribuyen intenciones que mostraban cierta serenidad en las proyecciones de futuro sobre el conflicto. Ambos pensaban en un desenlace rápido, el primero para imponer una república autoritaria y el segundo para parar el golpe y promover la revolución social. Puede que esas muestras de entereza fueran sinceras en esas fechas, pero las cosas ya estaban discurriendo por sus fueros. Aquellos estoicismos, además de erróneos, eran pasto de propaganda mientras se alentaba el exterminio en los frentes y en las retaguardias.
La violencia desatada por el golpe del 18 de julio devoró desde el principio las mentes y los corazones de los dirigentes más influyentes. Precozmente se vieron sobrepasados por los efectos del más tópico de los tópicos antibelicistas: se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. No hay documentación fehaciente que lo pueda probar con certeza, pero es razonable deducir que a finales de julio muchos de los implicados estaban imaginando que el conflicto terminaría pronto, tal vez en agosto. El director del golpe había pensado en un alzamiento que se impusiera con extrema violencia y máxima celeridad, lo que se intentó llevar a cabo desde el comienzo a través de ejecuciones masivas contra sindicalistas, maestros, concejales, campesinos y militantes de izquierda; mientras que, por su parte, el líder anarquista, encumbrado tras la detención del general Goded en Barcelona el 19 de julio, tampoco quería imaginar que el conflicto pudiera durar demasiado, calculando una respuesta contundente con un desenlace a corto plazo, tal vez en agosto, porque la lucha estaba siendo implacable y los dos contendientes tenían motivos para temerse lo peor si no ganaban.
Nada de eso ocurrió. Aquel fue el agosto más sangriento de la historia de España. Las columnas sublevadas avanzaban hacia Madrid dibujando la geografía de una España partida en dos que aún tendría que soportar casi tres años de guerra. Hacia la mitad de agosto, además del horror de la Batalla de Badajoz, y la consiguiente represión brutal que dirigió el general Yagüe, continuaba la violencia política en los territorios conquistados por los sublevados contra la República. El fusilamiento en Granada del poeta Federico García Lorca se convirtió en la más horrible divisa del terror golpista. También continuaba la violencia en la parte republicana, con asesinatos de clérigos, falangistas y derechistas, a lo que pronto iba a añadirse el excepcionalismo jurídico-penal del Gobierno.
Por si esto fuera poco, se estaba internacionalizando el conflicto: Alemania e Italia enviaban los primeros apoyos militares a los sublevados, mientras que Gran Bretaña y Francia impulsaban el Comité de No Intervención, tan perjudicial para la República.
Una lectura pacifista muestra que aquella guerra corroía desde el principio las inteligencias y embrutecía las emociones. Investigarla con rigor contribuye al conocimiento historiográfico más cabal, sin mixtificaciones ni equidistancias, pero asimismo se convierte en cultura de paz. Dilucidar lo que no supieron o no quisieron esclarecer sus protagonistas ayuda a un presente más necesitado de pacifistas y antimilitaristas que de estrategas y visionarios.