Manuel Marín-Vozpópuli
- Siempre hay un calama de la vida, una biedma, un peinado, o un balas, con todo lo que les cuelga, que dice que la democracia no admite atajos, ni cátedras por el morro, ni joyas de la tía Matilde
En todo proceso de desgaste hay un día, un momento cualquiera de la vida, en el que uno se da cuenta de que todo ya es irreversible. De que no hay marcha atrás por más que uno se empeñe obsesivamente en negar la realidad. El momento de José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno con tratamiento y privilegios de presidente, ha ocurrido estos días. Hasta esta semana, la soberbia le impedía tomar conciencia de su realidad. Zapatero seguía firme con su aura de estadista con ínfulas. Pese a ser imputado hace un mes, continuaba creyéndose ese guion de lobista de bien, de faro de la izquierda, gurú del progresismo e icono de los derechos humanos. El presidente se bajó del coche al pie de la Audiencia Nacional y se plantó en el despacho del magistrado Calama como quien va a echar unas cañas con croquetas y bravas. El juez le siguió el ritmo soltándole un poco de carrete, le preguntó por la marisquería buena y barata donde empezó todo, y el guiñapo cayó en la trampa. El embaucador había quedado embaucado. Creyó que el juez era su ‘bro’ de toda la vida. Su pana.
El magistrado simuló ser un medio colega comprensivo y hasta admirador de las hazañas humanitarias de Zapatero… hasta que sentó sus reales, le dijo aquello de esto es un Juzgado y no un mitin político, y ahí se le apagó la luz a Zapatero. Hasta entonces, nunca fue realmente consciente de que todo su mundo se había acabado. Su impostura mesiánica de socialista dadivoso, su sonrisa falsa de simpaticote de mitin, su sobreactuada gesticulación de contador de nubes. Fin a todo. Está usted imputado por cuatro delitos y en dos piezas judiciales distintas. Y que sepa que no me creo una sola palabra de lo que me está contando. Y sus hijas… tiene mala pinta la orina del enfermo. Y Gertru, la eterna secretaria de confidencias y días de tensiones infinitas en noches de Moncloa agotadoras, ni te cuento.
A Zapatero se le ha caído su universo de escoltas, secretaria, despacho, testaferros y bienquedismo progre. Se le han caído sus caraduras del cohecho. Se le ha caído la pantomima que había creado haciéndonos creer que si él lo hace, es una labor legítima de lobby; y si lo hace un derechista, no es más que un cohecho indecente. Ese es Zapatero. Y nos exige que naturalicemos que lo suyo es influir sin más y cobrar por ello. Qué hay de malo, por favor. Y le contestan que el problema no es que su entorno de amigos ofrezca hasta tres versiones diferentes y contradictorias de las joyas. Que el problema tampoco son sus hijas y el drama jurídico que tienen por delante por culpa de su padre. Que el único problema que tiene en realidad es que la diferencia entre el lobista legítimo y el apandador de joyas prohibidas es demasiado evidente. Esa diferencia radica en el límite que separa la verdad de la mentira. El problema no es recibir joyas ni fabricar una absurda teoría de que como las trajo a España un emir árabe ya muerto, pues no hay contrabando. Y que además, fíjate qué suerte, como las trajo a España en 2007, joder presidente, encima el chanchullo ya ha prescrito. Estás de suerte, José Luis. No hay caso. Está ganado, presidente. No, qué va. El problema no es recibir joyas. El problema es lo que hizo con ellas y punto, porque ni siquiera lo ha explicado. Porque todo es una mentira sideral. Pudieron caer de Raticulín en sus manos y ya está. Y quiere que lo creamos sin más. Que no. Que Zapatero, sencillamente, ha mentido mucho.
El miércoles es cuando entró en shock séptico y se dio cuenta de que negociar con un régimen sanguinario, narcotraficante y corrupto como el venezolano, y ayudar a la excarcelación de un puñado de presos, no le concede impunidad eterna ni inmunidad sistémica. Se ha dado cuenta de que, en España, Pedro Sánchez no ha terminado de mandar del todo. De que no ha volcado la justicia. De que quedan jueces y procesos, de que quedan fiscales y policías, de que su parafernalia cesarista de asesor áulico y garante de la moralidad justa no ha servido de nada. Y le dicen que es un vulgar contrabandista. A un juez no le puedes tratar como a un amigo. Y menos aún como a un inferior. Se acabó, José Luis, y el drama es haber arrastrado a las niñas a esto. No son tan niñas. Pero da igual. Las está machacando y es de suponer que alguien con unas mínimas luces les pedirá que se acojan a su derecho de no declarar, que ya tuvimos bastante con David Sánchez en busca del despacho perdido. Difícilmente podremos escuchar una peor declaración judicial que la de Zapatero si lo que pretendía es ser creíble.
No cuadra nada. Un señor que nos decía ser el faro de Occidente ha sido sorprendido con el ajuar, con las comisiones y con una vida que nunca esperó. La del imputado apresado en unas tenazas. Es el mismo al que Pedro Sánchez ha unido su futuro, y que nos ha querido hacer creer que no sabe manejar una simple hoja de Excel, ni enviar un mail porque siempre tuvo secretarias. Nos hizo creer que escribía sus informes geoestratégicos del copón con un boli, y que sus asesorías eran orales y “de escucha”. Zapatero era un analógico del pleistoceno… pero, vaya, los teléfonos móviles más selectos y avanzados del mercado sí sabía borrarlos del tirón. El mismo que en 2020 ó 2021 hacía gestiones con el Banco de Santander para la gente de Plus Ultra a la que dijo haber conocido… en 2024. ¿Cómo se entiende eso?
Pero sí, Zapatero ya ha tomado conciencia. Como Sánchez ha tomado conciencia también de que su mujer, Begoña Gómez, será juzgada sí o sí. Entiendo que a un político le cueste asumir que se le acaba un modo de vida, especialmente cuando se había tomado un especial cuidado en simular que su ilegalidad era un favor a la humanidad. Sánchez y Zapatero son lo mismo. Nacieron para hacer creer a la humanidad que sin ellos es imposible sobrevivir sobre la faz de la Tierra. Pero siempre hay un calama de la vida, un leopoldo-puente, una biedma, un peinado o un balas, con todo lo que les cuelga, que dice que la democracia no admite atajos, ni cátedras por el morro, ni joyas que un día son de la tía Matilde y otros, del rey mohamed-lo-que-sea. Sí. Sánchez y Zapatero son lo mismo. Creyeron poder comprar la democracia con cuatro palabras bonitas, una guerra contra Irak, un ‘Aquarius’ repleto de inmigrantes para fabricar gobiernos bonitos, y tres consignas de políticas antiputeras manejadas por puteros. Y voilá… El resultado es este. El banquillo, el delito… y por fin, la democracia real, la de la separación de poderes que han querido laminar para seguir facturando con gemas, diamantes y sociedades instrumentales.