IGNACIO VARELA-EL CONFIDENCIAL

  • Donde había un favorito destacado con un pelotón detrás, ahora hay un triple empate en la cabeza de la carrera, y se presagia un final apretado
No es que el fugitivo vuelva de Bruselas: es que se propone liarla desde allí. Hace unas semanas, todo parecía estar listo en Cataluña para una victoria electoral de ERC que permitiría a los de Junqueras conquistar la hegemonía del nacionalismo y la presidencia de la Generalitat, formatear a su conveniencia la mayoría de gobierno, conducir el ‘procés’ por la vía lenta —contando con un Gobierno obsequioso en Madrid y un PSC domesticado en Cataluña— y terminar de abrochar su relación privilegiada con el poder central, al modo peneuvista. Un escenario ideal para el sindicato de intereses mancomunados que han formado Sánchez, Iglesias y Junqueras.

Todo eso está en riesgo. Donde había un favorito destacado con un pelotón detrás, ahora hay un triple empate en la cabeza de la carrera, y se presagia un final apretado. A 11 días de la votación, es verosímil que cualquiera de los tres (ERC, JxCAT, PSC) quede primero, segundo o tercero. El orden de llegada, aunque sea por décimas, tendrá consecuencias trascendentales en Cataluña, pero también en la política española.

Si en diciembre ERC se sobresaltó a la voz de ¡que viene Illa!, ahora está en un no vivir sintiendo que, además, viene Puigdemont (lo que para ellos es mucho peor). Aún puede ganar el favorito, pero será, como en el tango, por una cabeza. Y si se altera el resultado previsto, toda la urdimbre estratégica cosida cuidadosamente por Iglesias y Redondo para esta legislatura y la siguiente podría quedar obsoleta.

Entre las muchas batallas parciales que se solventarán el 14-F, destaca el asalto final del largo y cruento ajuste personal de cuentas entre Junqueras y Puigdemont. Solo uno de los dos líderes del ‘procés’ puede salir vivo de este envite: quien lo pierda, habrá llegado al final de su trayecto. Ambos lo saben.

La encuesta preelectoral del CEO catalán (que, con todas sus querencias, ofrece productos mucho más decorosos que los del CIS de Tezanos) se esfuerza en mantener a ERC en cabeza y al PSC tercero, pero acompaña esa estimación con un puñado de datos inquietantes para el presunto ganador. De hecho, lo único que priva a JxCAT de encabezar las encuestas es el resto, pequeño, pero decisivo, que le quita el PDeCAT. En esta historia de traiciones, resultaría paradójico que Artur Mas terminara siendo el salvador de Junqueras y el verdugo de Puigdemont, sin otro beneficio para sí mismo que el de la venganza.

Para empezar, los seguidores de Puigdemont afrontan esta elección mucho más motivados que los de ERC. Se muestran más interesados por la política y las elecciones, más dispuestos a participar, menos indecisos (el 81% de ellos tiene su voto ya decidido antes de empezar la campaña) y más fieles al partido al que votaron en 2017. Además, el intercambio de votos les sale favorable: son más los que pasan de ERC a JxCAT que al revés. Lo dicho, si Puigdemont lograra taponar la vía de agua del PDeCAT, tendría la victoria en la punta de los dedos.

Al comparar estas respuestas con las de las encuestas preelectorales de 2017, se comprueba que el fervor secesionista permanece altísimo entre los de Puigdemont, pero se amustia entre los de Junqueras. Tanto enfriar las brasas y coquetear con la Moncloa puede resultar peligroso si, finalmente, la llamada ‘cuestión nacional’ resulta ser el motor principal del voto en el espacio nacionalista. De hecho, los antiguos votantes de JxCAT señalan “la relación de Cataluña con España” como el factor con más peso en su decisión de voto, mientras los de ERC la relegan al tercer lugar. A una parte de sus tropas (nada menos que el 31%) empieza a tentarle el anzuelo federal, pero para blanduras federalistas ya están Illa y Colau. Peligro por ambos flancos.

La cosa empeora para ERC al medir a los respectivos líderes electorales. Laura Borràs golea a Pere Aragonès en su aceptación en el conjunto del nacionalismo y en el apoyo de los suyos.

Añadan al evidente tirón de Borràs el que puede sumar el propio Puigdemont encabezando la papeleta de Barcelona. Los primeros debates entre candidatos no han ayudado precisamente a que el mortecino burócrata de ERC levante el entusiasmo de su clientela. Lo pusieron ahí cuando la victoria parecía asegurada y ahora echan de menos un candidato de verdad. No es extraño que los de ERC estén ansiosos por que Junqueras siga en la calle para ejercer como el líder efectivo de su campaña.

Si JxCAT consigue un escaño o un voto más que ERC, toda la estrategia del consorcio PSOE-Podemos-ERC saltaría por los aires. Un resultado así conduciría inexorablemente a un Govern abiertamente secesionista, dirigido por Borràs (por Puigdemont desde Waterloo), con la CUP dentro del Ejecutivo. Un Govern, pues, claramente hostil al de Madrid e incentivado para intensificar la vertiente más rupturista del ‘procés’. La ensoñación tripartita quedaría arrumbada. Los dirigentes de ERC interpretarían el fracaso como una represalia por sus contubernios madrileños y renegarían de ellos. Sánchez e Iglesias tendrían que rehacer las cuentas de la legislatura sin contar para nada con los 13 votos de Rufián (y ya veríamos qué sucedería con los cinco de Bildu).

Puigdemont, envalentonado y con una versión mejorada de Torra al frente del Govern, retaría de nuevo al Gobierno a pararle de nuevo los pies recurriendo a la Justicia; y si Sánchez hiciera tal cosa, tendría garantizado el choque frontal con Iglesias. El buen resultado del PSC sería un pobre consuelo para tanto trastorno. Y si Illa diera la campanada y se pusiera primero, aún peor; porque para el nacionalismo será misión sagrada cerrar filas para frenar al intruso y a su jefe de Madrid.

Puigdemont ha demostrado repetidamente que es capaz de robarle la cartera a su enemigo nacionalista cuando este menos lo espera. ¿Volverá a ocurrir? Tal como están las cosas, nadie lo sabe; y esto ya es suficientemente grave para el condominio monclovita.