Ignacio Camacho-ABC

  • Sus adversativas no eran una simple muletilla sino un ejercicio de prudencia intelectual ante las narrativas unívocas

A Fernando Ónega le encantaba la expresión «y sin embargo», que salpicaba sus cartas radiofónicas como una especie de muletilla. Se trataba de mucho más que eso: un estilema, un rasgo significativo de su manera de entender el oficio, la política y la vida. Un trazo de su firma. Fernando era un maestro de la adversativa, convertida en contraseña personal de un concepto de la interpretación periodística. En periodismo la objetividad es sólo una aspiración, plasmada en la verificación de los hechos, en el anclaje factual de un relato sometido a las reglas básicas de la epistemología, pero a partir de esa premisa los análisis requieren un ejercicio de perspectiva donde la ética y la simple prudencia intelectual aconsejan huir de las explicaciones unívocas.

La realidad es la que es, aunque –¡¡otra adversativa!!– su exégesis admite dos caras, como el dios Jano, cuando no varias. Jano es en la mitología clásica el numen de los umbrales y las puertas, que sirven al mismo tiempo de salida y entrada. Su doble rostro no representa ambigüedad ni relativismo ni equidistancia sino la capacidad –o más bien la necesidad– de sostener dos miradas simultáneas. Ése era el sentido de los frecuentes ‘sin embargo’ de Fernando, el de una apertura de enfoque frente a las narrativas sesgadas. En medio de la polarización ambiental, su voz sonaba con la autoridad de una autonomía moral balsámica. No era el gallego estereotípico que no se sabe si sube o baja; era el analista ponderado rebelde al dogmatismo partidista y a las consignas sectarias.

Adolfo Suárez, a quien tantas y tan celebradas veces prestó la pluma y el talento, creyó en la funcionalidad del consenso incluso cuando los adversarios y hasta sus propios compañeros le hicieron la vida imposible en el Gobierno. La razón esencial del moderantismo reside en la convicción ecléctica –’in medio virtus’– del equilibrio aristotélico. El verdadero liberal es el que está dispuesto no tanto a situarse en el centro, una mera referencia geográfica, como a conceder la posibilidad de que el otro merezca al menos la escucha de sus argumentos por si ha lugar a construir entre ambos algún tipo de espacio de encuentro. Y si no se llega a un punto de entendimiento, que no sea por falta del imprescindible respeto al criterio ajeno.

Así fue Ónega, un hijo de la Transición crecido en la cultura del diálogo. Quizá por eso llegó un momento en que su razonamiento templado parecía situacionista o acomodaticio a ojos de los doctrinarios empeñados en un asfixiante antagonismo de bandos. Su legado periodístico y humano deja justo el mensaje contrario: el de la convivencia, el de la reflexión compleja, el de la pluralidad de ángulos. El de un esfuerzo contra los discursos monolíticos, contra el equívoco deliberado, contra la simplificación populista de la conversación pública y de un lenguaje político tribal que está arrasando la estructura del debate democrático. El de un pensamiento crítico abierto como las puertas que custodiaba Jano.