Rebeca Argudo-ABC

  • Cuatro décadas y un poco de blanqueo institucional después, al exterrorista nunca arrepentido Otegi le parece inaceptable una amenaza

Como personas civilizadas y demócratas que somos todos (presupongo, soy optimista), nos repugna que un representante político reciba amenazas por sus ideas. Como personas coherentes y con memoria (a falta de que esta sea verificada y legitimada por la Comisión de la Verdad), nos sorprende que también le repugnen a Otegi. Si alguien en este país pareciere capaz de justificar y celebrar el amedrantamiento epistolar de alguien por su ideología es, precisamente, Otegi y su banda (la de ahora y la de antes). No lo digo yo, lo indican sus actos. Vamos, que su afición por las misivas intimidatorias es cosa conocida. Bien lo sabía Luis Abaitua, el empresario vasco secuestrado por ETA, por lo que cumplió Otegui condena en los 80. Es bastante probable que recibiera unas cuantas reclamando el impuesto revolucionario (ese eufemismo utilizado por los terroristas para no llamar extorsión y chantaje a la extorsión y el chantaje) antes de pagar con la privación forzada de su libertad las consecuencias de no claudicar. Cosillas de juventud: a unos nos da por suspender química y, a otros, por la pertenencia a banda armada. Pues ahora, cuatro décadas y un poco de blanqueo institucional después, al exterrorista nunca arrepentido Otegi le parece inaceptable una amenaza. Y estamos todos de acuerdo con él, faltaría. Pero no somos nosotros los que hemos cambiado de opinión. Hace cuarenta años, la gran mayoría de la sociedad española pensaba exactamente lo mismo, y eran él y los suyos los que, no solo perpetraban esas amenazas, sino que las concretaban en gravísimos y deleznables actos (más de 3.000 atentados, 80 secuestros, 853 asesinatos). Todavía hoy no han sido capaces de condenar explícitamente la violencia terrorista de ETA, se han valido siempre de subterfugios retóricos para «lamentar» el dolor de todos (como si fueran equiparables el dolor y la responsabilidad tanto del puño como de la nariz) pero evitando expresar el más mínimo arrepentimiento por lo que hicieron y la necesaria reprobación. Así, uno diría que semejante personaje, con esa moral y esos valores de serie para desempeñarse por al vida, al recibir una epístola intimidatoria reconocería en el remitente a un semejante. Como cuando los que tenemos la fea costumbre de leer mientras caminamos, al cruzarnos con otro de los nuestros, levantamos un segundo la vista del libro y saludamos al desconocido con un leve movimiento de cejas. Tampoco digo que la celebre. Pero, al menos, que no salga corriendo, espantado, a presentar denuncia, exigiendo al resto de grupos afectadas reacciones. Es como ver a Rocco Siffredi azorado ante una proposición de ayuntamiento carnal. No sé, Arnaldo, hazte un poco la macha, aunque sea por decoro. Si nosotros siempre hemos estado contra las amenazas. El nuevo en eso eres tú.