SAMI NAÏR-EL PAÍS

  • Sería apresurado hacer balance de las cuatro legislaturas de la canciller, pero se pueden vislumbrar algunas huellas profundas

Los resultados de las elecciones alemanas abren un periodo de incertidumbre para Europa, siendo lo único cierto la salida de Angela Merkel, mandataria carismática, que ha marcado durante los últimos 16 años la política nacional, europea e internacional. Si Helmut Kohl, excanciller y dirigente de la CDU, ha entrado en la historia por haber realizado la unificación de Alemania, ¿cuál será el legado de Merkel, una vez disipadas las alabanzas, dentro y fuera de su país? Siempre pertinaz, y particularmente sagaz, ha recibido elogios sobre todo por encarnar el valor de la estabilidad, que es la condición de la construcción europea. Sería apresurado hacer ahora el balance de sus cuatro legislaturas, pero se puede, por lo menos, vislumbrar algunas huellas profundas.

Merkel consolidó el papel hegemónico de Alemania en Europa, bajo el lema unidireccional de que lo que es bueno para Alemania es bueno para Europa. Pudo imponer esta visión merced a un consenso nacional sobre la construcción europea en su país (aunque, desde 2011, fisurado con el auge del populismo antieuropeo de extrema derecha de AfD) y de una política expansiva casi permanente, cuya proyección se diseña en su comercio exterior.

Su reinado también está vinculado a la puesta en marcha, entre 2010 y 2015, de una profunda política de austeridad, que instó oficialmente para salvar el euro gravemente amenazado por la Gran Recesión de 2008, y que provocó el peor seísmo social de Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con millones de parados. Lo logró primero con la complicidad de Francia, creando el famoso eje Merkozy (Merkel-Sarkozy) y, después, con el apoyo de las élites dirigentes en todos los países europeos, porque les resultaba difícil cuestionar la “solución” que provenía de Alemania. Sin embargo, esta estrategia era insostenible para los países del sur de Europa, lo que provocó la intervención del Banco Central Europeo, bajo la dirección ilustrada de Mario Draghi, quien salvó a la UE con su política de financiación de las deudas. La canciller aceptó a regañadientes la decisión para evitar una explosión social general, pero no se pudo impedir el auge de la extrema derecha por el territorio europeo.

Merkel ha sido protagonista también de decisiones históricas sorprendentes y ambivalentes. Promovió la acogida de unos 800.000 refugiados e inmigrantes en 2015, tanto para contrarrestar el déficit de mano de obra como el debilitamiento demográfico en su país. Pero, casi al mismo tiempo, en 2016, negoció el acuerdo entre la UE y Turquía, que obliga a reconducir las rutas de los refugiados a través de Turquía. Y, por último, con la misma calma, determinación y habilidad que la caracterizan, quiso dejar su impronta personal en Europa, apoyando la adopción de unos fondos mutualizados (750.000 millones de euros) para luchar contra los efectos de la pandemia. Es probablemente su más importante aportación al proyecto europeo. Hoy se va, entre el himno europeo a la libertad de Beethoven y los aplausos agradecidos en Deutschland.