Eduardo Uriarte-Editores
A las personas mayores que venimos del franquismo celebrando la democracia nos embarga estos días un profundo pesimismo ante lo acontecido en Ceuta. Al descubrir que nos puede invadir cualquiera con una zapatilla caemos en el pesimismo y la desazón. Porque en democracia, y ese es un inconveniente que detectaron los Padres Fundadores reunidos en la residencia de Washington, nos puede gobernar cualquiera (ya lo predijo en su único momento de lucidez ZP) y ese cualquiera destruir con espíritu progresista, y un narcisismo adecuado para una camisa de fuerza, todo lo que los defensores de la Transición consiguieron para España. Que parecía que abandonábamos el pasado de una vez.
Tengo un buen amigo de mi edad, buena persona, socialista, pero patriota de los de Pérez Galdós, sumido en el dolor, la desesperación y el pesimismo. “¡No me hables de política! – me advierte severamente nada más verme- ¡si supieras cómo sufro!”. Y como sé que es sincero, no le hablo de política, pero sí escribo esto para animar, más o menos, a personas como él.
Desde finales del XVIII a los españoles nos han gobernado muchos impresentables, que nos redujeron como nación, nos aislaron y supeditaron internacionalmente, nos arrastraron a guerras civiles, y tras ellas muchas hambrunas y penurias. Era el pueblo sencillo, como el de Ceuta, el que sacaba las castañas del fuego no siempre de la mejor manera, pero era él el que buscaba salidas ante la tragedia.
En la primavera de 1808 ese pueblo pasaba de política, poco le importaba las intrigas de Godoy, y del ambicioso, intrigante y felón Fernando VII, que acababa de arrebatarle la Corona a su padre, para que luego, engañado por Napoleón, este le obligara a cedérsela a José Napoleón. Tres cambios de rey en pocos días, el poder en manos del ejército francés, Murat, que entró en España, sin pegar ni un tiro como en Ceuta, diciendo que iba a Portugal y se quedó aquí. Mientras, el pueblo español pasaba de los acontecimientos políticos sumido en sus miserias, como en la actualidad. Tras unos años de Estado de Bienestar, preocupados en disfrutar unas hedonistas vacaciones y una no tan hedonista operación salida con el coche cargado hasta los topes. Como ahora, íbamos pasando de los acontecimientos políticos y tragando las mentiras.
Pero ´héteme aquí, “¡qué nos los llevan!”, que se llevan a los infantes, ¡a los niños!. Y el pueblo español (el más emotivo, según Marx), que pasaba de todo, salvo de sobrevivir, se alza en armas, las que tenían a mano, y se enfrentan al ejército más poderoso del mundo de entonces. ¿Y ahora?, tras la «violación de la integridad territorial» de España según el que nos manda, excepto los sufridos ciudadanos de Ceuta, pasamos de todo, tras la inconcebible declaración del ministro encargado de nuestra seguridad, que no es Esquilache con k, que se atreve a decir «hay muchas cosas que ocurren y no necesariamente tiene que haber una responsabilidad». Esto tiene música: “Estas son cosas que pasan y.. es el tiempo quién después dirá”. Increíble pero cierto. Pasará a la historia de la irresponsabilidad.
Es disparatado pensar que los que ahora nos dirigen excusaran en todo momento a Marruecos, y que acabáramos enfrentados con Italia, absolutamente aislados internacionalmente incluso ante nuestros socios europeos escaldados ante la regularización masiva de inmigrantes. Aislados internacionalmente como nos pasara desde el XIX hasta la Transición, supeditados a las potencias y no tan potencias extranjeras, empobrecidos y crispados internamente tras pronunciamientos y guerras civiles, porque Fernando VII negoció unilateralmente con Napoleón su paz y su corona, aislando a España del Congreso de Viena que marcó las directrices de la política europea. Porque a ese individuo, como al de ahora, solo le interesaba el poder personal.
Pero héteme aquí que un día se oirá:” ¡Que Marruecos nos roba la final del Mundial!”. Y, entonces, el emotivo y heroico pueblo español volverá a sacarnos las castañas del fuego, luchará por la dignidad nacional perdida, y es posible que volvamos a pasar otro siglo como el XIX y gran parte del XX. A eso vamos, sufrientes compañeros, o cambiáis el voto de una puñetera vez.