Félix Madero-Vozpópuli
- Sánchez se cabrea con los periodistas que le preguntan por las cosas de aquí y no por su chungo liderazgo del ‘no a la guerra’
Días atrás Agustín Valladolid escribía una columna admirable, por lo que tenía de oportuna y real, pero también llena de tristeza a tenor de la situación que vivimos. De tristeza y de nostalgia por lo que alguna vez se vivió en este país. Y, sí, claro que pienso que hubo épocas en las que disfrutamos de una democracia que, si no plena, al menos resultó exigente y respetuosa. Mi compañero mostraba sorpresa porque, ante la penuria democrática en la que vivimos, nadie se escandalice. Lo escandaloso es que ya nadie se escandaliza, titulaba el artículo. En sí mismo el titular era una columna entera con tan solo ocho palabras.
Ni las formas se respetan
Ayer fue con el nombramiento de la ministra de Justicia como fiscal general, o de una asesora en Moncloa como presidenta de la CNMC, o de un secretario de Estado de Comunicación como presidente de la Agencia Efe, o de un jefe de Gabinete en Moncloa, cuyo nombre es mejor no recordar, al frente de Correos, o una directora de Comunicación del Psoe como presidenta del Hipódromo (hoy Ernesto Gasco, ex diputado socialista), o el de un ministro elevado a gobernador del Banco de España. ¿Hay más? Desde luego.
El último atraco a las instituciones, porque de atraco de arriba las manos y contra la pared se trata, es el nombramiento de la futura presidenta de la AIRef (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) que será una colaboradora de la actual ministra de Hacienda. ¡Átenme esa mosca por el rabo! No prejuzgo lo que aún no ha pasado, pero la fábula del lobo cuidando a las ovejas es pertinente. Se va una presidenta independiente y se anuncia la entrada de otra que es secretaria general de Financiación Autonómica y Local del Ministerio de Hacienda. ¿Para qué disimular? Tranquilo Salvador. Sosiégate Oriol. No te preocupes demasiado Carles. Cristina Herrero, la última presidenta independiente, ha cumplido con su trabajo denunciando cuándo y dónde tocaba los incumplimientos del Gobierno, en especial que sigan activos unos Presupuestos Generales aprobados en otra legislatura y con otro Parlamento. Se dice pronto: de otra legislatura y con otro Parlamento.
Periodistas incómodos
Sánchez es resbaladizo con las formas y, además, sufre de urticaria cada vez que se trata de respetar las normas, y por eso se ha quitado ese dolor de muelas nombrando a alguien -qué más da quién sea- que lleva su misma camiseta. Un problema menos y un bocado más a nuestra enclenque democracia. Y todo esto sucede ante la mirada perdida de millones de ciudadanos, sumisos algunos, indiferentes otros, que acatan la orden: cuando el dedo del que manda apunta a la luna hay que mirar al dedo protector y no al satélite que nos alumbra, han de pensar.
Y así sucede que Pedro Sánchez se viene arriba, como los malos toreros cuando les echan un gato al albero. O una sardina, que dicen en el 7 venteño, ahora que están afinando gargantas y planchando pañuelos verdes para las corridas que vienen.
Y sucede que el presidente se cabrea con los periodistas que le preguntan por las cosas de aquí y no por su chungo liderazgo del no a la guerra, que ya veremos lo que dura si Trump no mentía ayer al anunciar conversaciones con la cúpula iraní. Y se revuelve contra la compañera que se interesa por la rebelión de los cinco ministros de Sumar que se han hartado -solo un poquito, la verdad- de lucir como floreros. Cada vez que alguien le recuerda lo que él desea olvidar embiste con una violencia que, menos mal, no consigue quitar al periodista las ganas de preguntar cada vez que se pone a tiro, que son pocas, muy pocas.
Experto en desgracias
Ahora pretende que valoremos su especialidad en contener pandemias, volcanes, riadas, danas y guerras sin resolver los verdaderos problemas de los españoles. Allá quien el día de los votos se acuerde del no a la guerra como la fórmula que le permitió llenar la cesta de la compra, pagar su hipoteca o el colegio de los niños. Allá el que crea que es el Gobierno el que le quita unos céntimos del litro de combustible sin querer saber que es el mismo Gobierno el que con la subida sigue recaudando más en impuestos al combustible.
En una crítica de Gregorio Luri en El Confidencial a la película Torrente, presidente, leo que las escenas pueden ser divertidas, pero que no son alegres. El matiz es muy oportuno. No he visto lo último de Santiago Segura, pero es fácil de entender el razonamiento. La diversión muchas veces está lejos de la verdadera alegría y muy cerca de la pena, cuando no de la desolación. El cine de Berlanga es el mejor ejemplo. Que millones de españoles no se escandalicen ante el panorama que tenemos no significa que estén tranquilos. Que traguen lo más indigesto de la mala política no quita para que sientan que van a un siniestro lugar en el que cada día somos algo más súbditos y menos ciudadanos. Y si no lo están advirtiendo peor para ellos, porque la sorpresa será mayúscula.
Sin esperanza
Me gustaría escribir que tengo alguna fe para que las cosas cambien, pero no les quiero engañar. A Feijóo no lo entiendo ni en los días en que se esfuerza por hablar claro; a su número dos, el torvo Miguel Tellado, le entiendo demasiado bien. Y lo mismo me sucede con Abascal, será que se van pareciendo. ¿Alguien nos puede asegurar que los escándalos de corte institucional a los que acostumbra el sanchismo no se van a repetir con otros en el poder, o debemos creer en las promesas que se lanzan desde la oposición para que, una vez en el gobierno, se conviertan en mentiras y después en cambios de opinión? A finales de los setenta un grupo aragonés llamado La Bullonera recorría España con una canción en la que repetían siempre el mismo estribillo, “aquí nunca pasa nada, pero pronto pasará”. Por ahí deben de andar sus componentes sin voz y algo más viejos. Igual que los que siguen esperando a Godot. Divertido, quizá, pero nada alegre. Y muy descorazonador.