Tonia Etxarri-El Correo
Del resultado de las elecciones en Aragón se pueden extraer tres grandes conclusiones. Que Vox ya no da miedo a los votantes. Que Sánchez resta, como se acaba de demostrar con la segunda evidencia en las urnas después de Extremadura. Y que el PP, ganando, se ha estancado sin lograr traspasar ese techo que le permita gobernar sin depender de pactos asfixiantes. Estas segundas elecciones autonómicas han supuesto un segundo aviso para la izquierdas al ratificar una mayoría política arraigada hacia la derecha en un porcentaje mayor que en las generales del 2023. Pero el partido de Feijóo, el más votado en las últimas citas electorales, deberá definir con claridad (ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio) su relación con Vox después de haber realizado, claro está, un buen diagnóstico sobre los resultados.
Que haya logrado el 34,26% de los votos (diez puntos más que el PSOE) es un triunfo, desde luego. Pero el tictac entonado por el ganador Jorge Azcón en la noche electoral sirve para poco más que para dar ambiente en una verbena. Las expectativas que el PP había generado han pinchado. Ni ha ganado más de lo que tenía (ha perdido dos escaños), ni ha obtenido un resultado que le permita gobernar en solitario, ni ha logrado capitalizar el voto útil para echar a Sánchez porque lo ha recogido Vox, que ha doblado su representación.
Si del desahogo del cabreo se ha beneficiado Vox con el voto joven y rural, el de la frustración lo ha recogido el PSOE. Con el acuerdo de Mercosur, la pésima gestión de los ferrocarriles, la regularización masiva de inmigrantes, la reforma sobre la financiación que favorece a Cataluña y algunas mentiras de campaña sobre las derechas con los recortes inventados a los pensionistas, estaba el campo abonado para que buena parte del electorado se decantara hacia un voto de castigo al socialismo. Cinco escaños menos. Pero los socialistas prefieren aplicarse el refrán bíblico de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio para centrar el foco en «lo mal que le ha salido el adelanto electoral al PP». Maniobras de distracción para tapar el desgaste acumulado durante el mandato de Sánchez.
La extrema izquierda, a excepción de la Chunta, se ha desmoronado: Sumar, con solo un escaño; Podemos, que llegó a tener 14 diputados hace una década, ha sufrido en carne propia la teoría del reemplazo que promueve Irene Montero. Con su desaparición, han sido ellos los sustituidos y se han quedado ya sin representación en nueve parlamentos autonómicos. Un bluf.
Con la izquierda tan disminuida y fragmentada, la derecha se entretiene en medir sus fuerzas. Feijóo le recuerda a Abascal que el PP ha ganado y que Vox es la tercera fuerza. A partir de ahí, ¿qué piensan hacer PP y Vox? ¿Confrontar o contemporizar? Si quieren gobernar, deberán entenderse superando prejuicios. Sánchez no los tuvo, ni siquiera principios, cuando pactó con nacionalistas y su extrema izquierda. Pero PP y Vox tendrán que ser cuidadosos a la hora de fijar el precio. Nada fuera de la Constitución. Es Abascal quien capitaliza la polarización que diseña La Moncloa. Veremos si son capaces. Por respeto a sus votantes.