Ignacio Camacho-ABC

  • Abolida la diferencia entre lo verdadero y lo falso, para qué necesita un político la verdad cuando puede armar un relato

Mucha gente de derechas, alguna de centro si es que queda y unos cuantos socialdemócratas clásicos están empeñados en reprocharle al ‘superhéroe de la paz’ esa forma que tiene de pintar cuadros de realidad alternativa a brochazos. Búmers desfasados que no entienden el escenario político contemporáneo. Hace mucho tiempo, antes de la posmodernidad, Orwell y Hanna Arendt –uno a través de la novela y la otra del ensayo– advirtieron que el éxito del totalitarismo radicaba en abolir la diferencia entre lo verdadero y lo falso. Eso era sólo el principio; los populismos del siglo XXI encontraron el modo de lograr que sea el pueblo el que prefiera el engaño y construya sus propios espejos de efecto aumentado. El procedimiento consiste en dividir la sociedad en bandos y dejar que los algoritmos de afinidad completen el trabajo. Para qué necesita un dirigente público la verdad cuando puede componer un relato y divulgarlo en el ágora digital que ha suplantado al marco institucional democrático.

En este terreno hay que reconocerle al sanchismo una clara hegemonía, apenas replicada por Vox con técnicas importadas de la escuela trumpista. El gabinete de Moncloa, ahora dirigido por un especialista doctorado por Oxford en manipulación propagandística, es una de las más eficaces maquinarias europeas de adulteración narrativa, reforzada por la transformación de la televisión oficial y de algunas cadenas privadas en avasalladores artefactos de repetición de consignas. La (pen)última producción de esta inagotable factoría es el ‘no a la guerra’, el viejo lema zapaterista recalentado en el microondas de la cocina monclovita, pero el laboratorio de frases y argumentarios de logomaquia política funciona en sesión continua. La acción de gobierno ha sido sustituida por un ejercicio de impostura ideológica cuyos guionistas no paran de diseñar nuevos prototipos de armas de polarización masiva. El Consejo de Ministros no es más que un equipo de replicantes dedicados a difundir la doctrina del cisma.

Es posible, sin embargo, que el bombardeo por saturación acabe sembrando la indiferencia en un electorado a punto de caer en el agotamiento. El pasado domingo, por ejemplo, la suma de mensajes feministas y pacifistas envolvió las manifestaciones del 8-M en un contraproducente desconcierto; una causa se superponía a la otra y ambas se restaban mutuamente eco. Demasiados eslóganes yuxtapuestos, sobredosis reivindicativa con efectos adversos. La fábrica de marcos electorales ofrece más rendimiento del que pueden asimilar incluso los partidarios más tercos. Y tal vez al otro lado del muro se estén desarrollando anticuerpos de inmunidad generados por el exceso de señuelos fraudulentos. Habrá que esperar a los sondeos para saberlo; este fin de semana hay uno con urnas de por medio y no parece que vayan a registrarse grandes traqueteos. Los trucos pierden la capacidad de sorpresa con el tiempo: cuando un prestidigitador enseña una chistera todo el mundo sabe que de allí va a salir un conejo.