Luis López-El Correo

  • Después de la final del Mundial no me queda claro si aquí las cosas están cambiando mucho o no están cambiando nada

En lo que solo puede entenderse como un nuevo avance del españolismo en Euskadi, esta semana hemos sabido que por primera vez se ha internado en suelo vasco un lince ibérico. Lo grabó de chiripa la cámara que había puesto un ganadero alavés en Campezo. Algo habrá que hacer.

En otro orden de cosas, hoy hace justamente una semana que estuvimos viendo la final del Mundial en casa de unos amigos. Hacía calor y teníamos abiertas las ventanas. Así pudimos oír cómo rebotaban en las fachadas, según avanzaba el partido, los uyyy, los ahhh y finalmente el gooooolll. Tuvo el partido ese una cuota de pantalla en Euskadi del 83%. Más que en Asturias y Galicia. Por las ventanas abiertas salían despreocupadas expresiones de entusiasmo provocadas por la selección española. Ahí estábamos nosotros, atentos al espectáculo. Comiéndonos unas arepas que estos amigos habían ido a comprar al batzoki.

Euskadi, no te reconozco.

Lo digo también porque en Bilbao y en muchas otras ciudades y pueblos vascos había un montón de gente que llevaba puesta la camiseta de La Roja. Miles de personas. Yo nunca había visto algo así por estos pagos. Me sorprendí sorprendiéndome de eso. Porque, a ver, qué puede tener de particular que haya aquí simpatía por la selección española. Si quien no tiene familia en Castilla o Extremadura o Galicia se va de vacaciones a Cádiz o a Peñíscola o a Canarias, o se escapa a pasar el fin de semana a Asturias o a La Rioja o a Noja. Incluso habrá algunas personas locales que se sientan, ejem, españolas. Que en cuestión de autopercepciones hay mucha diversidad y desorden.

Luego me sorprendí no sorprendiéndome de que grupos de chavales que presuntamente habían quedado ese mismo día para hacer una manifa que quería reivindicar a la selección vasca hostiasen, insultasen y escupiesen a los aficionados a la selección española. Ocurrió pese a que por primera vez desde que tengo memoria la desproporción entre hinchadas, la visibilidad en la calle de outfits alusivos a simpatías identitarias, era inmensamente favorable a las fuerzas imperiales, ya fuese con la primera equipación o con la segunda, la blanca, más discreta y elegante, que se ha puesto muy de moda. ¿De donde habrá salido tanto lealista?

Bueno, la cosa es que hubo un nivel de violencia y hostilidad bastante extremo. No solo por las patadas y puñetazos a quien vestía camiseta mundialista o portaba bandera estatal, sino también, y sobre todo, por el grado de fanatización que hace falta para llamar putas viejas asquerosas a unas señoras mayores o para lanzar botellas de cerveza a grupos humanos con niños pequeños que lloran o para perseguir a familias hasta que logran refugiarse en su portal.

¿Dónde despacharán ese veneno que se traga a grandes sorbos la triste juventud combativa?

Los aspersores de odio eran, por lo que yo vi, chavales nacidos mayormente en este siglo, que supongo que tendrán muy presente el ninguneo a la cultura vasca, la persecución al euskera, el desapego institucional generalizado al hecho identitario y el feroz hostigamiento al que ha estado sometido el nacionalismo vasco en las últimas décadas.

Pero a mí de las cosas que peor me han parecido de todo esto es que la previsibilidad de la tarugada local atraiga a la tarugada foránea, a los fachas ibéricos, que buscan fácil entretenimiento y reels de impacto en redes. Como lógicamente conocen muy bien los sencillos mecanismos para inflamar a sus primos lejanos les van diciendo cositas, ataviados convenientemente, provocadores, y así se va desarrollando como una de esas danzas de cortejo que hacen algunas especies antes de la cópula. Una mezcla de testosterona y burrería disfuncional.

A ver, que entiendo la rebeldía revolucionaria, los ardores juveniles y lo de buscar cariño en la tribu. Pero de lo que hay que escapar siempre, lo que nunca hay que ser, es un pesado.

Volviendo a lo del lince, yo no sé si es un intrépido, un temerario o su avance responde a la lógica natural de las cosas. Lo que es casi seguro es que toda su ambición será que le dejen en paz, que no le anden dando la tabarra y mucho menos tocándole las gónadas. Que le dejen vivir su vida. Lince, siéntete en tu casa porque esta ya es tu casa.

Lince welcome.