Juan Soto Ivars-ABC
- Empezar a bautizar los retrasos de tren como se bautizan los chaparrones será el primer paso para meter en la cabeza del personal la idea clave: que la decisión más irresponsable es votar a partidos negacionistas
Lo mejor, por nuestro bien, es que empecemos a aplicar a Adif el pensamiento climático. Lo que no se puede evitar se bautiza. Y ahora que Aemet bautiza hasta el chirimiri (el chubasco Galindo golpea Bilbao y Vitoria) hemos de empezar también a bautizar los retrasos de Renfe.
Y cuando Atocha anuncie por megafonía que el tren que esperas para Sevilla no sale a la hora, que digan que es la incidencia Charlie. Y cuando esa parada por avería de un convoy anterior te deje cuarenta minutos congelado a las puertas de Zaragoza, que digan que es la incidencia Jesusa. Y así con todo: a lo que te pega en la cara con la fuerza implacable de un lapo de Dios, a lo que no se puede humanamente cambiar, le ponemos nombre y al personalizarlo soñamos con su control.
El hombre es así: bautiza hasta las masas de gas incandescente capaces de hacer girar a su alrededor sistemas enteros de planetas. Sirio, Vega, Arturo, Rigel, Betelgeuse, Antares, Aldebarán, Pólux… Es como si para un ácaro de mi jardín yo me llamase Krappp-Firrrrggg, y es lo mismo que hacemos con nuestros hijos. ¡Eufemia, que no saltes! Y Eufemia venga a saltar hasta que las tablas del somier terminan en el suelo. Le pusiste ese nombre horrendo y hasta ahí mandas, pringao. Y cuando quieras que sea monja, será diputada. Y cuando la quieras diputada, será guardiacivil.
Pues lo mismo para esta plaga bíblica que azota nuestros trenes. Ya está galvanizado en muertes un hecho: algo va rematadamente mal. El servicio público puntero que con tanto denuedo cuida nuestro Gobierno progresista se ve entorpecido por las inclemencias. Alguien podrá pensar que lo que más progresa con el progresismo es el deterioro, pero oyes al ministro Puente y parece que no. Ni los desastres mortales ni las infinitas incomodidades ferroviarias son de su responsabilidad. Son cosas que pasan.
¿Por qué iba a asumir responsabilidades un hombre que era alcalde de Valladolid antes de convertirse en el maestro de los ingenieros de Caminos? Si lo metieron a dedo en el ministerio que había gestionado Ábalos, la culpa de lo que pase será en todo caso de Ábalos, la famosa herencia recibida, y ni eso. Óscar Puente se limitó a neutralizar el compromiso de puntualidad de Renfe para que las consecuencias de este cúmulo de desgracias ineludibles no repercutan en los bolsillos del contribuyente. Fue aquella una medida muy audaz con la que el ministro puso un paraguas encima de Renfe al ver los nubarrones que se aproximaban.
Durante su mandato, el usuario ve que todo funciona cada vez peor. De los baches en carretera, que son una cosa de toda la vida, pasamos a los baches en las vías, que son innovación. Los maquinistas se ponen de huelga como lo hicieron los camioneros y uno termina haciendo cálculos extraños que le llevan a confiar más en la puntualidad de un avión que en la de un ferrocarril. Podríamos decir que con este ministro de altura los trenes han terminado volando.
El único servicio público que funciona hoy día como un reloj es Hacienda, pero a la hora de ver el fruto de nuestros impuestos te ponen en una lista de espera y te dan el beso de la viuda negra. Con los trenes en particular hay, por desgracia, una diferencia con el mandato en Educación de Pilar Alegría con el profesorado dándose golpes contra la burocracia, o con el mandato de Mónica García con la sanidad pública cada vez más precaria: aquí no hay competencias autonómicas que valgan y no se puede escurrir el bulto. Aquí hay que achacar todo al calentamiento global, que es la papilla fácil de tragar que los medios sirven con amable cucharada.
Una solución a largo plazo podría ser la descentralización del servicio ferroviario. Que cada comunidad autónoma gestione sus kilómetros de vía, de manera que Televisión Española pueda llamar asesino a Moreno Bonilla. Pero como esas cosas llevan mucho trabajo parlamentario y el Gobierno está en minoría, lo que puede salvar la reputación de Óscar Puente es bautizar los retrasos en los trenes.
La investigación sobre la tragedia de Adamuz apunta a que un raíl recién estrenado saltó porque las soldaduras, que se habían revisado con ultrasonidos futuristas, eran misteriosas y anómalas. Un misterio anida por tanto más profundo que los rayos X, y el ministro viene a decir que estas cosas pasan, como si el contrato de renovación de ese tramo no hubiera sido extraño, entregado a una UTE con aroma a caso Koldo y adjudicado al presupuesto más baratejo. Siempre se pone a llover barro en cuanto mi padre saca el coche del túnel de lavado. Lo dicho, cosas que pasan. Llámalo karma, sincronicidad junguiana, destino, capricho de los dioses, cambio climático.
Empezar a bautizar los retrasos de tren como se bautizan los chaparrones será el primer paso para meter en la cabeza del personal la idea clave: que la decisión más irresponsable es votar a partidos negacionistas.
«No he podido llegar al parto porque nos ha caído encima la incidencia Bruno a la altura de Motilla del Palancar» –dirá él, quitándose el abrigo y dejándolo sobre la cabeza del paciente contiguo. Y ella, con el retoño recién nacido en los brazos, responderá desde la cama compartida del hospital público: «Pues qué nombre más bonito para nuestra hija, se llamará Bruno». Y el resto de pacientes, apiñados en los pasillos, moribundos a la espera de un TAC, podrán dar libremente su opinión. Y la niña llamada Bruno será, además de guapa y primorosa, democrática.