Agustín Valladolid-Vozpópuli
- Sánchez también ha normalizado la gestión desigual de la desgracia: cuando un muerto en Barcelona tiene más consecuencias que cuarenta y cinco en Córdoba
Un muerto, dos destituciones. Cuarenta y cinco muertos, ni ceses ni dimisiones. Disculpen lo descarnado del cotejo, pero es que así de cruda es nuestra cotidianidad. Cruda y desigual. Todo depende de a quién afecte el drama. “Desgraciadamente, en la vida las tragedias suceden, pero no es igual cómo se responde a esas tragedias”. La frasecita la soltó Pedro Sánchez el pasado domingo en Huesca. Lo dijo con orgullo, sacando pecho, defendiendo a su ministro de Transportes y a sí mismo, sin percatarse de la doble interpretación que podía hacerse de sus palabras.
En efecto, no es igual si el infortunio acaece en Valencia o en Córdoba que si ocurre en Barcelona. Sánchez también ha normalizado la gestión desigual de la desgracia. ¿Qué hubiera pasado si el desplome accidental de un muro en la vía que provocó el fallecimiento de un maquinista en prácticas se hubiera producido entre Majadahonda y Las Rozas, y no entre Gelida y Sant Sadurní d’Anoia? En Cercanías y no en Rodalies. En Madrid y no en Barcelona. Dejo la respuesta a la imaginación de cada cual, pero no creo aventurarme demasiado si me inclino por suponer que no se habrían producido ni ceses ni dimisiones con las que apaciguar al gobierno de Ayuso.
Desde 2019 las incidencias en la red de Cercanías madrileña se han multiplicado casi por cuatro, y en lo que llevamos de 2026 se han registrado 120, cinco diarias de media. Pero aquí no hay un Oriol Junqueras que ponga sus siete diputados encima de la mesa. No es una crítica. Junqueras hace bien. Defiende lo suyo y a los suyos. El mérito del nacionalismo es haber instalado en la opinión pública catalana el espejismo de que los problemas que sufren los catalanes, ya sea en transportes, sanidad, seguridad, vivienda o educación, nada tienen que ver con la gestión que ese mismo nacionalismo ha hecho de los recursos públicos durante 35 años, desde Jordi Pujol a Pere Aragonés. La culpa es siempre de Madrid.
La ‘pacificación’ sanchista
Lo malo es que a esa tesis se ha abonado Moncloa. Pedro Sánchez, para ser más exactos. Por necesidad, no por convicción, seamos ecuánimes. Por necesidad se acepta un modelo desigual de financiación autonómica. Por necesidad -no solo por coherencia- se pacta con Podemos la regularización de medio millón de inmigrantes para que los morados no bloqueen con sus votos la cesión a Cataluña de las competencias en materia migratoria. Por necesidad se cesa a dos responsables de Adif y Renfe en Cataluña mientras se descarta apresuradamente, en este y en otros casos, la hipótesis del caos provocado por actores externos interesados en el deterioro de los servicios públicos que presta el Estado.
Sánchez presume a menudo de haber “pacificado” Cataluña. Y ciertamente se guardan las formas, al Rey se le recibe con educación y la violencia no incendia las calles. Pero eso es solo la espuma que oculta una realidad no tan agradable. Cataluña está pacificada porque el Gobierno central mira hacia otro lado. Sistemáticamente. Cuando los radicales marcan como los nazis comercios que atienden a su clientela en castellano; cuando un teatro se ve obligado a cerrar tras retirarle la Generalitat la subvención por haber programado una obra que incluía un sketch contra la discriminación del castellano. En Cataluña, la libertad de expresión es ilimitada si hablamos de la “puta España”, pero no aplica a plena satisfacción cuando lo que se cuestiona es el modelo excluyente de convivencia que promueve el nacionalismo.
Lo ocurrido con el documental Ícaro: la semana en llamas, saboteado con inusitada agresividad por el oficialismo nacionalista y que reconstruye lo ocurrido en las calles de Barcelona los días posteriores a la sentencia del Procès desde la perspectiva de los policías que restablecieron la normalidad en las calles, muestra la enorme dificultad con la que se desenvuelve el ejercicio de la libertad en Cataluña. Que la plataforma Filmin se haya visto obligada a disculparse por emitir los testimonios de quienes se jugaron el físico defendiendo los derechos y libertades de los ciudadanos, frente a grupos cuya extrema violencia fue justificada por los partidos independentistas, es una excelente muestra de lo que da de sí la “pacificación” sanchista.
‘Ícaro’ como prueba de cargo
Ícaro es una clarificadora prueba de cómo cuida las formas Sánchez para no disgustar al secesionismo. Terminado en 2022, el reportaje tiene un enorme valor periodístico. En Inglaterra o Francia hubiera sido emitido sin duda por la BBC y la TF1. Aquí, TVE nunca se planteó su emisión, ni al responsable de Interior, Grande-Marlaska, se le pasó por la cabeza solicitarlo para que la opinión pública española conozca mejor, y de primera mano, el esforzado trabajo de sus subordinados. No, hemos tenido que esperar cuatro años para verlo en una plataforma de pago y de paso constatar la falta de respuesta a los reproches, algunos de inusitada cretinez, del ministro amilanado. “Un elogio desvergonzado a la Policía Nacional”, hemos llegado a leer en un diario de referencia.
Pedro Sánchez tiene debilidad por Cataluña. Se entiende. Es el único territorio en el que todavía aspira a obtener en las próximas elecciones generales un resultado digno. Y es de los pocos sitios a los que puede ir sin un ejército como escolta. El presidente aspira a llegar a 2027 gracias al apoyo del independentismo. Está por ver que lo consiga, pero si fracasa no será porque no lo haya intentado. Privilegios económicos y capacidad para expulsar al inmigrante molesto; para que la Sílvia Orriols, algún día, pueda nombrar a su Greg Bonino. Estas son las últimas exigencias. Y que además aplaudamos. “Desgraciadamente, en la vida las tragedias suceden”. ¡Qué gran verdad!